PARTE 2: LA MUJER DE LA PORTADA

02

El proyecto del hotel boutique terminó a finales de aquel mes.

La propietaria, la señora Xu, me pidió que fuera personalmente a la inauguración.

—No aceptaré un “no” como respuesta —dijo por teléfono—. Este lugar existe gracias a ti. Tienes que verlo terminado.

Llegué al hotel poco antes del anochecer.

Las lámparas de cristal proyectaban reflejos cálidos sobre las paredes color marfil. Los muebles de madera clara, las plantas suspendidas y los pequeños detalles de cerámica hacían que el vestíbulo pareciera respirar.

Me quedé junto a la entrada, observándolo todo.

Durante semanas había visto aquel espacio únicamente en planos, muestras de materiales y renders digitales.

Ahora estaba allí.

Era real.

Y era mío.

No el edificio.

Sino la idea.

La sensación de haber creado algo que podía permanecer en el mundo incluso después de que yo me marchara.

La señora Xu se acercó con una copa de champán.

—¿Qué te parece?

—Mucho mejor de lo que imaginaba.

—Eso es porque no sabes reconocer tu propio talento.

Sonreí.

Antes de casarme, había trabajado durante cuatro años en un estudio de diseño.

No era famosa, pero había participado en proyectos importantes y tenía una carrera prometedora.

Después nació Xiaonian.

Al principio me tomé seis meses de descanso.

Luego Jiang Yan empezó a viajar constantemente por trabajo.

Mi suegra estaba enferma.

La niña necesitaba cuidados.

Seis meses se convirtieron en un año.

Un año se convirtió en cuatro.

Cuando quise regresar, el mundo profesional ya había seguido adelante sin mí.

Los programas habían cambiado.

Las tendencias también.

Mis antiguos compañeros habían ascendido o fundado sus propios estudios.

Yo había quedado detenida en el mismo lugar.

Durante mucho tiempo pensé que había perdido mi oportunidad.

Pero aquella noche, de pie en el hotel que había diseñado, comprendí que no era cierto.

Mi carrera no había muerto.

Solo había estado esperando.

—Quiero presentarte a alguien —dijo la señora Xu.

Me condujo hacia un hombre de unos cincuenta años que conversaba con varios invitados.

—Director Zhou, ella es Shen Ning, la diseñadora de la que le hablé.

El hombre me estrechó la mano.

—He oído que usted se encargó de todo el concepto.

—Así es.

Miró alrededor con interés.

—¿Trabaja para algún estudio?

—No. Trabajo de manera independiente.

—Entonces quizá podamos hablar.

Me entregó una tarjeta.

Era el director de desarrollo de una cadena hotelera que planeaba abrir tres establecimientos nuevos en el sur del país.

—Estamos buscando un equipo de diseño —explicó—. La señora Xu insiste en que deberíamos considerarla.

Tomé la tarjeta con ambas manos.

—Gracias. Prepararé una propuesta.

—No tenga prisa. Quiero algo verdaderamente especial.

—Lo tendrá.

Cuando regresé a casa eran casi las diez.

Xiaonian ya estaba dormida.

Jiang Yan permanecía sentado en el sofá con el televisor encendido, aunque no parecía estar prestándole atención.

Al verme entrar, miró el reloj.

—Has vuelto tarde.

—Hubo una inauguración.

—¿Del hotel que diseñaste?

—Sí.

Me quité los zapatos.

Sobre la mesa había un plato cubierto con film transparente.

—Te guardé la cena —dijo.

Me detuve.

Era la primera vez en varios meses que lo hacía.

—Ya he comido.

—Ah.

Su voz sonó extrañamente decepcionada.

Tomé el portátil y me dirigí al estudio.

—Shen Ning.

Me volví.

Jiang Yan me observaba desde el sofá.

—¿Cómo salió la inauguración?

—Muy bien.

—¿Le gustó al cliente?

—Sí.

—Me alegro.

Asentí.

—Gracias.

Entré en el estudio y cerré la puerta.

Aquella noche recibí un correo del director Zhou.

