Emiliano permaneció inmóvil frente a las pantallas.
Nadie hablaba en la sala de monitoreo.
Solo se escuchaba el zumbido de los equipos y la respiración cada vez más pesada del dueño de la mansión.
El jefe de seguridad rompió el silencio.
—Señor…
¿Quiere que intervengamos?
Emiliano levantó una mano.
—Todavía no.
No apartó la vista de las cámaras.
Quería ver toda la verdad.
Sin interrupciones.
Sin explicaciones.
Sin excusas.
En la pantalla, Patricia dio un paso hacia Rosa.
—¿No entendiste lo que dije?
Rosa mantuvo la cabeza ligeramente inclinada.
—Las niñas solo estaban leyendo.
Patricia sonrió.
Pero era una sonrisa completamente distinta a la que mostraba delante de Emiliano.
—Precisamente por eso me molestas.
Siempre apareces.
Siempre intentas hacerte la heroína.
Rosa guardó silencio.
Patricia se acercó todavía más.
—No olvides que eres una empleada.
No eres parte de esta familia.
Antes de que Rosa pudiera responder, Martina rompió a llorar.
—No regañes a Rosita…
Patricia giró bruscamente hacia la niña.
—¿Qué acabas de decir?
Daniela abrazó inmediatamente a su hermana menor.
—Fue mi culpa.
Patricia dio otro paso.
—Ninguna de las dos hablará sin permiso.
Emiliano apretó los puños.
Miró al jefe de seguridad.
—¿Desde cuándo tenemos audio en esa sala?
—Hace ocho meses, señor.
Usted autorizó actualizar todo el sistema después del intento de robo.
Emiliano cerró lentamente los ojos.
Durante ocho meses había tenido pruebas al alcance de un botón.
Y jamás había pensado en revisarlas.
Patricia respiró hondo.
Recuperó la compostura.
Luego dijo algo que hizo que Emiliano sintiera un escalofrío.
—Cuando me case con su padre, las cosas cambiarán.
Muchísimo.
Martina escondió el rostro en el hombro de Daniela.
Rosa habló con enorme calma.
—Las niñas necesitan tranquilidad.
No miedo.
Patricia soltó una risa burlona.
—¿Tranquilidad?
En cuanto firme el matrimonio, tú serás la primera en irte.
Después contrataré personal que sí sepa obedecer.
Rosa no respondió.
Simplemente tomó de la mano a las niñas.
—Vamos a terminar la tarea en la biblioteca.
Patricia las observó alejarse.
Y cuando creyó estar completamente sola…
Sacó el teléfono.
Emiliano se inclinó hacia adelante.
La llamada estaba siendo grabada.
—¿Ya se fue? —preguntó una voz masculina.
—Sí.
Está camino a Europa.
Tenemos cuatro días.
La voz volvió a hablar.
—¿Y las niñas?
Patricia sonrió.
—Cada vez le tienen más miedo a quedarse conmigo.
Perfecto.
Cuando Emiliano empiece a notar ansiedad en ellas, le diré que Rosa las está manipulando.
Funciona siempre.
Emiliano dejó de respirar.
Patricia continuó hablando.
—Después solo falta convencerlo de despedirla.
Sin Rosa, las niñas estarán completamente aisladas.
Entonces será mucho más fácil.
El hombre del otro lado preguntó:
—¿Y el fideicomiso?
Patricia respondió sin dudar.
—Primero el matrimonio.
Luego modificaremos el testamento.
El resto llegará solo.
El jefe de seguridad abrió inmediatamente otro archivo.
—Señor…
Hay algo más.
Retrocedió las grabaciones varias semanas.
En la pantalla apareció otra escena.
Emiliano estaba de viaje en Singapur.
Patricia entraba nuevamente a la habitación de las niñas.
Martina tenía fiebre.
Daniela intentaba llamar por teléfono.
Patricia le quitó el móvil.
—No molesten a su padre por cualquier tontería.
Apagó el teléfono.
Minutos después apareció Rosa.
Al tocar la frente de Martina, su expresión cambió por completo.
Tomó inmediatamente a la niña en brazos.
En menos de diez minutos ya iba camino al hospital.
La siguiente grabación mostraba al pediatra hablando con Rosa.
El audio era claro.
—Llegó a tiempo.
Un poco más tarde habría sido mucho más complicado controlar la infección.
Emiliano sintió un nudo en la garganta.
Él nunca supo nada de aquello.
Patricia le había dicho que solo había sido un resfriado leve.
Miró otra grabación.
Y otra.
En todas ocurría exactamente lo mismo.
Patricia criticando.
Amenazando.
Humillando.
Rosa protegiendo.
Escuchando.
Abrazando.
Cuidando.
Las niñas nunca corrían hacia Rosa porque estuvieran manipuladas.
Corrían porque se sentían seguras.
Emiliano se puso lentamente de pie.
Su voz sonó mucho más baja de lo habitual.
—Preparen el automóvil.
El jefe de seguridad lo miró sorprendido.
—¿Va a entrar ahora?
Emiliano negó con la cabeza.
—No.
Primero quiero ver una cosa más.
Retrocedió la grabación hasta la mañana de su falsa despedida.
La imagen mostró a sus hijas abrazándolo antes de que saliera de casa.
Cuando el automóvil desapareció por la entrada principal, Daniela cerró la puerta.
Entonces creyó que las niñas se pondrían a jugar.
En cambio, ocurrió algo que terminó de romperle el corazón.
Las dos corrieron directamente hacia una ventana.
Esperaron varios segundos mirando la calle.
Y cuando estuvieron completamente seguras de que el coche ya no podía verse…
Martina comenzó a llorar.
—Rosita…
¿Ahora sí puede venir Patricia a gritarnos?
Rosa las abrazó a las dos al mismo tiempo.
—Mientras yo esté aquí…
No voy a permitir que nadie les haga daño.
Emiliano sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.
Porque acababa de comprender una verdad insoportable.
No había sido Patricia quien había engañado únicamente a sus hijas.

También lo había engañado a él.
Y mientras él viajaba por el mundo creyendo que estaba construyendo un futuro para su familia…
La única persona que realmente había protegido a sus hijas todos aquellos meses había sido la mujer a la que estuvo a punto de despedir.
Leer la Parte 3 a continuación.