PARTE 2: LA MUJER DETRÁS DE LUNA WHITE

A la mañana siguiente llegué a Northline Studio veinte minutos antes que todos.

No había dormido.

Durante la noche abrí el correo de Aurea Skin tantas veces que terminé memorizando cada línea.

Solicitamos la presencia de la diseñadora principal.

La señora Clara Evans dirigirá personalmente la revisión.

Clara.

La mujer por la que Daniel había cancelado cuatro años de relación a pocas horas de nuestro matrimonio.

La mujer que ahora iba a sentarse frente a mí sin saber quién era yo.

Dejé el bolso junto a mi escritorio y encendí la computadora.

Sophie apareció poco después con dos cafés.

—Tienes cara de haber pasado la noche enterrando un cadáver.

—Solo dormí mal.

—¿Por Aurea o por la futura señora Foster?

La miré.

—Por ambas.

Sophie dejó uno de los cafés frente a mí.

—¿Quieres que le diga al director que estás enferma?

—No.

—¿Quieres que yo entre contigo?

—Sí.

Sonrió.

—Perfecto. Si intenta humillarte, derramo café sobre sus documentos.

—Eso no será necesario.

—Nunca es necesario hasta que sucede.

A las nueve, el director reunió al equipo.

—La reunión será en la sala principal. Emma presentará el concepto y Sophie apoyará con producción.

Luego bajó la voz.

—El cliente no está satisfecho. Si perdemos esta cuenta, tendremos problemas.

El estudio dependía demasiado de aquel contrato.

Veinte empleados.

Veinte sueldos.

Veinte personas que no tenían nada que ver con Daniel ni con Clara.

No podía convertir una herida personal en una guerra profesional.

Por eso, cuando la puerta de la sala se abrió, mantuve la espalda recta.

Clara Evans entró acompañada por dos ejecutivos.

Era más alta de lo que imaginaba.

Llevaba un traje crema, el cabello recogido y un anillo de compromiso brillante en la mano izquierda.

El anillo que Daniel seguramente había comprado mientras aún conservaba fotografías mías en su apartamento.

Sus ojos recorrieron la sala.

Cuando se detuvieron en mí, no hubo reconocimiento.

Nada.

Para Clara yo era una desconocida.

Eso dolió menos de lo que esperaba.

—Buenos días —dijo—. Espero que hoy encontremos algo más fuerte que la propuesta anterior.

Se sentó en la cabecera.

Yo conecté mi computadora.

—Hemos preparado tres rutas visuales.

Comencé la presentación.

Mi voz no tembló.

Expliqué tipografías, materiales, paletas y jerarquías. Clara escuchó durante los primeros minutos con expresión neutra.

Cuando mostré el diseño principal, levantó una mano.

—Deténgase.

La imagen quedó congelada en la pantalla.

—¿Sí?

—Esto es exactamente el problema.

El director de Northline se tensó.

—¿Podría especificar?

Clara señaló el envase.

—Es bonito, pero intercambiable. Podría pertenecer a cualquier marca.

Me miró.

—¿Usted diseñó esto?

—Sí.

—Entonces no entendió el brief.

Sophie se movió en su silla.

Yo permanecí tranquila.

—¿Qué considera que falta?

—Identidad.

Clara tomó uno de los documentos.

—Aurea quiere algo femenino, reconocible y emocional. No otra colección minimalista diseñada por alguien que teme tomar riesgos.

Las palabras fueron precisas.

Y, para mi sorpresa, tenía razón.

Yo había presentado un trabajo mediocre a propósito.

No quería destacar.

No quería que nadie conectara mis diseños con Luna White.

Pero al esconderme, estaba perjudicando a personas que confiaban en mí.

—Puedo rehacerlo —dije.

Clara soltó una sonrisa breve.

—No necesitamos una corrección. Necesitamos una nueva dirección completa.

El director intervino:

—Podemos presentarla la próxima semana.

—Tienen cuarenta y ocho horas.

—Eso es imposible.

—Entonces buscaremos otra agencia.

La sala quedó en silencio.

Clara cerró la carpeta.

—También quiero una diseñadora con experiencia real en belleza.

Su mirada volvió hacia mí.

—No alguien que esté aprendiendo con nuestro presupuesto.

Sophie respiró hondo.

Yo puse una mano bajo la mesa para detenerla antes de que hablara.