El mensaje contenía los planos preliminares de uno de sus hoteles y una invitación formal para participar en la selección de diseñadores.

El presupuesto era más grande que todos mis proyectos anteriores juntos.

Pasé las siguientes dos semanas trabajando casi sin descanso.

Preparé una propuesta basada en la idea de combinar arquitectura contemporánea con elementos tradicionales de la región.

Estudié cada espacio.

Cada fuente de luz.

Cada recorrido que harían los huéspedes desde la entrada hasta sus habitaciones.

Cuando finalmente envié el documento, eran las tres de la madrugada.

Cerré el ordenador y me masajeé los ojos.

Al levantar la cabeza, vi a Jiang Yan junto a la puerta.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí.

—¿Todavía sigues despierta?

—Acabo de terminar.

Entró con un plato de fruta cortada.

Mango.

El mismo tipo de fruta que había tirado a la basura aquella noche.

Lo dejó sobre la mesa.

—Come un poco antes de dormir.

Miré los pequeños trozos amarillos cuidadosamente colocados.

—Gracias.

Jiang Yan no se marchó.

Se apoyó contra el escritorio.

—Últimamente casi no hablamos.

—Los dos estamos ocupados.

—Antes también estaba ocupado.

No respondí.

Su mirada se posó en los planos de la pantalla.

—¿Es un proyecto importante?

—Sí.

—¿Cuánto te pagarán?

—Todavía no lo sé. Hay otros estudios compitiendo.

—¿Y si no te eligen?

Tomé un trozo de mango con el tenedor.

—Haré otro proyecto.

—¿No te decepcionará?

—Por supuesto.

Lo miré.

—Pero ya no tengo miedo de empezar de nuevo.

Jiang Yan permaneció en silencio.

En el pasado, si un cliente rechazaba una propuesta, yo me sentía insegura durante días.

Ahora entendía que el fracaso no era una sentencia.

Solo era una puerta que no se había abierto.

Había muchas otras.

Jiang Yan bajó la voz.

—Has cambiado.

—La gente cambia.

—Antes no eras así.

—Antes tampoco me conocías realmente.

Sus cejas se tensaron.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Nada.

Apagué el ordenador.

—Es tarde. Voy a dormir.

Pasé junto a él.

Antes de salir del estudio, sus dedos rodearon suavemente mi muñeca.

No me apretó.

Pero tampoco me soltó de inmediato.

—Shen Ning.

—¿Qué ocurre?

Parecía buscar las palabras adecuadas.

Finalmente preguntó:

—¿Eres feliz?

La pregunta me sorprendió.

Durante años nunca me lo había preguntado.

Había preguntado si la cena estaba preparada.

Si Xiaonian había hecho los deberes.

Si había llevado su traje a la tintorería.

Pero jamás si yo era feliz.

Miré su mano sobre mi muñeca.

—Estoy aprendiendo a serlo.

Sus dedos se aflojaron.

Me marché sin mirar atrás.

Tres días después, el director Zhou me llamó.

—Señora Shen, hemos elegido su propuesta.

Me quedé inmóvil en medio de la cafetería.

A mi alrededor, las máquinas de café seguían funcionando y los clientes hablaban como si nada hubiera sucedido.

—¿Está seguro?

El hombre se rio.

—No suelo llamar a alguien para bromear sobre contratos millonarios.

Cubrí mi boca con una mano.

—Gracias.

—No me dé las gracias todavía. El trabajo será complicado.

—No importa.

Mi voz tembló ligeramente.

—Puedo hacerlo.

—Eso espero. Mañana mi asistente le enviará los documentos.

Después de colgar, permanecí sentada durante varios minutos.

Entonces llamé a mi antigua compañera de universidad, Tang Li.

Ella había sido quien me recomendó mi primer pequeño proyecto.

—Me eligieron —dije apenas respondió.

—¿Para el hotel?

—Sí.

Tang Li gritó tan fuerte que tuve que apartar el teléfono.

—¡Sabía que lo conseguirías!

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

—Gracias por confiar en mí.

—No fui yo quien diseñó el hotel.

—Pero fuiste tú quien me dio la primera oportunidad.

