Me quedé mirando la pantalla.
Leí el mensaje una segunda vez.
Después una tercera.
No conocía ese número.
Pero había algo en la forma de escribir.
La seguridad.
La arrogancia.
La certeza de que podía decidir sobre mi vida.
Apagué la pantalla sin responder.
No iba a regalarle mi miedo a una desconocida.
Una enfermera entró para revisar mi suero.
—¿Todo bien?
Asentí.
Mentí.
—Sí.
Miré a mi hijo dormido en la cuna transparente.
Tenía las manos cerradas en pequeños puños.
Respiraba con esa tranquilidad que solo tienen los recién nacidos.
Apoyé una mano sobre el borde de la cuna.
—No voy a dejar que nadie te use como si fueras un premio.
Lo prometí en voz baja.
Más para mí que para él.
Mientras tanto, en el pasillo, Ethan seguía discutiendo con su madre.
No podía escuchar todas las palabras.
Pero sí los tonos.
—¿Es verdad? —preguntó él.
Silencio.
—¡Respóndeme!
La voz de Margaret sonó mucho más baja.
—Hice lo necesario para proteger tu futuro.
—¿Proteg…?
Ethan dejó escapar una risa incrédula.
—¿Me bloqueaste el teléfono?
No hubo respuesta.
—¿Cambiaste mi número?
Otra vez silencio.
—¿Le dijiste que yo ya tenía otra mujer?
Margaret respiró profundamente.
—Esa chica no era adecuada para nuestra familia.
Ethan dio un paso atrás como si acabara de recibir un golpe.
—Lía estaba embarazada…
Su madre bajó la mirada.
—Yo no lo sabía.
—¡Pero sí sabías que la estaba abandonando sin explicación!
El pasillo volvió a quedarse en silencio.
Dentro de la habitación, una enfermera cerró discretamente la puerta para amortiguar la discusión.
Me miró con cierta preocupación.
—¿Quiere que avisemos a seguridad si vuelven?
—Sí.
Y, por favor…
No permitan que nadie se lleve a mi hijo sin mi autorización.
La enfermera asintió de inmediato.
—Eso no ocurrirá.
Media hora después llamaron suavemente a la puerta.
Pensé que era otra enfermera.
Pero era Ethan.
Venía solo.
Sin bata.
Sin mascarilla.
Solo con una expresión que nunca le había visto.
—¿Puedo entrar?
No respondí.
Él entendió el silencio como un permiso.
Se quedó a varios metros de mi cama.
No intentó acercarse al bebé.
—Acabo de descubrir que mi madre interceptó todas tus llamadas.
No dije nada.
—Cambió mi número cuando me trasladaron de hospital.
Me hizo creer que tú habías decidido terminar conmigo.
Levanté lentamente la vista.
—¿Y nunca pensaste en venir a buscarme?
Ethan cerró los ojos.
—Lo hice.
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué?
—Volví al apartamento donde vivías.
El edificio estaba vacío.
El portero me dijo que te habías mudado.
Sentí un nudo en el estómago.
Era verdad.
Después de no poder pagar el alquiler, tuve que irme.
Él continuó.
—También escribí a tu antiguo correo.
Nunca obtuve respuesta.
Negué lentamente con la cabeza.
—Jamás recibí un solo mensaje tuyo.
Los dos comprendimos la misma cosa al mismo tiempo.
Alguien había conseguido separarnos desde ambos lados.
Ethan dio un paso adelante.
Luego otro.
Se detuvo junto a la cuna.
Miró al bebé durante varios segundos.
Las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos.
—Tiene mis hoyuelos.
No respondí.
—¿Cómo se llama?
Guardé silencio.
Él no insistió.
Solo susurró:
—Nunca imaginé que tenía un hijo.
Mi voz salió firme.
—Lo tienes.
Pero eso no significa que tengas derecho a decidir sobre él.
Ethan asintió.
—Lo sé.
Y aceptaré cualquier decisión que tomes.
Solo necesito una oportunidad para demostrarte que nunca elegí desaparecer.
Antes de que pudiera responder, alguien golpeó la puerta con fuerza.
Tres golpes secos.
La enfermera abrió apenas unos centímetros.
Su expresión cambió de inmediato.
—Doctor Carter…
Hay una mujer insistiendo en entrar.
Dice que es su prometida.
Ethan frunció el ceño.
—¿Qué?
La enfermera tragó saliva.
—Y viene acompañada de dos abogados.

En ese mismo instante, una voz femenina resonó desde el pasillo.
—¡Ethan! Ya basta de perder el tiempo con ella.
La puerta se abrió de golpe.
Una mujer elegantemente vestida entró sonriendo…
Y lo primero que hizo fue mirar directamente la cuna del bebé.