PARTE 2: EL APELLIDO QUE MATEO NUNCA DEBIÓ SUBESTIMAR

Mi padre no hizo ninguna pregunta.

—¿En qué planta estás?

—Obstetricia. Séptimo piso.

—No te muevas.

Su voz cambió inmediatamente.

—En quince minutos tendrás un equipo médico contigo.

Colgué.

Al otro lado de la puerta, el doctor Salazar seguía discutiendo con Mateo.

No entré.

No quería explicaciones.

No quería escuchar otra mentira.

Recogí mi informe del suelo y caminé hacia la unidad obstétrica.

Diecisiete minutos después, el ruido de un helicóptero hizo vibrar los cristales del hospital.

Tres médicos entraron acompañados por un hombre de traje gris.

Lo reconocí.

Sebastián Cruz.

Director jurídico del Banco Valenzuela.

Cuando me vio, inclinó ligeramente la cabeza.

—Señorita Valenzuela.

Hacía seis años que nadie me llamaba así.

—Su padre ha preparado el traslado.

El doctor Salazar salió de su despacho.

Su rostro se quedó inmóvil.

—¿Valenzuela?

Sebastián lo miró.

—Valeria Inés Valenzuela, hija única de Augusto Valenzuela.

El médico palideció.

Por fin entendió quién era la mujer que veinte minutos antes había llorado porque no podía pagar quinientos dólares diarios.

—El tratamiento comenzará inmediatamente —dijo uno de los especialistas—. Su padre ha enviado su historial al Instituto Materno Valenzuela.

Me llevaron en camilla.

Antes de entrar en el ascensor, miré al doctor Salazar.

—No le diga a Mateo dónde estoy.

—Valeria…

—Por favor.

Asintió.

A las tres y doce de la tarde comenzó mi tratamiento.

A las tres y diecinueve, Banco Valenzuela suspendió la línea de crédito de doscientos millones del Grupo Del Castillo.

A las cuatro, tres préstamos puente quedaron congelados para revisión.

A las cinco y media, el consejo financiero de Del Castillo convocó una reunión extraordinaria.

Y a las seis y siete mi teléfono empezó a sonar.

Mateo.

No contesté.

Volvió a llamar.

Después llegaron los mensajes.

“¿Dónde estás?”

“Salazar dice que abandonaste el hospital.”

“Llámame inmediatamente.”

Finalmente:

“¿Tú hiciste algo con Banco Valenzuela?”

Sonreí.

Ahora sí había recordado que tenía esposa.

Esa noche mi padre entró en mi habitación.

Había envejecido.

Más de lo que recordaba.

Durante seis años yo había dejado que mi orgullo nos mantuviera separados.

Cuando decidí casarme con Mateo, papá se opuso.

Me advirtió que algo en aquel hombre no le gustaba.

Yo lo acusé de juzgarlo por no tener dinero.

Renuncié a mi puesto en el banco.

Abandoné mi apellido públicamente.

Y me marché.

Papá se sentó junto a la cama.

No me reprochó nada.

Solo miró mi vientre.

—¿Mi nieto?

—Estable.

Sus ojos se humedecieron.

Después colocó una carpeta sobre mis piernas.

—Necesitas ver esto.

Era el expediente crediticio de Grupo Del Castillo.

—Mateo vino personalmente a negociar los doscientos millones hace ocho meses.

Fruncí el ceño.

—¿Ocho meses?

—Sí.

—Pero él sabe quién eres.

Mi padre negó.

—Conoce al presidente del banco.

—No sabe que soy tu padre.

Sentí una amarga ironía.

Mateo había pasado seis años ocultándome su verdadera identidad.

Y jamás se había molestado en investigar la mía.

Abrí la carpeta.

El Grupo Del Castillo tenía problemas graves de liquidez.

La expansión internacional había consumido efectivo.

Varias filiales estaban sobreendeudadas.

Sin nuestra financiación, no quebrarían aquella misma noche.

Pero tendrían que vender activos, renegociar deuda y explicar demasiadas cosas a demasiada gente.

Entonces vi algo extraño.

—¿Qué es Proyecto C?

Mi padre endureció la expresión.

—Precisamente por eso quería hablar contigo.

Proyecto C había recibido cuarenta y ocho millones de dólares durante tres años.

Beneficiaria final:

Camila Ferrer.

Sentí que el pecho se me cerraba.

—¿Su amante?

—Hay más.

Camila no era simplemente una antigua novia.

Era accionista indirecta de varias empresas vinculadas a Del Castillo.

Y Mateo había solicitado que, después de obtener el crédito Valenzuela, parte de los fondos se destinara a comprar sus participaciones.

—¿Por qué?

—Según los documentos, para recuperar activos familiares.