—Ningning, escúchame bien.

Su voz se volvió seria.

—Yo solo abrí una puerta. Tú fuiste quien tuvo el valor de atravesarla.

Esa noche compré un pequeño pastel.

No para Jiang Yan.

No para celebrar nuestro aniversario.

Lo compré para mí.

Cuando llegué a casa, Xiaonian corrió a recibirme.

—¡Mamá tiene pastel!

—Hoy tenemos algo que celebrar.

Jiang Yan salió del estudio.

—¿Qué ha ocurrido?

Dejé el contrato sobre la mesa.

—Me han encargado el diseño de un hotel.

Tomó el documento y comenzó a leerlo.

A medida que avanzaba, su expresión cambió.

—¿Este presupuesto es correcto?

—Sí.

—¿Tú sola vas a hacer todo esto?

—Voy a formar un equipo.

—¿Un equipo?

—Necesitaré asistentes, un especialista en iluminación y alguien que supervise la obra.

Jiang Yan volvió a mirar el contrato.

—Esto ya no es un pequeño trabajo.

—Nunca dije que lo fuera.

Su rostro se tensó ligeramente.

Quizá en ese momento comprendió que aquello no era un pasatiempo temporal.

Yo no estaba jugando a trabajar.

Estaba reconstruyendo una carrera.

Xiaonian tiró de su manga.

—Papá, abre el pastel.

Nos sentamos los tres alrededor de la mesa.

La niña aplaudió cuando encendí una vela.

—¡Mamá debe pedir un deseo!

Cerré los ojos.

Antes, todos mis deseos habían estado relacionados con Jiang Yan.

Que regresara temprano.

Que bebiera menos.

Que me prestara más atención.

Que nuestra familia volviera a parecerse a lo que yo había imaginado.

Aquella noche pedí algo diferente.

Pedí no volver a abandonarme por nadie.

Soplé la vela.

Xiaonian sonrió.

—¿Qué has pedido?

—Es un secreto.

Jiang Yan me observaba desde el otro lado de la mesa.

Su mirada era profunda y difícil de interpretar.

Después de aquel contrato, mi vida se volvió mucho más ocupada.

Alquilé una pequeña oficina compartida.

Contraté a dos diseñadores jóvenes y a una asistente.

Cada mañana llevaba a Xiaonian al colegio y luego iba directamente al estudio.

Algunas noches regresaba después de las nueve.

Jiang Yan comenzó a encargarse de recoger a la niña tres días por semana.

Al principio se mostró incómodo.

Olvidó llevarle agua.

Confundió el día de la clase de danza.

Una tarde llegó veinte minutos tarde y encontró a Xiaonian esperando junto a la maestra.

La niña no lloró.

Solo preguntó:

—Papá, ¿te habías olvidado de mí?

Jiang Yan se quedó sin palabras.

Aquella noche entró en el estudio mientras yo revisaba un presupuesto.

—A partir de ahora recordaré su horario.

—Bien.

—¿No vas a regañarme?

—¿Serviría de algo?

Se quedó inmóvil.

—Antes lo habrías hecho.

—Antes pensaba que tenía que enseñarte a ser padre.

Levanté los ojos.

—Ahora sé que es tu responsabilidad aprender.

Jiang Yan abrió la boca.

Pero no encontró respuesta.

Con el paso de los días empezó a cambiar.

Preparaba el desayuno algunas mañanas.

Aprendió a hacerle una coleta a Xiaonian, aunque siempre le quedaba torcida.

Incluso comenzó a preguntar qué quería comer la niña en lugar de pedir comida rápida.

Yo veía todos aquellos cambios.

Pero ya no me emocionaban.

No porque fueran inútiles.

Sino porque llegaban demasiado tarde.

Durante años había esperado que Jiang Yan mirara hacia atrás.

Ahora que finalmente lo hacía, yo ya había empezado a caminar en otra dirección.

El proyecto del hotel atrajo la atención de varias publicaciones especializadas.

Una tarde, mi asistente entró corriendo en la oficina.

—Hermana Ning, una revista quiere entrevistarte.