—Tendrá la propuesta en cuarenta y ocho horas —dije.

Clara se levantó.

—Espero que esta vez no me haga perder el tiempo.

Cuando caminó hacia la puerta, su teléfono sonó.

La pantalla se iluminó.

Daniel.

Clara sonrió antes de contestar.

La misma sonrisa que yo había imaginado durante meses.

—Amor, estoy en una reunión.

Salió hablando con él.

Sophie esperó a que la puerta se cerrara.

—Voy a matarla.

—No.

—Te habló como si fueras una estudiante.

—El diseño era débil.

—Porque tú quisiste que fuera débil.

La miré.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque he visto tus bocetos cuando crees que nadie mira.

Se cruzó de brazos.

—Emma, tú no trabajas como alguien con talento normal. Trabajas como alguien que lleva años fingiendo no saber hacer demasiado.

El director se acercó.

—No importa por qué ocurrió. Tenemos dos días.

—Lo haré —respondí.

—¿Puedes?

Pensé en Luna White.

En los contratos internacionales.

En las campañas que se habían agotado en cuestión de horas.

—Sí.

Esta vez no mentí.


Trabajé toda la noche.

No utilicé ninguna ilustración existente de Luna White.

Creé algo nuevo.

El concepto se inspiraba en las distintas etapas de la luz antes del amanecer. Cada producto representaba un momento: sombra, claridad, resplandor y fuego.

Nada era seguro.

Nada era invisible.

Diseñé formas orgánicas, texturas metálicas y una línea ilustrada que recorría todos los envases como un hilo dorado.

A las tres de la madrugada, Sophie miró la pantalla.

—Esto no lo hizo la misma mujer de ayer.

—Sí.

—No.

Se acercó.

—La mujer de ayer estaba escondida.

No respondí.

—¿Quién eres realmente?

Guardé el archivo.

—Alguien que está cansada de reducirse.

Sophie sonrió.

—Eso me gusta más.

A la mañana siguiente, el director se quedó mirando la propuesta durante casi cinco minutos.

—¿Por qué no diseñaste así desde el principio?

—No quería llamar la atención.

—Pues ahora vas a conseguirla.


Clara regresó a la agencia acompañada por el director general de Aurea Skin, Marcus Hale.

No esperaba verlo.

Marcus había trabajado conmigo dos veces a través de mi representante como Luna White.

Nunca nos habíamos reunido en persona, pero conocía mi trabajo mejor que casi nadie.

Presenté el nuevo concepto.

Esta vez Clara no interrumpió.

A medida que avanzaban las diapositivas, su postura cambió.

Marcus se inclinó hacia la pantalla.

—Esto es otra cosa.

Mostré las aplicaciones en cajas, botellas y material de campaña.

Cuando terminé, nadie habló durante varios segundos.

Clara fue la primera.

—¿Quién hizo las ilustraciones?

—Yo.

—¿Todas?

—Sí.

Marcus tomó una impresión.

—Este trazo me resulta familiar.

Mi corazón dio un golpe.

—¿Familiar en qué sentido?

—Se parece al trabajo de Luna White.

Clara sonrió con desprecio.

—Eso es imposible.

Marcus la miró.

—¿Por qué?

—Porque Luna White no trabaja para agencias pequeñas.

La frase quedó suspendida.

Yo cerré la computadora.

—Tiene razón.

Clara pareció satisfecha.

—Entonces seguramente está demasiado inspirado en ella.

—No.

Saqué mi teléfono.

Abrí el correo profesional que solo utilizaba para mis contratos privados.

Lo coloqué sobre la mesa.

En la pantalla aparecía mi nombre legal junto al seudónimo registrado.

Emma Reed — Luna White Studio.

Marcus se puso de pie.

—¿Usted es Luna White?

El director de Northline dejó caer el bolígrafo.

Sophie abrió la boca.

Clara no se movió.

—Sí —respondí.

Marcus soltó una risa incrédula.

—Llevamos dos años intentando contratarla directamente.

—Lo sé.

—¿Por qué trabaja aquí?

Miré la sala.

—Porque quería una vida sencilla.

Clara tomó el teléfono con la mirada.

—Esto puede falsificarse.

Marcus negó.

—No.

Sacó su propio dispositivo.

—Tengo su dirección contractual. Es la misma.

Sus ojos se iluminaron.

—La campaña de Solenne Cosmetics. ¿Fue usted?

—Sí.

