Apagué el teléfono.
Por primera vez en años, el silencio no me dio miedo.
Dormí en la habitación donde crecí, con el olor a pan recién horneado que subía desde el restaurante de mis padres y el sonido lejano de los primeros clientes acomodando las sillas de la terraza.
Cuando desperté, mi madre ya estaba preparando café.
Me observó unos segundos.
—¿No te casaste?
Negué con la cabeza.
Ella no preguntó por qué.
Solo sirvió otra taza y la dejó frente a mí.
—Entonces desayuna. Las decisiones importantes se toman mejor con el estómago lleno.
Sentí un nudo en la garganta.
En mi vida anterior, jamás regresé aquella mañana.
Porque me casé.
Y pasé años creyendo que abandonar mi dignidad era el precio normal del amor.
A las nueve en punto, el teléfono volvió a sonar.
Lucas.
No contesté.
Cinco minutos después llegó otro mensaje.
“Estoy afuera del restaurante.”
Levanté la vista.
A través del ventanal lo vi.
Seguía con la misma camisa del día anterior.
El ramo de flores estaba marchito.
Esperaba igual que la noche anterior.
Mi padre también lo vio.
—¿Es él?
Asentí.
—¿Quieres que le diga que se vaya?
Miré a Lucas durante unos segundos.
—No.
Voy a hablar con él.
Salí.
Él dio un paso hacia mí inmediatamente.
—Emily…
No dormí en toda la noche.
Lo noté.
Tenía los ojos rojos.
La barba comenzaba a marcarse.
Durante unos segundos permanecimos frente a frente.
Después habló.
—Sé que me equivoqué.
Respiré despacio.
En mi vida anterior, aquellas cuatro palabras habrían bastado para que lo perdonara otra vez.
Ahora ya no.
—No.
No te equivocaste.
Frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Una equivocación es olvidar unas llaves.
Confundir una fecha.
Tomar la salida incorrecta de una autopista.
Lo miré directamente.
—Elegir a otra persona una y otra vez durante años… no es un error.
Es una decisión.
Lucas abrió la boca.
Pero no encontró qué responder.
En ese instante sonó su teléfono.
Los dos bajamos la vista casi al mismo tiempo.
La pantalla se iluminó.
Maya Collins.
Lucas cerró los ojos.
No contestó.
El teléfono dejó de sonar.
Cinco segundos después volvió a vibrar.
Otra vez.
Y otra.
Yo sonreí con tristeza.
—¿Ves?
Él guardó el teléfono en el bolsillo.
—Hoy no voy a responder.
Negué lentamente.
—Ese no es el problema.
Su expresión se volvió confundida.
—¿Entonces cuál es?
Señalé el bolsillo de su chaqueta.
—El problema es que todavía estás pensando si deberías hacerlo.
Lucas permaneció completamente inmóvil.
Porque sabía que tenía razón.
Él estaba allí conmigo.
Pero una parte de su mente seguía preguntándose si Maya estaría bien.
Si necesitaría ayuda.
Si alguien más podría asistirla.
Como siempre.
El teléfono volvió a sonar.
Esta vez era una videollamada.
La pantalla mostró el rostro lloroso de Maya antes de que él pudiera rechazarla.
—Lucas…
Se escuchó su voz temblorosa.
—Perdón por molestarte otra vez…
Pero el dueño del edificio dice que alguien intentó entrar a mi apartamento y tengo mucho miedo…
Lucas reaccionó por puro instinto.
—¿Estás bien?
Yo bajé la mirada.
No sentí rabia.
Ni celos.
Solo una enorme paz.
Porque acababa de ver, con mis propios ojos, la misma escena que había vivido cientos de veces.
La diferencia era que esta vez ya no estaba casada con él.
Él levantó la cabeza de golpe.
Como si acabara de darse cuenta de que yo seguía allí.
—Emily…
No es lo que parece.
Sonreí.
—Claro que sí.
Es exactamente lo que parece.
Di un paso atrás.
—No tienes que explicarte.
Ve con ella.
Lucas negó desesperadamente.
—No.
Primero voy a arreglar esto contigo.
Lo miré con una calma que nunca antes había tenido.
—Lucas.
Nunca tuviste que elegir entre Maya y yo.
Porque hace mucho tiempo ya habías elegido.
Solo que yo fui la última en darme cuenta.
Me di la vuelta.
Escuché sus pasos detrás de mí.
Pero antes de que pudiera alcanzarme…
Una patrulla se detuvo frente al restaurante.
Un oficial bajó apresuradamente.
—¡Oficial Grant!
Lucas giró.
—¿Qué ocurre?
El joven respiraba con dificultad.
—La señorita Maya Collins llamó al 911.
Dice que alguien intenta entrar en su apartamento.
Lucas me miró.
Después miró la patrulla.
Durante unos segundos, el tiempo pareció detenerse.
En mi vida anterior…
Él habría corrido hacia el automóvil sin mirar atrás.

Y yo lo habría esperado.
Otra vez.
Pero esta vez…
Ya no era yo quien iba a esperar para descubrir a quién elegía realmente.