—¿Qué revista?

Colocó el teléfono frente a mí.

Era Espacios, una de las publicaciones de arquitectura y diseño más importantes del país.

Querían preparar un artículo sobre diseñadoras que habían regresado al sector después de abandonar temporalmente sus carreras.

—También quieren hacer una sesión de fotos —añadió mi asistente.

Miré el correo.

—Acepta.

La entrevista tuvo lugar dos semanas más tarde.

La periodista me preguntó por mi formación, mis proyectos y los años durante los que había dejado de trabajar.

—¿Se arrepiente de haberse alejado de su profesión? —preguntó.

Pensé durante unos segundos.

—No me arrepiento de haber cuidado de mi hija.

—¿Pero sí de algo más?

Miré hacia las luces del estudio fotográfico.

—Me arrepiento de haber pensado que convertirme en esposa y madre significaba que debía dejar de ser yo misma.

La periodista guardó silencio.

Después preguntó:

—¿Cuál fue el momento que la hizo regresar?

Recordé a Jiang Yan recostado en la silla.

Su voz tranquila.

Si no fuera por Xiaonian, ni siquiera recordaría tu apellido.

—Una conversación —respondí.

—¿Qué clase de conversación?

Sonreí levemente.

—Una que me hizo comprender que había depositado todo mi valor en la memoria de otra persona.

La entrevista fue publicada el mes siguiente.

No sabía que aparecería en la portada.

Aquel día yo estaba en una obra, revisando la instalación de unas lámparas, cuando mi teléfono comenzó a llenarse de mensajes.

Mi asistente fue la primera en enviarme una fotografía.

En la portada aparecía yo.

Llevaba un traje color crema y estaba sentada frente a uno de los espacios que había diseñado.

El titular decía:

SHEN NING: LA MUJER QUE VOLVIÓ A DISEÑAR SU PROPIA VIDA.

Me quedé mirando la imagen.

Durante algunos segundos no reconocí a la mujer de la fotografía.

Tenía la espalda recta.

La mirada firme.

Ya no parecía alguien que estuviera esperando ser elegida.

Esa noche, Jiang Yan llegó a casa antes que yo.

Cuando abrí la puerta, lo encontré sentado en el salón.

La revista descansaba sobre la mesa.

Estaba abierta en la página de mi entrevista.

Jiang Yan levantó lentamente la vista.

Sus ojos estaban enrojecidos.

—Has vuelto.

—Sí.

Me quité el abrigo.

—¿Dónde conseguiste la revista?

—Mi asistente la dejó sobre mi escritorio.

Su voz sonaba ronca.

Me acerqué para recogerla.

Pero él puso una mano sobre la página.

—¿La conversación que mencionas aquí fue la nuestra?

No respondí.

—Shen Ning.

Me miró fijamente.

—¿Fue aquella noche en la que estaba borracho?

—Sí.

Sus dedos se tensaron sobre el papel.

—No recuerdo haber dicho esas palabras.

—Yo sí.

—Estaba borracho.

—Lo sé.

—No pensaba realmente eso.

—Quizá no.

Tomé la revista.

—Pero lo dijiste.

Jiang Yan se levantó.

—¿Por qué nunca me contaste que te había hecho daño?

Lo miré con incredulidad.

—¿De verdad necesitabas que te lo explicara?

—Podríamos haber hablado.

—Yo llevaba años hablando.

Mi voz siguió siendo tranquila.

—Te hablaba cuando te pedía que volvieras temprano. Cuando te decía que Xiaonian te echaba de menos. Cuando intentaba contarte algo sobre mi día y tú solo respondías “ah”.

Su respiración se volvió pesada.

—No sabía que te sentías así.

—Porque nunca preguntaste.

—Ahora estoy preguntando.

—Ahora ya no necesito responder.

Sus ojos se humedecieron.

—¿Qué significa eso?

Fui al dormitorio y saqué una carpeta del cajón.

La había preparado dos semanas antes.

La dejé frente a él.

Jiang Yan miró la primera página.

Su rostro perdió todo el color.

—¿Un acuerdo de divorcio?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace algún tiempo.

