Los golpes volvieron a sonar.
Mi madre dejó caer lentamente la mano que había levantado para pegarme.
—Quédate aquí.
Su voz tembló.
Eso me confirmó que mis recuerdos eran correctos.
La seguí.
—He dicho que te quedes en tu habitación.
—Y yo he dicho que no.
Cuando abrió la puerta, una mujer de unos cincuenta años esperaba bajo el sol.
Llevaba una carpeta marrón contra el pecho.
La reconocí inmediatamente.
Tía Rebecca.
La hermana mayor de mi padre.
En mi primera vida apenas la había visto una vez.
Aquella misma tarde.
Mi madre la expulsó después de una discusión y me dijo que Rebecca quería llevarme lejos porque siempre había odiado a nuestra familia.
Yo le creí.
Rebecca me miró.
—Emily.
Sus ojos se humedecieron.
—Has crecido muchísimo.
Mi madre bloqueó la entrada.
—No eres bienvenida aquí.
—No he venido a verte a ti.
Rebecca levantó la carpeta.
—He venido por Emily.
Mi madre intentó cerrar la puerta.
Esta vez fui yo quien la detuvo.
—Quiero escucharla.
—¡No sabes lo que estás diciendo!
—Entonces deja que me explique.
Rebecca entró.
Sacó varios documentos.
El primero era una copia de mi expediente académico.
El segundo, la solicitud de beca.
Pero había un tercero que nunca había visto.
Una cuenta bancaria abierta a mi nombre.
—Tu padre creó un fondo educativo antes de morir —dijo Rebecca—. Debía cubrir tus estudios hasta la universidad.
Miré la cifra.
Era suficiente.
Más que suficiente.
—¿Por qué nunca lo supe?
Rebecca miró a mi madre.
El silencio respondió antes que ella.
—Porque el dinero está bloqueado para educación —continuó Rebecca—. Tu madre intentó retirarlo hace dos meses y no pudo.
Mi madre explotó.
—¡Ese dinero pertenece a esta familia!
—Pertenece a Emily.
—¡Su hermano también necesita estudiar!
Aquellas palabras me resultaron tan familiares que casi pude escuchar mi vida anterior repitiéndose.
Pero entonces Rebecca añadió:
—Por eso solicité que el banco me notificara cualquier nuevo intento.
Mi madre palideció.
Comprendí algo.
En mi primera vida, Rebecca no había venido simplemente a visitarme.
Había venido porque sabía que mi madre estaba intentando quedarse con mi futuro.
—¿Puedes ayudarme a matricularme? —pregunté.
Rebecca me miró sorprendida.
—Sí.
—Entonces quiero ir contigo.
Mi madre me agarró del brazo.
—No vas a ninguna parte.
Me liberé.
—Sí voy.
—¡Tengo autoridad sobre ti!
—Durante tres años más —respondí—. No durante toda mi vida.
Rebecca se colocó entre nosotras.
Aquella tarde salí de casa con una mochila, mis documentos escolares y dos mudas de ropa.
No miré atrás.
Durante las siguientes semanas hice todo lo que no había podido hacer en mi primera vida.
Acepté la beca.
Entré en la nueva escuela.
Abrí una cuenta para mis pequeños gastos con Rebecca supervisándola.
Y escribí en un cuaderno todo lo que recordaba del futuro.
Fechas.
Personas.
Errores.
Sobre una página escribí un solo nombre:
Daniel Carter.
Debajo:
NO ACERCARME JAMÁS.
Pensé que bastaría.
Daniel debía aparecer en mi vida muchos años después.
Yo tenía tiempo.
O eso creía.
Hasta que, una tarde de septiembre, Rebecca llegó a recogerme a la escuela con el rostro completamente serio.
—Emily, necesito preguntarte algo.
—¿Qué ocurre?
—¿Conoces a alguien llamado Daniel Carter?
Sentí que todo mi cuerpo se enfriaba.
—¿Por qué?
Rebecca abrió el bolso.
—Tu madre vino esta mañana.
Sacó una fotografía.
Era Daniel.
Pero no el Daniel adulto que yo recordaba.
Era adolescente.
Quizá tenía diecisiete años.
Estaba de pie junto a mi hermano.
Y junto a ellos aparecía mi madre.
—Dice que la familia Carter quiere contratar a tu hermano para unos trabajos —explicó Rebecca—. Pero encontré esto entre los documentos que dejó.
Me entregó una hoja.
Era una carta escrita por el padre de Daniel.
La fecha era de aquel mismo verano.
Leí las primeras líneas.
Después tuve que sentarme.
La familia Carter no acababa de entrar en nuestras vidas.
Ya conocía a mi madre.
Y estaban negociando algo.
Rebecca señaló el último párrafo.
—Emily, aquí aparece tu nombre.
Lo leí.
“Si la niña mantiene sus resultados académicos, será mucho más difícil convencerla cuando llegue el momento. Es preferible sacarla de la escuela ahora.”
Me quedé sin palabras.
En mi primera vida había creído que mi madre me obligó a abandonar los estudios únicamente para favorecer a mi hermano.
Pero aquella carta había sido escrita años antes de que Daniel se convirtiera en mi esposo.
Levanté la vista hacia Rebecca.
—¿Dónde está mi madre ahora?
Rebecca tardó demasiado en responder.
—Fue a buscar a tu hermano.
—¿Adónde?
—A casa de los Carter.
Miré otra vez la fotografía de Daniel adolescente.

Entonces entendí lo verdaderamente aterrador de haber regresado quince años.
Yo recordaba perfectamente cómo había terminado mi vida.
Pero no sabía que quienes la destruyeron habían empezado a decidir mi destino mucho antes de que yo conociera a mi futuro marido.