PARTE 2: LA MUJER DETRÁS DEL ARMARIO

La pantalla mostró a Ryan entrando al apartamento con Lena en brazos.

Nadie habló.

En el video, ella reía mientras le rodeaba el cuello.

—Cuidado con la cama —dijo—. No quiero romper el regalo de tu futura esposa antes de estrenarlo.

Ryan la dejó en el suelo.

Después la besó.

La madre de Ryan dejó caer las cintas que sostenía.

—Ryan…

Él se lanzó hacia el televisor.

—¡Apágalo!

Mi padre se interpuso.

—Déjalo.

La grabación continuó.

Ryan recogió del suelo el amuleto que yo le había regalado.

Lena preguntó:

—¿Todavía llevas eso?

Él lo miró unos segundos.

—Clara cree que me protege durante las misiones.

—¿Qué misiones?

Los dos se rieron.

Entonces llegó la frase que terminó de destruirlo.

—Seis bodas canceladas —dijo Lena—. Soy cara de mantener.

Ryan respondió:

—Pero vales cada una.

Su madre se sentó lentamente.

Ya nadie podía llamarlo malentendido.

Ryan me miró desesperado.

—Clara, puedo explicarlo.

—Todavía falta algo.

Avancé la grabación.

La pantalla mostró el momento en que nuestras familias llegaron al edificio.

Ryan miró las cámaras desde su teléfono y entró en pánico.

Lena salió corriendo del dormitorio.

No había abandonado el apartamento.

Había entrado al vestidor.

Todos giramos hacia aquella puerta.

Ryan perdió el color.

Su primo caminó hasta ella y abrió.

Primero cayó una bolsa.

Después apareció Lena.

Seguía escondida detrás de varios abrigos.

La madre de Ryan se llevó una mano al pecho.

—¿Todo este tiempo estaba ahí?

Lena salió temblando.

—Yo… puedo explicarlo.

—Qué curioso —respondí—. Hoy todo el mundo tiene explicaciones.

Ryan intentó acercarse.

—Clara, cometí un error.

—¿Seis veces?

—Nunca quise perderte.

Lo miré.

—No querías perderme porque necesitabas que siguiera esperándote.

Saqué mi teléfono.

Allí estaban las seis cancelaciones.

Una supuesta operación fronteriza.

Dos ejercicios de emergencia.

Una misión de protección.

Una movilización nocturna.

Y la última, aquella noche.

Mi abuelo había hablado esa misma tarde con un superior de Ryan.

La respuesta había sido sencilla:

Ryan no había recibido ninguna misión urgente relacionada con nuestras bodas.

Había solicitado personalmente cambios de permiso en varias de aquellas fechas.

¿Por qué?

Las fotografías de Lena respondían bastante.

Un cumpleaños.

Un viaje.

Una hospitalización menor.

Una graduación.

Cada vez que ella lo llamaba, nuestra boda desaparecía.

—¿Sabes qué es lo peor? —pregunté—. Ni siquiera es Lena.

Ryan pareció confundido.

—Es que durante seis años me hiciste sentir culpable por enfadarme.

Me acerqué a la mesa y tomé el amuleto roto.

—Yo rezaba para que regresaras vivo de misiones que ni siquiera existían.

Esta vez Ryan bajó la cabeza.

Su padre le quitó las llaves del apartamento de la mano.

—Esta vivienda la pagaron ambas familias para vuestro matrimonio.

Después me las entregó.

—Hasta que se resuelva todo, Ryan no vuelve aquí.

—¡Papá!

—Cállate.

La voz del hombre hizo temblar la habitación.

Lena tomó su bolso.

—Esto es entre vosotros.

Intentó marcharse.

La madre de Ryan la detuvo.

—No. Durante años comiste en mi mesa llamando a Clara “hermana”. Al menos ten el valor de salir mirando a todos a la cara.

Lena comenzó a llorar.

Pero ya nadie corrió a consolarla.

Ryan sí dio un paso.

Se detuvo cuando vio que yo lo observaba.

Incluso entonces su primer impulso había sido protegerla.

Sonreí.

Aquello era toda la respuesta que necesitaba.

Me quité el anillo.

Lo puse en su palma.

—La séptima boda también queda cancelada.

Ryan cerró los dedos desesperadamente.

—Clara, dame una oportunidad.

—Te di seis.

Salí del apartamento con mis padres.

Esta vez Ryan vino detrás.

—¡Clara!

Me giré una última vez.

—Mañana puedes decirles a todos que surgió una misión urgente.

Las puertas del ascensor se cerraron.

Tres meses después acepté un trabajo que había rechazado dos veces porque implicaba trasladarme a otra ciudad y Ryan siempre decía que nuestro matrimonio necesitaba que yo permaneciera cerca.

No hubo matrimonio.

Así que finalmente elegí mi propia vida.

Ryan siguió enviando mensajes durante semanas.

Nunca respondí.

La última vez que supe de él fue por su madre.

Lena tampoco terminó con él.

Al parecer, ser la mujer por quien alguien cancela seis bodas era emocionante.

Convertirse en la mujer que debía confiar en ese mismo hombre era otra historia.

Yo conservé una sola cosa.

El amuleto roto.

No porque todavía quisiera proteger a Ryan.

Lo guardé para recordar a la mujer que fui: aquella que se arrodillaba pidiendo al cielo que protegiera a un hombre que estaba utilizando su amor como escondite.

Seis veces Ryan canceló nuestra boda.

La séptima la cancelé yo.

Y fue la única cancelación que terminó salvándome.

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