—¿La colección de Marais?

—También.

—¿Y la licencia con Aster House?

Asentí.

El silencio se volvió pesado.

Clara miró otra vez la propuesta.

La diseñadora que había tratado como una principiante era la artista cuya estética había intentado imitar durante meses.

—¿Por qué no lo mencionó antes? —preguntó.

—No era relevante.

—Claro que era relevante.

—Usted evaluó el trabajo, no mi nombre.

Clara apretó los labios.

—La primera propuesta seguía siendo mediocre.

—Sí.

—Entonces admite que no se esforzó.

—Admito que estaba intentando desaparecer.

—Eso es poco profesional.

Marcus intervino.

—Y aun así acaba de entregarnos la mejor propuesta que hemos recibido.

Clara lo miró.

—No sabemos si quiere trabajar con nosotros.

—Yo sí quiero trabajar con Aurea —respondí—. Pero solo bajo ciertas condiciones.

El director de Northline se tensó.

—Emma…

—La propuesta pertenece al estudio.

Miré a Marcus.

—Pero las ilustraciones serán licenciadas bajo Luna White Studio.

Marcus asintió de inmediato.

—Podemos discutirlo.

Clara cerró la carpeta con fuerza.

—Eso cambia el presupuesto.

—También cambia el valor de la campaña —dijo Marcus.

Ella no respondió.

Por primera vez desde que entró, ya no controlaba la sala.


Después de la reunión, Sophie me arrastró hasta la cocina.

—¿Eres Luna White?

—Sí.

—¿La Luna White?

—Solo existe una.

—Tienes setecientos mil seguidores.

—No los cuento.

—Yo sí. Te sigo desde hace tres años.

Se llevó ambas manos a la cabeza.

—Critiqué uno de tus diseños durante el almuerzo.

—Dijiste que la tipografía parecía triste.

—¡Era triste!

Me reí.

Sophie me abrazó.

—No puedo creer que nunca me lo dijeras.

—Necesitaba que alguien me conociera sin ese nombre.

Su expresión se suavizó.

—Bueno, yo te conocí como la mujer que sube seis pisos sin quejarse y roba mis papas fritas.

—Eso sigue siendo verdad.

El director apareció en la puerta.

Parecía todavía aturdido.

—Marcus quiere negociar un contrato anual.

—Bien.

—También quiere que dirijas la cuenta.

—De acuerdo.

—Y preguntó si considerarías convertir Northline en representante exclusivo para ciertos proyectos.

Sophie silbó.

El estudio que unas horas antes estaba en riesgo ahora podía duplicar sus ingresos.

—Hay algo más —añadió el director—. Clara quiere hablar contigo a solas.

—No es necesario.

—Insistió.

Sophie frunció el ceño.

—Yo también puedo insistir en quedarme.

—Está bien —respondí—. Hablaré con ella.


Clara esperaba en la sala vacía.

Ya no llevaba la expresión segura de la mañana.

El anillo de compromiso brillaba bajo la luz.

—Daniel nunca me dijo quién eras —dijo.

Cerré la puerta.

—Daniel no lo sabía.

—¿Cómo es posible?

—Nunca preguntó demasiado por mi trabajo.

Clara soltó una risa incómoda.

—Hablaba de ti todo el tiempo.

—¿Qué decía?

—Que eras buena, pero poco ambiciosa.

No me sorprendió.

—Que dependías mucho de él.

Eso sí me hizo sonreír.

—¿Qué te causa gracia?

—Nada.

Clara me observó.

—¿Sabías que íbamos a casarnos?

—Me lo dijo.

—¿Y no sentiste nada?

—Sentí algo.

—No lo parece.

—Ya lo había perdido antes de que tú aparecieras.

Ella se cruzó de brazos.

—Daniel dice que su relación estaba terminada.

—Daniel se sentó frente a mí la noche antes de registrar el matrimonio.

Su rostro cambió.

—Me dijo que llevaban meses distanciados.

—También vivíamos juntos.

—Me dijo que dormían en habitaciones separadas.

—Eso ocurrió una sola noche.

La noche en que confesó su relación con ella.

Clara bajó la mirada.

—No vine a hablar del pasado.

—Entonces ¿para qué viniste?

—Quiero saber si aceptarás la cuenta.

—Sí.

—¿Trabajando conmigo?

—Mientras el trato sea profesional.

