PARTE 2: LA VERDAD DETRÁS DE LA SANGRE

Durante varios segundos nadie habló.

Ni yo.

Ni Ethan.

Ni siquiera el sonido de las máquinas alrededor parecía existir.

Solo escuchaba aquella frase una y otra vez.

—Adrián hará el resto por mí.

Cerré los ojos.

Porque una parte de mí todavía esperaba encontrar una explicación.

Una mentira.

Una razón que hiciera que aquel día no hubiera sido tan monstruoso como parecía.

Pero la grabación acababa de destruir la última excusa que quedaba.

No había sido un accidente.

No había sido una reacción impulsiva.

Había sido una trampa.

Y Adrián había caído en ella.

Abrí los ojos.

—¿Cuánto tiempo estuvo grabando?

Ethan tomó el dispositivo.

—El archivo empieza unos minutos antes de que usted llegara a la casa.

Mi corazón se detuvo.

—¿Yo llegara?

Él asintió.

—Escuche el resto.

Volvió a reproducirlo.

La voz de Isabella apareció otra vez.

—Solo necesito que parezca que ella me atacó.

—Adrián nunca dudará cuando crea que estoy en peligro.

Otra voz respondió.

Un hombre.

—¿Y si la mata?

Hubo silencio.

Después Isabella soltó una risa baja.

—No lo hará.

—Claire es demasiado importante para él.

—Solo necesita asustarla.

Mis manos comenzaron a temblar.

Ethan apagó el grabador.

—Pero se equivocó.

Miré hacia la ventana.

La ciudad seguía moviéndose como si mi mundo no acabara de romperse.

—No.

Mi voz salió más fría de lo que esperaba.

—Ella no se equivocó.

Ethan me miró.

—¿Qué quiere decir?

Observé mis manos.

Las mismas manos que habían preparado comidas para Adrián.

Las mismas manos que habían firmado documentos para ayudarlo a levantar Gu Group.

Las mismas manos que habían sostenido su rostro cuando me prometía que siempre me protegería.

—Ella sabía exactamente quién era él.

Silencio.

—Sabía que Adrián no pensaría.

—Sabía que su orgullo sería más fuerte que su amor.

Ethan bajó la mirada.

Porque ambos entendíamos la verdad.

Isabella no había creado al monstruo.

Solo había encontrado la forma de liberarlo.

Tres días después, Adrián volvió.

Pero esta vez no llevaba flores.

No llevaba esa expresión de hombre arrepentido que esperaba ser perdonado.

Llevaba un rostro destruido.

Entró lentamente en mi habitación.

—Claire.

No respondí.

Se detuvo frente a mi cama.

—Ya sé la verdad.

Miré hacia otro lado.

—¿Y?

Su garganta se movió.

—Isabella mintió.

No dije nada.

—Ella se cortó el brazo a propósito.

—Entró a nuestra casa sabiendo exactamente lo que estaba haciendo.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Yo pensé que te estaba protegiendo.

Lo miré.

Por fin.

—No.

Adrián se quedó quieto.

—¿Qué?

—Pensaste que estabas protegiendo la imagen que tenías de ti mismo.

Sus labios temblaron.

—Claire…

—Un hombre que ama no pregunta después de destruir.

—Pregunta antes.

Bajó la cabeza.

Por primera vez parecía comprender algo.

No había perdido solo a sus hijos.

Había perdido a la mujer que siempre había estado allí.

—Puedo arreglarlo.

Esa frase me hizo reír.

Una risa vacía.

—¿Arreglarlo?

Adrián se acercó.

—Haré lo que sea.

—¿Lo que sea?

Asintió desesperadamente.

Señalé la puerta.

—Entonces empieza aceptando las consecuencias.

Su expresión cambió.

—¿Me estás dejando?

Lo miré durante varios segundos.

Antes habría llorado.

Habría esperado una disculpa.

Habría intentado salvar nuestro matrimonio.

Pero esa mujer ya no existía.

—Adrián, tú no perdiste a tu esposa cuando me apuñalaste.

—La perdiste cuando decidiste que otra mujer merecía ser escuchada más que yo.

Sus ojos se llenaron de dolor.

Pero no sentí satisfacción.

Solo vacío.

Cuando salió, Ethan entró con una carpeta.

—Hay algo más.

La abrió.

Dentro había documentos financieros.

Transferencias.

Mensajes.

Contratos.

—Isabella no solo quería separarlos.

Pasé las páginas.

—¿Qué es esto?

Ethan señaló una serie de transferencias.

—Dinero de Gu Group.

Fruncí el ceño.

—¿Adrián le daba dinero?

—No.

Ethan negó.

—Ella estaba sacando dinero de la empresa desde hace meses.

Seguí leyendo.

Entonces vi un nombre.

El beneficiario final.

Mi respiración se cortó.

—No puede ser.

Ethan me miró.

—¿Lo conoce?

Levanté la hoja.

Porque aquel nombre pertenecía a alguien que nadie había mencionado.

Alguien que había estado detrás de Isabella desde el principio.

Alguien que había financiado cada movimiento.

Mi propia familia.

Y en ese momento entendí algo mucho peor.

Isabella no había querido solamente destruir mi matrimonio.

Había querido destruir a Adrián.

Y yo había sido la pieza perfecta para hacerlo.

Tomé el teléfono.

Marqué un número que no llamaba desde hacía años.

Cuando respondió, no dije hola.

Solo pronuncié una frase:

—Papá, necesito que me cuentes qué relación tienes con Isabella Xu.

Al otro lado hubo un silencio.

Un silencio demasiado largo.

Y entonces escuché la respuesta que cambiaría todo:

—Claire…

—No deberías haber descubierto eso todavía.

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