PARTE 2: LA MUJER DE LAS FOTOS SABÍA LA VERDAD

Los soldados dejaron de reír en cuanto la señora Parker dio un paso al frente.

El cuchillo seguía en su mano.

No parecía asustada.

Parecía incapaz de creer lo que veía.

—¿Cómo dijiste que te llamabas? —preguntó.

Liam respondió con firmeza.

—Liam Gu.

Ella dejó el cuchillo sobre una mesa.

Después levantó lentamente una mano hacia su rostro.

—No…

—Eso no puede ser.

Los cuarenta soldados intercambiaron miradas.

Yo también dejé de respirar.

La señora Parker se acercó hasta quedar frente a Liam.

Le observó la mandíbula.

Los ojos.

La cicatriz junto a la ceja derecha.

Entonces comenzó a llorar.

—Tienes la misma cicatriz…

—La misma que aquel niño…

Liam frunció el ceño.

—¿Me conoce?

Ella negó varias veces.

—No.

—Pero conocí a tu madre.

El ambiente cambió por completo.

Nadie volvió a sonreír.

La señora Parker entró al restaurante y regresó con una vieja caja de metal.

Sacó una fotografía amarillenta.

En ella aparecía una pareja joven sosteniendo a un niño de unos tres años.

El pequeño sonreía mientras abrazaba un conejo de peluche.

La mujer señaló al niño.

—Desapareció durante una inundación hace veintisiete años.

—Toda la ciudad ayudó a buscarlo.

Liam tomó la fotografía.

Su expresión permaneció inmóvil.

—No recuerdo nada anterior al orfanato.

Uno de los soldados susurró:

—Comandante…

La señora Parker abrió otro sobre.

Dentro había un recorte de periódico.

“Continúa la búsqueda del pequeño Liang Gu, desaparecido tras el deslave.”

Había una fotografía infantil.

Los mismos ojos.

La misma cicatriz.

El mismo hoyuelo al sonreír.

Yo miré a Liam.

Por primera vez desde que lo conocía, parecía completamente perdido.

—Fui adoptado cuando tenía cuatro años —murmuró.

—Nunca supe quién era.

La señora Parker comenzó a temblar.

—Tu madre jamás dejó de buscarte.

—Venía todos los años.

—Preguntaba por todos los pueblos cercanos.

—Traía siempre el mismo conejo de peluche.

Liam cerró lentamente los ojos.

Uno de los soldados se secó las lágrimas.

Otro dio media vuelta para ocultar la emoción.

Entonces sonó el teléfono de la señora Parker.

Contestó.

Escuchó apenas unos segundos.

Su rostro perdió todo el color.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

Ella bajó lentamente el teléfono.

Miró a Liam.

—Tu madre…

—Sigue viva.

Todos respiramos aliviados.

Pero la señora Parker negó con la cabeza.

—Está viva…

—Pero está internada.

—Tiene una enfermedad terminal.

—Los médicos dicen que quizá no llegue al final de la semana.

Liam permaneció inmóvil.

Después preguntó con una voz que apenas parecía suya:

—¿Dónde está?

La señora Parker respondió entre lágrimas.

—En el Hospital Central de Harbin.

—Y lleva veintisiete años despertando cada mañana preguntando exactamente lo mismo.

Hizo una pausa antes de terminar.

—”¿Hoy volverá mi hijo?”

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