PARTE 2: LA MUJER DEL RELICARIO

—Alejandro —repetí—. ¿Sabías quién era?

Mi esposo permaneció junto a la puerta del baño.

No contestó enseguida.

La anciana nos miraba alternativamente, confundida, abrazándose los brazos como si temiera haber hecho algo malo.

Yo ya no podía apartar los ojos de aquella marca.

Media luna.

Pequeña.

Exactamente en el mismo lugar.

Me llevé una mano al cuello.

Debajo de mi camisa, oculto como durante los últimos veinte años, estaba el relicario que nunca dejaba que nadie tocara.

Lo abrí.

Dentro había una fotografía vieja.

Dos niñas pequeñas.

Una era yo.

La otra tenía cinco años.

Mi hermana, Isabella.

Desaparecida desde que yo tenía siete.

En la fotografía, Isabella llevaba un vestido sin mangas.

Y sobre su clavícula podía verse aquella misma media luna.

Sentí que las piernas me fallaban.

—No puede ser.

La mujer miró el relicario.

Su respiración cambió.

—Eso…

Me acerqué.

—¿Lo reconoce?

Extendió una mano temblorosa.

No hacia la fotografía.

Hacia el relicario.

—Era de mamá.

Se me cayó el mundo encima.

—¿Qué dijiste?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Mamá tenía dos.

Dos.

Abrí la parte posterior del medallón.

Había una inscripción casi borrada:

Para mis dos lunas.

Nunca entendí aquellas palabras.

Mi madre murió sin explicármelas.

Yo había asumido que hablaba de Isabella y de mí.

La mujer empezó a llorar.

—Una para Isa… otra para Elena.

Mi nombre.

Mi verdadero nombre.

Nadie me llamaba Elena desde niña.

En la universidad adopté mi segundo nombre, Victoria, y después del matrimonio casi todo el mundo me conocía así.

Me arrodillé frente a ella.

—¿Quién eres?

Cerró los ojos.

—No lo sé.

—Dijiste Isa.

La mujer se tocó la cabeza.

—A veces recuerdo cosas. Después desaparecen.

Miré a Alejandro.

—Explícame todo.

Él respiró profundamente.

—La encontré hace tres semanas.

—¿Dónde?

—Cerca de uno de nuestros centros comunitarios.

—¿Y por qué pensaste que tenía relación conmigo?

Alejandro sacó su teléfono.

Había una fotografía.

La anciana dormía en un refugio improvisado.

Colgando de su cuello aparecía una cadena rota.

En el extremo quedaba medio relicario.

Mi mano comenzó a temblar.

El diseño era idéntico al mío.

—Le pregunté su nombre —continuó Alejandro—. Dijo varios. Ninguno consistente. Pero una noche empezó a repetir “Elena”.

—¿Y no me dijiste nada?

—Porque necesitaba estar seguro.

Me levanté furiosa.

—Entonces la trajiste aquí y me obligaste a bañarla como una especie de experimento.

Alejandro bajó la mirada.

—Sí.

Aquello me dolió.

Pero antes de poder responder, la mujer agarró mi muñeca.

—No te enfades con él.

La miré.

—¿Lo conoces?

Negó con la cabeza.

—Pero me dijo que quizá aquí recordaría quién soy.

Se llevó los dedos a la marca de nacimiento.

—Yo tenía una hermana pequeña.

Mi pecho se cerró.

—¿Cómo se llamaba?

La mujer cerró los ojos.

—E… Elena.

No pude contenerme.

La abracé.

Su cuerpo era pequeño.

Mucho más pequeño de lo que recordaba a mi hermana en mis sueños.

Veinte años imaginando que Isabella seguía siendo aquella niña de cinco años.

Nunca había pensado realmente en cómo se vería después de crecer.

Pero entonces algo no encajó.

Me separé.

—Isabella tendría veinticinco años.

La mujer frente a mí parecía tener más de sesenta.

Alejandro tensó la mandíbula.

Yo también lo comprendí.

—Entonces tú no eres Isabella.

La esperanza cayó tan rápido como había aparecido.

La mujer comenzó a llorar.

—Lo siento.

—No tienes que disculparte.

Pero mi mente ya trabajaba.

La marca.

El relicario.

El nombre de mi madre.

Mi nombre de infancia.

¿Cómo podía saber todo aquello?

Alejandro sacó una carpeta.

—Por eso no quería darte respuestas antes.

Dentro había un informe médico preliminar.

La mujer sufría pérdida de memoria asociada a años de trauma y problemas neurológicos no tratados.

Debajo estaba el resultado de una búsqueda biométrica.

Un nombre posible:

Margaret Vale.

Sentí un escalofrío.

Vale.

El apellido de soltera de mi madre.

—¿Quién es Margaret?

Alejandro señaló otra página.

Era un registro de nacimiento.

Margaret Vale.

Hermana mayor de mi madre.

Mi tía.

Una mujer que, según toda mi familia, había muerto antes de que yo naciera.

—Esto no puede ser.

—Eso pensé.

Seguí leyendo.

Margaret no había muerto.

Había desaparecido.

Y años después reaparecía en documentos vinculados al caso de Isabella.

Levanté la cabeza.

—¿Qué tiene que ver con mi hermana?

Alejandro abrió el último expediente.

Era una denuncia archivada veinte años atrás.

Un testigo había afirmado haber visto a Isabella subir a un vehículo.

El vehículo estaba registrado a nombre de Margaret Vale.

