PARTE 2: La cuenta que llevaba cuatro años usando mi nombre

Llamé a Elena antes de llegar a la planta baja.

—Explícame esto.

—No por teléfono.

—Hay cuatro millones de euros en una cuenta a mi nombre.

—Cuatro millones trescientos veinte mil —corrigió—. Y eso es solo lo que encontramos.

Sentí que las puertas del ascensor se abrían.

—¿Encontramos?

—Ven a mi despacho.

Cuarenta minutos después estaba sentada frente a Elena y a un hombre llamado Marcos Vidal, especialista en auditoría financiera.

Sobre la mesa había una carpeta que llevaba meses preparándose.

Yo conocía parte de aquella investigación.

Dos años antes había descubierto pequeñas irregularidades en nuestras finanzas.

Daniel siempre tenía explicaciones.

Bonificaciones.

Inversiones.

Operaciones de su empresa.

Por eso preparé el divorcio.

Pero nunca imaginé esto.

Marcos señaló la primera transferencia.

—La cuenta fue abierta hace cuatro años utilizando su documentación.

—Yo no la abrí.

—Eso creemos.

Había movimientos procedentes de tres empresas vinculadas indirectamente a Daniel.

Después el dinero salía nuevamente.

—¿Adónde?

Marcos pasó la página.

—Ahí empieza lo extraño.

Parte había terminado en una sociedad llamada Aurora Capital.

Otra parte, en pagos relacionados con una propiedad.

Y casi un millón permanecía intacto.

—¿Daniel estaba escondiendo dinero usando mi nombre?

—Es una posibilidad —respondió Elena—. Pero hay otra.

—¿Cuál?

—Que estuviera intentando hacer parecer que eras tú quien escondía el dinero.

Me quedé helada.

Si el divorcio se volvía conflictivo, una cuenta secreta con millones bajo mi nombre podía convertirse en un problema enorme.

Entonces recordé algo.

Daniel había firmado demasiado rápido.

No había discutido.

No había preguntado por propiedades.

Ni siquiera había pedido tiempo para revisar el acuerdo.

—Él quería que firmara.

Elena asintió.

—Eso mismo pensé.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Daniel.

Lo dejé sonar.

Después llegó un mensaje.

“¿Dónde estás?”

Otro.

“Tenemos que hablar del acuerdo.”

Sonreí sin humor.

Ya no estaba tan seguro de que regresaría en tres días.

A la mañana siguiente recibí la primera sorpresa.

Daniel había pedido detener temporalmente la tramitación del divorcio alegando que necesitaba revisar información financiera recién descubierta.

Exactamente como Elena había previsto.

La segunda sorpresa llegó de Sofía.

Me llamó desde un número desconocido.

—Clara, necesito verte.

—No tenemos nada que hablar.

—Sí tenemos.

Su voz temblaba.

—Mi bebé no es de Daniel.

Me quedé en silencio.

—Nunca pensé que lo fuera.

Sofía soltó el aire.

—Daniel quería que tú lo pensaras.

Eso sí me hizo detenerme.

Nos encontramos esa tarde en una cafetería.

Sofía llegó sola.

—El padre del bebé desapareció cuando se enteró —explicó—. Daniel me ofreció ayudarme.

—¿Ayudarte instalándote en nuestro dormitorio?

Bajó los ojos.

—Eso fue idea suya.

—¿Por qué aceptaste?

—Porque me dijo que ustedes ya estaban separados.

Sentí una punzada de rabia.

—Anoche fue la primera vez que oyó hablar de nuestro divorcio.

Sofía palideció.

—Entonces me mintió.

Sacó su teléfono.

Los mensajes de Daniel comenzaban dos meses atrás.

Uno llamó inmediatamente mi atención.

“Solo necesito que estés en casa el viernes. Clara hará el resto.”

Viernes.

El día anterior.

Otro decía:

“Cuando ella se vaya, podremos terminar la documentación.”

—¿Qué documentación? —pregunté.

—No lo sé.

Sofía abrió su bolso.

—Pero encontré esto en el coche de Daniel.

Era una copia de una solicitud bancaria.

Titular:

Clara Mendoza.

La misma cuenta.

Debajo aparecía una autorización para transferir 4,3 millones a Aurora Capital.

Mi supuesta firma estaba al final.

—Nunca firmé esto.

—Hay más —dijo Sofía.

En la segunda página figuraba un beneficiario final.

No era Daniel.

Era una mujer llamada Victoria Serrano.

—¿Quién es?

Sofía me miró sorprendida.

—¿Daniel nunca te habló de ella?

Negué.

—Victoria es su hermana.

Me reí por puro desconcierto.

—Daniel es hijo único.

—No.

Sofía sacó una fotografía antigua.

Daniel tendría unos veinte años.

A su lado estaba una mujer joven con sus mismos ojos.

En el reverso:

“Daniel y Victoria — Madrid, 2008.”

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Durante cinco años de matrimonio, Daniel había ocultado la existencia de una hermana.

Marcos investigó el nombre por vías legales.

Horas después llamó.

—Victoria Serrano controla Aurora Capital.

—Entonces Daniel estaba enviándole dinero.

—Eso parece.

—Usando mi identidad.

—Sí, pero hay algo que no encaja.

La primera transferencia a la cuenta ocurrió cuatro años atrás.

Sin embargo, Aurora Capital había sido constituida seis años antes.

Un año antes de que Daniel y yo nos casáramos.

—¿Quién la creó?

—Victoria.

—Entonces quizá esto empezó antes de mí.

Marcos guardó silencio.

—Clara, ¿cómo conociste a Daniel?

—En una conferencia empresarial.

—¿Casualmente?

Recordé aquella noche.

Daniel había derramado café sobre mi carpeta.

Habíamos empezado hablando mientras me ayudaba a recoger los papeles.

Una coincidencia absurda que durante años conté como nuestra historia romántica.

—Eso creía.

—Encontramos algo más.

Me envió un documento.

Aurora Capital había solicitado un informe sobre mí siete meses antes de aquella conferencia.

Ingresos.

Propiedades.

Participaciones empresariales.

Incluso información sobre una herencia de mi padre.

Sentí que me faltaba el aire.

Daniel sabía quién era antes de conocerme.

Entonces Elena descubrió la pieza más inquietante.

Mi padre había invertido años atrás en una compañía que posteriormente quebró.

Uno de los directivos era el padre de Daniel.

Había existido un litigio.

Mi padre ganó.

La familia Serrano perdió millones.

Me quedé mirando el expediente.

—¿Daniel se casó conmigo por venganza?

—Todavía no sabemos eso —respondió Elena—. Solo sabemos que ambas familias estuvieron conectadas.

Mi teléfono vibró.

Esta vez era Daniel.

Un único mensaje:

“Clara, no hables con Victoria. Ella no es quien crees.”

Antes de que pudiera responder, llegó otro mensaje.

Número desconocido.

“Soy Victoria Serrano. Si ya encontraste la cuenta, Daniel ha perdido el control del plan.”

Debajo había una fotografía.

Daniel firmando documentos junto a mi padre.

La fecha me hizo levantarme de golpe.

Era de hacía siete años.

Dos años antes de que Daniel y yo supuestamente nos conociéramos.

Entonces llegó la última frase:

“Pregúntale a Daniel por qué tu padre le pagó para casarse contigo.”

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