PARTE 2: LA MUJER DE ROJO

A las nueve y media, Sebastián subió al escenario del hotel.

Mónica estaba a su lado.

Sonreía demasiado.

—Esta noche —dijo Sebastián— quiero anunciar una nueva etapa para Altura Capital.

Los fotógrafos levantaron las cámaras.

Mónica mostró discretamente la llave dorada del penthouse.

Entonces Sebastián añadió:

—También quiero agradecer a la persona que estará conmigo en esta nueva etapa.

En ese instante, las puertas del salón se abrieron.

Entré vestida de rojo.

No sola.

A mi lado caminaba Ignacio Villarreal.

Mi padre.

El murmullo recorrió toda la sala.

Sebastián dejó de hablar.

Mónica perdió la sonrisa.

Pero lo que realmente cambió el ambiente ocurrió en la mesa principal.

Un hombre mayor se puso de pie de inmediato.

Era Arturo Salcedo, presidente del consejo de Altura Capital.

—Señor Villarreal.

Cruzó el salón y estrechó la mano de mi padre.

Luego me miró.

—Señorita Renata. Por fin vuelve.

Sebastián bajó del escenario.

—¿Qué significa esto?

Mi padre sonrió con frialdad.

—Significa que nunca preguntaste quién financió realmente tu empresa.

El rostro de Sebastián cambió.

Arturo abrió una carpeta.

Altura Capital había sobrevivido sus primeros años gracias a un fondo privado.

Sebastián siempre creyó que pertenecía a inversionistas extranjeros.

No.

El fondo era de Grupo Villarreal.

Y yo poseía personalmente una participación importante a través de un fideicomiso creado antes de mi matrimonio.

—Eso es imposible —murmuró Sebastián.

—Lee —respondí.

Le entregué los documentos.

Sus manos comenzaron a temblar.

Mónica retrocedió.

—Sebastián, tú dijiste que controlabas todo.

Lo miré.

—También dijiste que yo no estaba a tu altura.

Silencio.

Entonces Arturo habló:

—Hay otro asunto.

Sacó una segunda carpeta.

—Detectamos movimientos irregulares vinculados a la compra de un penthouse y gastos personales cargados a empresas del grupo.

Mónica palideció.

La llave dorada cayó de su mano.

Sebastián me miró.

—Renata, podemos hablar en privado.

—No.

—Somos marido y mujer.

Me quité el anillo.

Lo dejé sobre la carpeta.

—Eso también termina.

Mónica intentó marcharse.

Mi padre la detuvo con una frase.

—Señorita Treviño, sería mejor que se quedara.

Ella se congeló.

—¿Por qué?

Arturo mostró una transferencia.

—Porque parte del dinero investigado terminó en una cuenta a su nombre.

Sebastián giró hacia ella.

—¿Qué hiciste?

Mónica perdió completamente la compostura.

—¡Tú autorizaste todo!

Y así, delante de banqueros, socios y cámaras, comenzaron a culparse mutuamente.

Yo solo observé.

Tres horas antes Sebastián había decidido esconderme porque pensaba que yo dañaba su imagen.

Ahora era él quien estaba destruyendo la suya sin ayuda.

Mi padre extendió la mano.

—¿Nos vamos, mija?

Asentí.

Antes de salir, Sebastián me llamó.

—Renata.

Me detuve.

—Nunca me dijiste quién eras.

Lo miré por encima del hombro.

—Sí te lo dije muchas veces.

Frunció el ceño.

—¿Cuándo?

—Cada vez que te apoyé cuando no tenías nada.

Cada vez que acepté vivir sin presumir mi apellido.

Cada vez que preferí tu dignidad a la mía.

Hice una pausa.

—Tú simplemente decidiste que una mujer discreta era una mujer sin valor.

Salí del salón junto a mi padre.

Detrás quedaron Mónica, las cámaras y el consejo.

Y Sebastián finalmente comprendió algo que ya no podía corregir:

no había llegado a la gala con una mujer “a su altura”.

Había dejado en casa a la mujer que llevaba años sosteniendo el piso bajo sus pies.

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