Sentí que me faltaba el aire.

Miré a la mujer.

Mi tía.

La última persona conocida que podía haber estado con mi hermana.

—¿Tú te llevaste a Isabella?

Margaret empezó a temblar.

—No.

—El coche era tuyo.

—No.

Se tapó los oídos.

—No, no, no.

Alejandro se acercó.

—Victoria, despacio.

—Veinte años —dije—. Mi familia pasó veinte años creyendo que estaba muerta.

Margaret levantó la cabeza de golpe.

—No murió.

La habitación se quedó inmóvil.

—¿Qué?

Sus ojos parecieron aclararse durante un instante.

—Isa no murió.

Me acerqué.

—¿Dónde está?

Margaret respiró con dificultad.

—Tu padre.

Sentí un frío brutal.

—Mi padre murió hace quince años.

Ella negó frenéticamente.

—No tu papá.

Entonces dijo un nombre.

Richard Bellamy.

Yo conocía ese apellido.

Todo el mundo lo conocía.

Una de las familias empresariales más poderosas de la ciudad.

—¿Qué tiene Bellamy que ver con esto?

Margaret apretó mi mano.

—Isabella era su hija.

Dejé de respirar.

—No.

—Tu madre tuvo una relación antes de casarse con tu padre. Cuando Isabella nació, Bellamy quiso llevársela.

Cada palabra abría una grieta nueva.

—¿Mi padre sabía?

—Sí.

—¿Y aun así la crió?

Margaret asintió.

—La amaba.

Empecé a llorar.

Todo lo que creía saber sobre mi familia se estaba deshaciendo.

—Entonces ¿por qué desapareció Isabella?

Margaret cerró los ojos.

—Bellamy vino por ella.

—¿La secuestró?

—Yo intenté impedirlo.

Su mano comenzó a temblar violentamente.

—Me golpearon. Me dejaron en una carretera. Cuando desperté… ya no recordaba casi nada.

Alejandro y yo intercambiamos una mirada.

Aquello explicaba demasiadas cosas.

Margaret había sido declarada desaparecida.

Isabella también.

Pero alguien había conseguido que ambas historias terminaran en puntos distintos.

Esa noche llamamos a la policía.

También a un investigador privado.

Dos días después llegó la primera confirmación.

Richard Bellamy había tenido una hija criada en el extranjero.

Edad:

veinticinco años.

Fecha de nacimiento:

la misma que Isabella.

Nombre actual:

Isabelle Bellamy.

Miré la fotografía.

El cabello era diferente.

El rostro adulto.

Pero los ojos…

Eran los de mi madre.

Y alrededor de su cuello llevaba un pequeño relicario de plata.

La otra mitad.

Me llevé una mano a la boca.

—Está viva.

Alejandro me abrazó.

Esta vez no me aparté.

Pero el investigador todavía no había terminado.

—Hay algo más.

—¿Qué?

Colocó sobre la mesa una fotografía reciente.

Isabelle Bellamy aparecía entrando a un edificio.

Reconocí inmediatamente el logo.

Era una empresa propiedad de Alejandro.

Miré a mi esposo.

Él palideció.

—Yo nunca la había visto.

El investigador señaló la fecha.

Tres meses atrás.

Después mostró otra imagen.

Isabelle reunida con un hombre dentro de un restaurante.

El hombre era el director financiero de Alejandro.

—¿Por qué mi hermana se reúne con tu gente?

Alejandro no respondió.

No porque supiera la respuesta.

Porque acababa de entender que encontrar a Margaret quizá nunca había sido una coincidencia.

Alguien había acercado a aquella mujer a uno de nuestros centros comunitarios.

Alguien había esperado que Alejandro la encontrara.

Y mientras yo había pasado veinte años buscando a Isabella…

parecía que Isabella llevaba meses acercándose silenciosamente a nosotros.

La única pregunta era por qué no había llamado a mi puerta.

Y qué quería realmente de la familia que la perdió.

Related Posts

PARTE 2: LA PRUEBA QUE CAMBIÓ A TODA LA FAMILIA

Thomas dejó de mirar a Vanessa. —¿Qué amante? Su voz no fue fuerte. Fue peor. Baja. Vacía. Vanessa retrocedió otro paso. —Nora está mintiendo. Acaba de salir…

PARTE 2: LA CLÁUSULA AMARILLA

La cláusula ocupaba apenas seis líneas. La casa había sido comprada por Lucía y por mí cuando Mauricio se casó. Se la prestamos para que pudiera empezar…

PARTE 2: EL SOBRE QUE LO DEJÓ SIN NADA

Ethan no abrió el sobre inmediatamente. Se quedó de rodillas frente a la cama vacía de mi hermana, con una mano apoyada en el colchón y la…

PARTE 2: CINCO DÍAS DESPUÉS, YA NO ESTABA

No regresé al hospital. Tampoco pregunté por Clara. Durante los siguientes cinco días actué con una normalidad que hasta a mí misma me asustó. Volví a casa….

PARTE 2: LA FRASE QUE CONGELÓ SU BODA

La fotografía de Natalia llegó unos segundos después. Adrian seguía frente a la torre de champán. Olivia tenía una mano apoyada en su brazo. Pero ya ninguno…

PARTE 2: LES COBRÉ HASTA EL ÚLTIMO YUAN

Olivia llegó al hospital antes de que terminara mi revisión. Entró con el cabello todavía húmedo, una carpeta bajo el brazo y una expresión que hizo callar…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *