El silencio que siguió fue tan denso que parecía ocupar todo el cuarto.
Raúl soltó la mano de Mariana de inmediato.
La pluma cayó sobre las sábanas.
Jimena retrocedió un paso.
Y la licenciada Robles cerró la puerta con una calma que resultaba mucho más intimidante que cualquier grito.
—¿Qué acaba de decir? —preguntó Raúl.
La abogada dejó la carpeta sobre una mesa.
—Que los frenos de la camioneta de Mariana fueron cortados.
—Eso es absurdo.
—¿Lo es?
La sonrisa de Robles fue mínima.
Peligrosa.
—Porque el peritaje mecánico dice otra cosa.
Jimena intentó reaccionar primero.
—Esto es un hospital. No puede venir a inventar cosas.
—No estoy inventando nada.
Sacó varios documentos.
Los acomodó uno por uno.
Como si estuviera colocando piezas de dominó.
—Informe del seguro.
Informe de tránsito.
Peritaje independiente.
Fotografías.
Declaraciones.
Cada hoja parecía quitarles color del rostro.
Emiliano observaba en silencio desde una esquina.
Y Mariana, atrapada dentro de su propio cuerpo, escuchaba todo.
Absolutamente todo.
—La línea hidráulica principal fue dañada antes del accidente —continuó Robles—. No fue desgaste. No fue una falla mecánica. Fue manipulación.
Raúl soltó una risa forzada.
—¿Y me está acusando a mí?
—Todavía no.
La palabra todavía hizo que nadie respirara.
Jimena cruzó los brazos.
—Esto es ridículo.
—¿Lo es?
Robles abrió otra carpeta.
Esta vez más delgada.
—Porque además tenemos otro problema.
Raúl apretó la mandíbula.
—¿Qué problema?
—Las cuentas.
Por primera vez el rostro de Raúl cambió.
Solo un instante.
Pero la abogada lo vio.
Y sonrió.
—Exactamente la reacción que esperaba.
Jimena miró a su cuñado.
Luego a la abogada.
Luego volvió a mirar a Raúl.
Demasiado rápido.
Demasiado nerviosa.
—No sé de qué habla.
—Claro que sí.
Robles sacó varios estados financieros.
—Durante los últimos ocho meses desaparecieron más de diecisiete millones de pesos de empresas propiedad exclusiva de Mariana.
El cuarto quedó congelado.
Incluso las máquinas parecieron sonar más fuerte.
—Eso es mentira.
—¿En serio?
La abogada levantó una hoja.
—Porque estas transferencias tienen firma electrónica.
Y estas autorizaciones.
Y estos movimientos.
Todos realizados desde la cuenta del señor Raúl Serrano.
Emiliano abrió los ojos.
Jimena también.
Porque claramente ella tampoco conocía esa parte.
Y aquello cambió todo.
Raúl ya no parecía un esposo preocupado.
Parecía un hombre acorralado.
—Yo tenía autorización.
—Para administrar.
No para vaciar.
No para transferir dinero a empresas fantasma registradas por amigos tuyos en Cancún.
El silencio fue brutal.
Jimena giró lentamente hacia él.
—¿Qué empresas?
Raúl no respondió.
—Raúl.
—Cállate.
Fue la primera vez que perdió la compostura.
Y eso asustó incluso a Jimena.
La licenciada Robles aprovechó.
—Interesante.
—¿Qué?
—Que la señora Jimena parece no saberlo todo.
La hermana de Mariana palideció.
Porque acababa de comprender algo terrible.
Tal vez ella no era socia.
Tal vez era cómplice.
Pero también era una pieza descartable.
—Raúl… —susurró.
Él no la miró.
Y aquella ausencia de respuesta fue peor que cualquier confesión.
Mientras tanto, Mariana luchaba.
Cada músculo.
Cada nervio.
Cada pensamiento.
Todo estaba concentrado en una sola misión.
Moverse.
Tenía que moverse.
Tenía que despertar.
Tenía que proteger a Emiliano.
Porque escuchaba el miedo en la voz de su hijo.
Porque escuchaba la desesperación de su abogada.
Porque escuchaba las mentiras desmoronarse.
Y porque entendía que aquello apenas comenzaba.
Entonces ocurrió algo inesperado.
La puerta volvió a abrirse.
Entraron dos policías.
Y detrás de ellos un hombre mayor de cabello blanco.
El notario.
Pero no el que esperaba Raúl.
Era otro.
Uno que Mariana reconoció incluso en medio de la niebla de su conciencia.
Fernando Beltrán.
El notario que había modificado su testamento.
El único que conocía su última voluntad.
Raúl quedó inmóvil.
—¿Qué hace él aquí?
Beltrán acomodó sus lentes.
—Proteger a mi cliente.
—Mariana está en coma.
—Precisamente.
Sacó un sobre sellado.
Grueso.
Con varias firmas.
Y lo colocó sobre la mesa.
—Porque si Mariana sufría un accidente o incapacidad prolongada, este documento debía abrirse.
Jimena sintió que las piernas le fallaban.
Raúl también.
La abogada Robles cruzó los brazos.
Como quien ya sabía lo que venía.
—Ábralo —dijo.
El notario rompió el sello lentamente.
El sonido del papel pareció atravesar todo el cuarto.
Luego comenzó a leer.
—”Si me ocurre algo inesperado, retiro toda autoridad administrativa a mi esposo Raúl Serrano y nombro como administradora temporal de mi patrimonio a la licenciada Victoria Robles.”
Raúl se quedó blanco.
Pero lo peor vino después.
Mucho peor.
—”Asimismo, declaro que mi hijo Emiliano Serrano Herrera será el único heredero universal de mis bienes.”
Jimena abrió la boca.
Y entonces llegó la frase final.
La frase que terminó de destruirlos.
—”En ningún escenario mi hermana Jimena Herrera recibirá participación alguna en mi patrimonio.”
Silencio.
Completo.
Total.
Porque Mariana había sospechado.
Había visto señales.
Había desconfiado.
Y había dejado todo preparado.
Raúl dio un paso hacia el notario.

—Eso no tiene validez.
—Sí la tiene.
—¡No!
La voz resonó por toda la habitación.
Y justo en ese instante, mientras todos discutían, Emiliano sintió algo.
Corrió hacia la cama.
Tomó la mano de su madre.
Y sonrió.
—Mamá…
La mano de Mariana acababa de apretar la suya.
Esta vez no fue un reflejo.
No fue un movimiento accidental.
Fue una respuesta.
Consciente.
Real.
Y cuando todos voltearon hacia la cama, vieron algo que ninguno esperaba.
Una lágrima descendía lentamente por la mejilla de Mariana.
Y sus párpados acababan de moverse.