Rodrigo bajó la mirada hacia la hoja.
Su expresión cambió.
—Esto no puede ser.
Santiago permaneció impasible.
—Es el resultado original.
El documento no decía que Elisa fuera incapaz de tener hijos.
Decía exactamente lo contrario.
Los estudios realizados antes de su último tratamiento no mostraban la condición que durante años le habían atribuido.
—Entonces… ¿por qué fallaron todos los tratamientos? —preguntó Elisa.
—Eso es precisamente lo que estamos investigando —respondió Santiago—. Un resultado no explica por sí solo seis años de historia clínica.
Sacó una segunda hoja.
—Pero sí sabemos que partes de su expediente fueron modificadas.
Vanessa retrocedió.
Uno de los agentes la observó.
Rodrigo giró hacia ella.
—¿Tú sabías esto?
—Claro que no.
—Vanessa —dijo Santiago—, todavía no hemos mencionado su nombre.
El pasillo quedó en silencio.
Ella palideció.
La notaria verificó las copias.
Había fechas alteradas.
Resultados sustituidos.
Autorizaciones que Elisa no recordaba haber firmado.
Pero lo más extraño eran dos formularios relacionados con muestras de laboratorio.
Uno pertenecía a Elisa.
El otro a Rodrigo.
—¿Por qué está mi nombre ahí? —preguntó él.
Santiago lo miró.
—Porque usted también fue evaluado.
Rodrigo soltó una risa incrédula.
—Mis resultados eran normales.
—Eso decía la copia que recibió.
Santiago sacó el original.
Rodrigo dejó de sonreír.
No era una prueba definitiva sobre toda su historia reproductiva, explicó el médico, pero sí contenía hallazgos que requerían evaluación adicional y que nunca debieron ocultarse.
Rodrigo leyó dos veces.
Luego miró al bebé que Vanessa sostenía.
La duda apareció inmediatamente en su rostro.
Vanessa lo vio.
—Ni siquiera lo pienses.
—¿Por qué nunca vi este informe?
—¡Porque Elisa está manipulándolo todo!
Elisa permaneció quieta.
—Yo no escribí ese documento.
La Fiscalía no había acudido para detener a nadie basándose únicamente en una sospecha.
Había una investigación abierta por posible alteración documental y uso indebido de información médica.
Y existía un nombre que aparecía repetidamente en los registros de acceso.
Dra. Cecilia Córdova.
Rodrigo miró a Vanessa.
—Córdova.
Ella apretó al niño contra su pecho.
—Es mi tía.
Elisa sintió que once años de amistad acababan de adquirir otro significado.
Cecilia había trabajado en el laboratorio externo utilizado por la clínica durante varios de sus tratamientos.
—¿Tu tía tenía acceso a mis muestras?
Vanessa no respondió.
No hacía falta todavía.
Los registros debían establecer exactamente qué había ocurrido.
Rodrigo parecía incapaz de apartar los ojos del bebé.
—Quiero una prueba de paternidad.
—No —respondió Vanessa inmediatamente.
Aquello hizo que todos la miraran.
—Es un bebé —añadió—. No voy a permitir que conviertas esto en un espectáculo.
Elisa intervino.
—El niño no tiene culpa de nada.
Era la única persona de aquel pasillo que merecía quedar fuera de la guerra de los adultos.
Rodrigo tendría que resolver cualquier cuestión de filiación por las vías adecuadas.
Yo ya había perdido demasiado tiempo viviendo alrededor de sus decisiones.
Santiago volvió hacia Elisa.
—Hay otra razón por la que pedí que viniera la notaria.
Sacó un documento diferente.
No era médico.
Era corporativo.
Fundación Vida Nueva.
La fundación que Elisa había creado.
La misma cuyo control había terminado en manos de Rodrigo después del divorcio.
—Encontramos este documento dentro de su expediente digital —explicó Santiago.
Era una autorización para transferir los derechos de voto de Elisa en la fundación.
Supuestamente la había firmado durante uno de sus tratamientos.
—Nunca firmé esto.
La notaria asintió.
—Y hay otro problema.
El documento había sido certificado once días antes de la fecha en que supuestamente Elisa lo firmó.
Rodrigo se volvió hacia Vanessa.
—Tú declaraste durante el divorcio que viste a Elisa firmarlo.
Vanessa permaneció callada.
—¡Respóndeme!
—Mi abogado me dijo qué debía recordar.
Elisa entrecerró los ojos.
—¿Qué abogado?
Vanessa comprendió demasiado tarde lo que acababa de decir.
El abogado era Mauricio Alcázar.
El hermano mayor de Rodrigo.
Había representado indirectamente varios intereses familiares durante el divorcio.
También era miembro del consejo de la fundación.
Y, según los nuevos registros, había solicitado copias de los expedientes médicos de Elisa meses antes de que Rodrigo pidiera separarse.
—¿Por qué Mauricio necesitaba mis estudios? —preguntó Elisa.
Rodrigo negó lentamente.
—No los necesitaba.
Santiago abrió la última sección de la carpeta.
—Quizá sí.
Once años atrás, cuando Elisa creó la fundación, había recibido una donación inicial de un inversionista anónimo.
Aquella aportación incluía una cláusula.
Si Elisa perdía el control por incapacidad médica, sus derechos administrativos pasarían temporalmente al consejo.
Pero si alguien obtenía ese control mediante fraude, se activaba una revisión completa de todos los activos aportados desde la creación.
—¿Quién hizo la donación? —preguntó Elisa.
Santiago miró a la notaria.
Ella respondió:
—Su padre.
Elisa sintió que el suelo desaparecía.
—Mi padre murió cuando yo tenía diecisiete años.
—Eso consta en los registros civiles —dijo la mujer—. Pero la aportación se realizó siete años después.
Rodrigo dejó caer lentamente la hoja que sostenía.
La notaria colocó sobre la mesa una copia de la escritura original.
La firma del donante decía:
Alejandro Navarro.
Padre de Elisa.
Y debajo aparecía una instrucción escrita a mano:
“Nadie de la familia Alcázar debe controlar estas acciones.”
Rodrigo palideció.
—¿Mi familia?
Elisa lo miró.
Por primera vez, él parecía tan confundido como ella.
Entonces Santiago sacó una fotografía que había estado archivada junto al documento.
Mostraba a Alejandro Navarro años después de su supuesta muerte.
No estaba solo.
A su lado aparecía Mauricio Alcázar.
Y entre ambos estaba Cecilia Córdova.
La tía de Vanessa.
En el reverso había una fecha.
Era de apenas tres años atrás.
Elisa levantó lentamente la mirada.
Había llegado al hospital creyendo que por fin descubriría quién había manipulado sus tratamientos.

Pero ahora la pregunta era mucho mayor.
Porque su padre aparentemente había conocido a la familia de Rodrigo mucho antes de que ella se casara con él.
Y alguien llevaba años intentando asegurarse de que Elisa jamás descubriera por qué.