No llegué a casa.
Conduje sin rumbo durante casi una hora, con los ojos todavía húmedos y la frase de Nick repitiéndose en mi cabeza.
“Se suponía que debías seguir conduciendo”.
Entonces mi teléfono vibró.
Número desconocido.
—¿Sebastián?
Reconocí la voz de inmediato.
Era la mujer de la carretera.
—¿Está bien?
Hubo unos segundos de silencio.
—Estoy viva gracias a ti.
Cerré los ojos.
—Me alegra.
—No —respondió ella—. No entiendes.
Su voz sonaba débil, pero firme.
—¿Podemos vernos?
Acepté.
Nos encontramos en una pequeña cafetería cerca del hospital. Cuando entré, una mujer elegante se levantó lentamente de una mesa.
Parecía distinta a la persona que había visto desplomarse junto a la carretera.
Pero había algo familiar en sus ojos.
—Soy Evelyn Hart.
Me tendió la mano.
—Y necesito agradecerte algo más que haberme salvado.
Me senté frente a ella.
—No hice nada especial.
Evelyn negó con la cabeza.
—Sí hiciste.
Sacó una carpeta negra de su bolso y la puso sobre la mesa.
—Mi médico me dijo que, si hubieras tardado cinco minutos más en llamar a emergencias, probablemente no estaría aquí.
Tragué saliva.
—Me alegra haberme detenido.
Ella abrió la carpeta.
—Yo también.
Entonces deslizó un documento hacia mí.
Era un informe empresarial.
Reconocí inmediatamente el nombre de la compañía.
Era uno de nuestros mayores prospectos.
El mismo cliente que Nick decía haber perdido por mi culpa.
Levanté la mirada.
—¿Qué tiene que ver esto conmigo?
Evelyn sonrió débilmente.
—Todo.
Señaló una firma al final del documento.
—Soy la presidenta de Hartwell Group.
Sentí que el estómago se me hundía.
Hartwell Group era la empresa que nuestra agencia llevaba seis meses intentando conseguir.
La que había desaparecido de la sala de conferencias aquella mañana.
—Pero… ¿por qué estaba usted sola en la carretera?
Evelyn cerró la carpeta.
—Porque estaba intentando descubrir quién dentro de mi propia empresa estaba robándome millones.
Mi corazón se aceleró.
—¿Y qué tiene que ver mi agencia?
Su expresión cambió.
—Mucho más de lo que imaginas.
Sacó otra hoja.
Había correos, transferencias y nombres.
Uno de ellos me resultaba demasiado familiar.
Nick.
Me quedé mirando la página.
—¿Mi jefe?
Evelyn asintió.
—Tu jefe no perdió nuestro contrato esta mañana.
Hizo una pausa.
—Lo vendió.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Entonces Evelyn tomó su teléfono.
—Y ahora quiero hacerte una propuesta.
—¿Qué propuesta?
Sonrió.
—Quiero que dirijas la división que estamos creando para descubrir quién más está involucrado.
Miré nuevamente el nombre de Nick.

La mañana que había perdido mi trabajo pensando que había elegido salvar a una desconocida…
acababa de descubrir que quizá había salvado mucho más que una vida.
Y cuando Evelyn pronunció el siguiente nombre de la lista, entendí que mi despido había sido apenas el comienzo.