Pasé otra página.

Encontré un certificado.

Mi respiración se detuvo.

Camila tenía una hija.

Lucía Ferrer.

Cinco años.

Mateo figuraba como padre en una declaración privada de reconocimiento.

Así que mientras yo ahorraba monedas para comprar comida, él llevaba años manteniendo a otra mujer y a una niña.

Cerré los ojos.

—Entonces era verdad.

Mi padre no respondió.

Pero Sebastián, que estaba junto a la ventana, intervino.

—Hay un problema con esa declaración.

Lo miré.

—¿Cuál?

—El análisis genético adjunto.

Me entregó otra hoja.

PATERNIDAD BIOLÓGICA EXCLUIDA.

Mateo no era el padre de Lucía.

—¿Él lo sabe?

—No podemos determinarlo.

Entonces mi padre señaló una fecha.

El análisis había sido realizado tres años atrás.

La persona que solicitó la prueba fue Teresa Del Castillo.

La madre de Mateo.

—¿Por qué su madre ocultaría esto?

Mi padre abrió la última sección.

—Porque Camila posee algo que la familia Del Castillo necesita recuperar.

Acciones.

Documentos.

Y derechos sobre un antiguo fideicomiso.

Antes de poder seguir leyendo, Sebastián recibió una llamada.

Su expresión cambió.

—Señor Valenzuela, tenemos un problema.

—¿Qué ocurre?

—Mateo acaba de llegar al edificio.

Mi padre se levantó.

—¿Al banco?

—No.

Sebastián me miró.

—Aquí.

Al hospital.

Cinco minutos después escuché voces en el pasillo.

Mateo apareció acompañado por su madre.

Cuando me vio en aquella habitación privada, rodeada de especialistas y con mi padre sentado junto a mí, se quedó petrificado.

—Valeria…

Teresa fue todavía más rápida.

Miró a mi padre.

Después a mí.

Y su rostro perdió completamente el color.

—Tú eres…

—Valeria Valenzuela —terminé por ella.

Mateo me miró como si nunca me hubiera visto.

—¿Valenzuela?

—La misma mujer muerta de hambre que no merecía tocar un céntimo de tu fortuna.

No pudo responder.

Mi padre se puso de pie.

—Mi hija necesita descansar.

Mateo ignoró la advertencia.

—Escuchaste la llamada.

—Sí.

—Valeria, yo…

—También escuché lo que dijiste sobre nuestro hijo.

Eso lo hizo callar.

Le entregué un sobre.

—Divorcio.

Mateo no lo tomó.

Teresa sí miró los documentos.

Entonces vio algo sobre mi mesita.

El expediente de Camila.

Su reacción fue inmediata.

—¿De dónde sacaste eso?

Mi padre se volvió hacia ella.

—De una solicitud financiera presentada por su hijo.

Teresa intentó coger la carpeta.

Sebastián la apartó.

—No la toque.

Mateo frunció el ceño.

—¿Qué contiene?

Miré a Teresa.

Ella estaba aterrorizada.

Entonces comprendí que Mateo tampoco conocía toda la verdad.

—Camila te ha mentido —dije.

—¿De qué estás hablando?

—Lucía no es tu hija.

Mateo quedó blanco.

Teresa cerró los ojos.

—Mamá.

Silencio.

—¿Tú lo sabías?

Ella no respondió.

Mateo abrió el informe.

Sus manos comenzaron a temblar.

—¿Quién es el padre?

Mi padre me miró.

Había una última página que yo todavía no había leído.

La giré.

Era un informe de parentesco ampliado.

Lucía no compartía ADN paterno con Mateo.

Pero sí presentaba una coincidencia familiar extraordinariamente alta con otro miembro registrado de la familia Del Castillo.

Leí el nombre.

Después volví a leerlo.

—Esto tiene que ser un error.

Mateo me arrancó prácticamente el documento.

Su rostro se transformó.

Porque el padre biológico señalado por el laboratorio era Alejandro Del Castillo.

Su padre.

El hombre que había muerto siete años atrás.

Exactamente tres meses antes de que Mateo apareciera por primera vez en mi vida.

Teresa comenzó a llorar.

—Mateo, hay cosas sobre tu padre que nunca te contamos.

Pero mi padre ya estaba mirando otra fecha.

—No.

Su voz hizo que todos calláramos.

—Aquí hay algo todavía peor.

Señaló el registro original de Proyecto C.

La primera transferencia a Camila no había ocurrido cinco años atrás.

Había ocurrido siete años y cuatro meses atrás.

Dos semanas antes de que Mateo me conociera.

Y el dinero no había salido de una cuenta Del Castillo.

Había salido del Banco Valenzuela.

Autorizado mediante una firma interna.

La firma de mi propio padre.

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