—¿No intentarás usar esto para vengarte?

La miré.

—Clara, si quisiera vengarme, no necesitaría aceptar un proyecto.

Sus ojos se endurecieron.

—¿Qué significa eso?

—Que tu relación con Daniel no tiene valor suficiente para ocupar mi tiempo.

La frase la golpeó.

No porque fuera cruel.

Porque era verdad.

Clara tomó su bolso.

—No sé qué vio en ti.

—Tampoco necesitas saberlo.

—Pero sí sé algo.

Se detuvo junto a la puerta.

—Daniel todavía pregunta por ti.

La miré sin reaccionar.

—A veces despierta y pronuncia tu nombre.

—Eso no me pertenece.

—¿No te importa?

—No.

—Mientes.

—No.

Abrí la puerta.

—Solo aprendí que ser inolvidable para alguien no significa que debas volver a su vida.

Clara salió sin responder.


Aurea Skin aprobó la campaña.

Dos semanas después, el contrato apareció en medios especializados.

LUNA WHITE DIRIGIRÁ LA NUEVA IDENTIDAD VISUAL DE AUREA.

Mi rostro no aparecía.

Nunca lo utilizaba públicamente.

Pero mi nombre legal sí figuraba en los documentos corporativos.

Daniel tardó menos de una hora en llamarme desde otro número.

Contesté porque estaba esperando una llamada del estudio.

—Emma.

Reconocí su voz de inmediato.

—¿Qué necesitas?

—Eres Luna White.

No era una pregunta.

—Sí.

Hubo silencio.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de conocerte.

—Vivimos juntos cuatro años.

—Lo sé.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Nunca te interesó preguntar.

—Eso no es justo.

—Me viste dibujar durante noches enteras.

—Pensé que eran trabajos pequeños.

—Porque era más cómodo pensar eso.

Daniel respiró hondo.

—Clara llegó furiosa.

—Ese es un asunto entre ustedes.

—Dice que la humillaste.

—Presenté un proyecto.

—Emma, ¿estás haciendo esto para castigarla?

—No.

—Entonces ¿por qué aceptaste trabajar con ella?

—Porque Aurea es un buen cliente.

Mi respuesta lo desconcertó.

Seguía imaginando que todo giraba alrededor de él.

—Podríamos vernos —dijo.

—No.

—Solo para hablar.

—No tenemos nada que hablar.

—Cometí un error.

—Te enamoraste de otra persona.

—Pensé que era amor.

—Entonces disfrútalo.

—Las cosas no están bien.

—Eso tampoco me pertenece.

Su voz bajó.

—¿Fuiste feliz conmigo alguna vez?

La pregunta llegó demasiado tarde.

—Sí.

—Entonces no puedes fingir que no significó nada.

—No finjo.

Miré el estudio lleno de gente trabajando en la campaña.

—Significó cuatro años.

—Pero ya terminó.

—Emma…

—Daniel, tú querías que reaccionara como si perderte fuera el fin de mi vida.

Guardé silencio un instante.

—Lo que no sabías era que yo ya tenía una vida completa que nunca te molestaste en conocer.

Colgué.

Bloqueé también aquel número.


La campaña se lanzó tres meses después.

Los productos se agotaron en cuarenta y ocho horas.

Northline recibió solicitudes de marcas internacionales.

Sophie fue ascendida a directora de producción.

Yo mantuve mi identidad pública limitada, pero dejé de esconder mi capacidad dentro de la agencia.

Por primera vez trabajaba sin reducir cada idea para no incomodar a nadie.

Clara asistió al evento de lanzamiento.

Daniel no estaba con ella.

El anillo seguía en su mano, aunque esa noche lo giraba constantemente.

Después de la presentación se acercó.

—La campaña fue un éxito.

—Sí.

—Marcus quiere extender el contrato.

—Ya lo hablamos.

Clara sostuvo una copa sin beber.

—Daniel y yo cancelamos la boda.

No respondí.

—¿No vas a preguntar por qué?

—No.

—Descubrí que todavía guardaba tu vestido rojo.

Sentí una pequeña punzada.

No de amor.

De memoria.

—También encontré correos que te había escrito y nunca envió.

—Puedes tirarlos.

—No lo entiendes.

—Sí lo entiendo.

La miré.

—Daniel confundió perder el control sobre mí con seguir amándome.

Clara apretó la copa.

—Me dijo que tú nunca necesitaste su dinero.

