El primer día que Gabriel recibió los papeles del divorcio no sintió tristeza.
Sintió molestia.
Llamó a su secretaria.
—Localiza a Clara.
—Señor, su teléfono está apagado.
—Entonces habla con Isabel.
Cinco minutos después recibió la respuesta.
Isabel también había desaparecido.
Gabriel frunció el ceño.
Nunca imaginó que Clara pudiera marcharse sin mirar atrás.
Mientras tanto, yo salía del hospital con un diagnóstico que jamás olvidaría.
La doctora sostuvo mi expediente durante unos segundos antes de hablar.
—El golpe provocó un desprendimiento muy severo.
Bajé la mirada.
Ya conocía la respuesta.
—Lo siento mucho.
Asentí sin derramar una lágrima.
Las lágrimas se habían quedado en aquella escalera.
Cuando salimos, Isabel me llevó a un pequeño departamento que había alquilado semanas antes.
—Aquí nadie te buscará.
Abrí la carpeta de Elena Vega.
Nueva identidad.
Nueva cuenta bancaria.
Nuevo número telefónico.
Nueva vida.
Lo único que conservé fue la pequeña fotografía borrosa del embarazo.
La guardé dentro de mi diario.
Aquella misma noche, las noticias comenzaron a hablar del Grupo Fuentes.
“Autoridades fiscales anuncian una investigación sobre posibles irregularidades financieras.”
“Tres contratos públicos quedan suspendidos mientras continúa la auditoría.”
Sonreí por primera vez en muchos días.
Los archivos ya estaban haciendo su trabajo.
No necesitaba vengarme.
La verdad bastaba.
En la mansión Fuentes, el ambiente dejó de parecer una celebración.
Los auditores llegaron antes del mediodía.
Después apareció la fiscalía.
Luego la unidad de delitos financieros.
Gabriel observaba cómo revisaban oficinas, computadoras y archivos.
—¿Quién hizo esta denuncia?
Nadie respondió.
Laura comenzó a ponerse nerviosa.
—Gabriel…
¿Y si fue Clara?
Él negó inmediatamente.
—Ella no entiende nada de estos asuntos.
Pero recordaba perfectamente algo.
Durante tres años, Clara había organizado documentos.
Archivado contratos.
Preparado informes.
Había visto absolutamente todo.
Aquella idea empezó a incomodarlo.
Dos días después llamó a Marta, la empleada.
—¿Clara dejó algo?
Marta permaneció en silencio.
—Solo una caja.
Gabriel la abrió.
Dentro encontró su reloj favorito.
Las llaves de la casa.
Su alianza.
Y una pequeña nota escrita a mano.
“No te preocupes.
Ya no ocuparé el lugar que siempre estuvo reservado para otra mujer.”
Nada más.
No había reproches.
No había insultos.
Solo una despedida.
Por primera vez sintió un vacío extraño.
Esa misma noche, Laura apareció en su despacho.
—Tenemos que hablar.
—Ahora no.
—Sí, ahora.
Ella dejó una carpeta sobre el escritorio.
Era un informe médico.
—¿Sabes qué encontraron los empleados cuando limpiaron la escalera?
Gabriel levantó la vista.
Laura respiró profundamente.
—Había sangre.
Muchísima sangre.
Él permaneció inmóvil.
—¿Y?
Laura tragó saliva.
—Mandé analizar una muestra porque…
Porque tenía miedo.
Sacó una hoja del expediente.
—Era sangre de una mujer embarazada.
El mundo dejó de moverse.
Gabriel tomó el documento con manos temblorosas.
“Presencia positiva de hormona beta hCG.”
No podía dejar de leer aquellas palabras.
—No…
Eso…
Eso es imposible.
Laura empezó a llorar.
—Gabriel…
Creo que Clara estaba embarazada.
Él sintió que el aire desaparecía.
Recordó la mano de Clara abrazando su vientre mientras caía.
Recordó la sangre.
Recordó cuando ella dijo:
“Estamos a mano.”
Y comprendió de golpe lo que realmente había ocurrido aquel día.
No había destruido solo un matrimonio.

Había matado al hijo cuya existencia jamás llegó a conocer.
Por primera vez desde que Laura regresó a su vida…
Gabriel cayó de rodillas.