PARTE 2: LA MUJER QUE SABÍA QUE MIS HIJOS EXISTÍAN

—Evelyn, dile al conductor que no se detenga.

La voz de Adrian sonaba diferente.

No enfadada.

Asustada.

Y jamás había escuchado miedo en Adrian Mercer.

—Hay niños conmigo —susurré.

—Precisamente por eso.

Miré a Ethan y Emma.

Emma observaba los edificios por la ventanilla sin comprender nada. Ethan, en cambio, había notado mi expresión.

—Mamá, ¿pasa algo?

—No.

Mentí demasiado rápido.

El SUV gris aceleró.

—Adrian.

—Lo veo.

Dos vehículos negros aparecieron detrás de nosotros.

—Son míos —dijo—. Cuando lleguemos al siguiente cruce, van a rodear vuestro taxi.

—¿Y después?

—Os sacaré de ahí.

—No pienso llevar a mis hijos a uno de tus clubes ni a ninguna de tus casas.

—Evelyn, alguien entró en sus historiales médicos. Conoce sus nombres, edades y dirección de Boston.

El corazón me golpeó las costillas.

—¿Mi dirección?

—Sí.

Miré inmediatamente a los gemelos.

Toda la vida que había construido para mantenerlos lejos del mundo de Adrian acababa de desaparecer.

—¿Cuánto saben?

—Todavía no lo sé.

—Entonces averígualo.

Su respuesta llegó fría.

—Eso estoy haciendo.

De pronto el SUV gris cambió de carril y se colocó junto al taxi.

La ventanilla trasera descendió.

Vi un teléfono.

Nos estaban fotografiando.

—¡Agáchense!

Empujé a los niños hacia el suelo.

El taxista gritó.

Uno de los vehículos de Adrian se interpuso violentamente entre nosotros y el SUV.

Hubo un golpe de metal.

El vehículo gris perdió velocidad.

—¡Mamá! —gritó Emma.

La abracé.

—Estoy aquí.

Un minuto después el taxi entró en el estacionamiento subterráneo de un edificio.

Adrian ya estaba esperando.

Abrió mi puerta antes de que el coche terminara de detenerse.

—Salid.

Ethan se pegó a mí.

—No conocemos a ese hombre.

Adrian se quedó quieto.

Aquellas palabras parecieron afectarlo más que cualquier amenaza.

—Tienes razón —dijo finalmente—. Todavía no.

Nos llevó a un ascensor privado.

Daniel entró detrás.

—Perdimos el SUV.

Adrian giró.

—¿Cómo?

—Tenía placas clonadas.

—Encuéntralo.

—Ya estamos trabajando.

Llegamos a un apartamento enorme en el último piso.

Adrian ordenó revisar las ventanas, bloquear los ascensores y duplicar la seguridad.

Yo exploté.

—¡Basta!

Todos se detuvieron.

—Mis hijos no van a crecer rodeados de hombres armados.

Adrian me miró.

—Tus hijos están siendo perseguidos.

—Por tu culpa.

El silencio cayó de golpe.

Daniel apartó la mirada.

Adrian no.

—Probablemente.

Su respuesta me sorprendió.

Esperaba una excusa.

—Por eso necesito saber quién los encontró.

—Yo necesito saber cómo tú los encontraste.

Algo cambió en su rostro.

—Daniel reconoció tu nombre en una lista de pasajeros.

Miré a Daniel.

—¿Revisas todos los vuelos que llegan a Chicago?

—No —respondió.

Adrian terminó por él.

—Solo los tuyos.

Sentí frío.

—¿Me vigilabas?

—Después del divorcio intenté encontrarte.

—Tenías mi número.

—Me bloqueaste.

—Porque elegiste a Vanessa.

Adrian apretó la mandíbula.

—No fue tan sencillo.

Me reí sin humor.

—Pronunciaste “todavía la amo” y al día siguiente me entregaste un divorcio. Fue bastante sencillo.

Antes de que respondiera, Ethan apareció en la puerta.

—Mamá.

Me callé inmediatamente.

—¿Sí, cariño?

—Emma tiene hambre.

Adrian giró hacia Daniel.

—Comida. Nada con frutos secos.

Lo miré bruscamente.

—¿Cómo sabes eso?

Adrian también se quedó quieto.

—¿Qué?

—Emma es alérgica a los frutos secos.

Daniel palideció.

Adrian lo miró.

—Yo no lo sabía.

Entonces comprendimos lo mismo.

Alguien había entregado a Adrian información médica más detallada de lo que él me había contado.

Daniel sacó su teléfono.

—Voy a comprobar el archivo.

Diez minutos después regresó con el rostro tenso.

—Tenemos un problema.

Dejó una carpeta sobre la mesa.

Dentro había copias de los historiales pediátricos de Ethan y Emma.

Fechas.

Vacunas.

Alergias.

Hospitalizaciones.

Y fotografías.

Fotografías tomadas en Boston.

Ethan saliendo del colegio.

Emma conmigo en un parque.

Yo entrando en Harvard.

Una imagen tenía casi cuatro años.

Me faltó el aire.

—Dijiste que alguien llevaba semanas buscándonos.

Adrian hojeó las fotografías.

Su rostro se endureció.

—Me equivoqué.

—¿Cuánto tiempo?

—Al menos cuatro años.

Me senté.

—¿Quién tenía esto?

Daniel respondió:

—Un intermediario que desapareció ayer.

Adrian tomó otra hoja.

Entonces se quedó inmóvil.

—¿Qué?

No contestó.

Le arranqué el papel.

Era un informe de ADN.

Probabilidad de paternidad: 99,99 %.

Sentí que el mundo se inclinaba.

—Nunca hice una prueba de ADN.

Adrian levantó lentamente la mirada.

—Yo tampoco.

—Entonces ¿cómo consiguieron muestras de los niños?

Daniel habló desde la puerta.

—Eso no es lo peor.

Nos mostró una fotografía de seguridad tomada en Boston.

Una mujer estaba entregando un sobre a un hombre frente a la clínica pediátrica de los gemelos.

Cabello rubio.

Abrigo blanco.

Perfil inconfundible.

Adrian dejó de respirar.

Yo conocía aquella cara.

La había visto en fotografías durante todo nuestro matrimonio.

—Vanessa.

Adrian negó lentamente.

—No puede ser.

—¿Por qué?

Me miró.

Y por primera vez desde O’Hare, pareció verdaderamente devastado.

—Porque Vanessa murió hace cinco años.

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