—Nunca.

—Que ganabas más que él.

—Probablemente.

—¿Por qué dejaste que creyera lo contrario?

Pensé en todas las veces que había intentado hablar de mi trabajo.

En cómo Daniel revisaba el teléfono mientras yo explicaba una campaña.

En sus promesas de rescatarme de una vida que ya era mía.

—No lo dejé —respondí—. Él eligió no mirar.

Clara bajó la cabeza.

—Creo que hizo lo mismo conmigo.

—Eso tendrás que resolverlo tú.

—¿No te alegra?

—No.

—¿Por qué?

—Porque que te haya herido no repara lo que me hizo.

La dejé junto a la barra.

No necesitaba verla caer para saber que yo me había levantado.


Seis meses después, Luna White Studio abrió su primera oficina en Miami.

No era grande.

Una planta luminosa frente al mar, ocho diseñadores y una pared completa cubierta con bocetos.

Sophie se convirtió en mi socia.

El día de la inauguración recibí una caja sin remitente.

Dentro estaba el vestido rojo.

El mismo que había comprado para registrar mi matrimonio.

Daniel había adjuntado una nota.

Debiste usarlo. Siempre fuiste más de lo que pude ver.

Sostuve la tela entre las manos.

Durante unos segundos recordé a la mujer frente al espejo.

La que esperaba casarse.

La que creía que cuatro años podían sostener una vida.

La que guardó el vestido con cuidado incluso después de escuchar que su prometido amaba a otra.

Sophie apareció detrás de mí.

—¿Vas a conservarlo?

Miré el color intenso.

—Sí.

—¿Por nostalgia?

—No.

Sonreí.

—Para la inauguración.

Me puse el vestido aquella noche.

No para Daniel.

No para demostrarle nada a Clara.

Lo usé mientras firmaba el contrato de mi nueva empresa.

Cuando salí frente a los invitados, las cámaras comenzaron a disparar.

Por primera vez, Luna White mostró su rostro públicamente.

A la mañana siguiente, mi fotografía apareció en portadas digitales de diseño, belleza y negocios.

Daniel la vio.

Clara también.

Pero el mensaje no era para ninguno de ellos.

Era para la mujer que había huido a un sexto piso sin ascensor creyendo que empezaba desde cero.

Nunca había empezado desde cero.

Había empezado desde ella misma.

Y eso era mucho más de lo que Daniel Foster había sabido valorar.


Tres días después de la inauguración, recibí una llamada de Marcus Hale.

—Emma, tenemos un problema.

—¿Con Aurea?

—No exactamente.

Su voz sonaba tensa.

—Alguien está disputando la propiedad legal de varios diseños utilizados en la campaña.

Me quedé inmóvil.

—¿Quién?

—Daniel Foster.

Sentí un frío repentino.

—Daniel no tiene derechos sobre mi trabajo.

—Afirma que algunas ilustraciones fueron creadas mientras vivían juntos y que una empresa vinculada a él financió su desarrollo.

—Eso es falso.

—Presentó contratos.

—Yo nunca firmé nada.

Marcus guardó silencio.

—Los documentos tienen su firma.

Abrí la computadora.

Minutos después recibí las copias.

Mi nombre aparecía en cada página.

La firma se parecía a la mía.

Pero no era mía.

El contrato estaba fechado dos años antes de nuestra separación.

Según el documento, yo había cedido a una empresa llamada Foster Creative Holdings los derechos de explotación sobre todo el trabajo producido como Luna White durante nuestra convivencia.

Mi respiración se volvió lenta.

Daniel no había descubierto mi identidad después de la campaña.

La conocía desde hacía años.

Y, mientras fingía creer que yo era una diseñadora sin ambición, había preparado documentos para apropiarse de aquello que algún día pensó que podría necesitar.

En la última página aparecía una segunda firma.

La de la testigo que supuestamente había presenciado el acuerdo.

Clara Evans.

Miré el nombre durante varios segundos.

Clara no había llegado a la vida de Daniel tres meses antes de nuestra ruptura.

Ya estaba presente cuando él preparó el contrato falso.

Su relación no había comenzado con una confesión de amor.

Había comenzado con un plan.

Y quizá Daniel nunca canceló nuestro matrimonio porque amara a otra mujer.

Quizá lo hizo porque, después de cuatro años, ya creía haber obtenido de mí todo lo que quería.

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