—¿Por qué?

Solté una leve risa.

—Tú mismo respondiste esa pregunta.

—Dijiste que, en otra vida, no volverías a casarte conmigo.

Lo miré directamente a los ojos.

—No hace falta esperar hasta la próxima vida.

El salón quedó en silencio.

Jiang Yan cerró la carpeta de golpe.

—No voy a firmar.

—Puedes leerlo primero.

—No necesito leerlo.

—Yo no quiero tu dinero. Solo quiero la custodia compartida de Xiaonian y conservar los bienes que me pertenecían antes del matrimonio.

—He dicho que no voy a firmar.

Su voz se elevó.

Desde el pasillo se escuchó un ruido.

Xiaonian estaba de pie junto a la puerta de su habitación, abrazada a su muñeca.

—Papá…

Jiang Yan se quedó inmóvil.

La niña nos miró con los ojos abiertos.

—¿Por qué estás gritando a mamá?

Él se acercó de inmediato.

—No estoy gritando.

—Sí estás gritando.

Xiaonian corrió hacia mí y se abrazó a mi cintura.

Sentí su pequeño cuerpo temblar.

La acaricié.

—No pasa nada.

Jiang Yan nos observó.

En su rostro apareció una expresión que nunca había visto.

Miedo.

No el miedo de perder una discusión.

El miedo de perderlo todo.

—Xiaonian —dijo suavemente—, vuelve a tu habitación. Mamá y yo solo estamos hablando.

La niña negó con la cabeza.

—No quiero que hagas llorar a mamá.

Me agaché frente a ella.

—Mamá no está llorando.

Tocó mi mejilla con su pequeña mano.

—Pero estás triste.

La abracé.

Jiang Yan volvió lentamente al sofá.

La portada de la revista seguía frente a él.

La mujer de la fotografía parecía observarlo.

Segura.

Distante.

Inalcanzable.

Esperé hasta que Xiaonian volvió a dormirse.

Cuando regresé al salón, Jiang Yan seguía en el mismo lugar.

—¿De verdad quieres divorciarte?

—Sí.

—¿Hay otra persona?

—No.

—Entonces todavía podemos arreglarlo.

—Jiang Yan, no quiero divorciarme porque haya encontrado a otro hombre.

Me senté frente a él.

—Quiero divorciarme porque finalmente me he encontrado a mí misma.

Bajó la cabeza.

—Puedo cambiar.

—Ya estás cambiando.

—Entonces dame una oportunidad.

—Tus cambios serán buenos para Xiaonian.

—No hablo solo de ella.

Levantó la mirada.

Sus ojos estaban completamente rojos.

—Hablo de nosotros.

Guardé silencio.

Jiang Yan apretó las manos.

—No recuerdo cuándo empezamos a vivir como dos desconocidos.

—Yo sí.

—¿Cuándo?

—El día en que dejaste de verme.

Su rostro se quebró por un instante.

—Nunca dejé de verte.

—Veías a la madre de tu hija. Veías a la mujer que cocinaba y mantenía la casa en orden.

Señalé la revista.

—Pero nunca viste a esa persona.

Jiang Yan miró la portada.

—Ahora la veo.

—Ese es el problema.

Tomé el acuerdo de divorcio y lo coloqué nuevamente frente a él.

—Solo empezaste a mirarme cuando otros también comenzaron a hacerlo.

Sus labios temblaron.

No encontró una respuesta.

Me levanté.

—Léelo. No tienes que firmarlo esta noche.

Caminé hacia el dormitorio.

Antes de cerrar la puerta, escuché su voz.

—Shen Ning.

Me detuve.

—¿Qué ocurre?

—Si pudiera regresar a aquella noche…

No me volví.

—Pero no puedes.

Entré en la habitación y cerré suavemente.

Al otro lado de la puerta no se escuchó ningún movimiento durante mucho tiempo.

A la mañana siguiente, encontré a Jiang Yan dormido en el sofá.

El acuerdo de divorcio seguía abierto sobre la mesa.

Junto a su mano estaba la revista.

Y sobre la página donde aparecía mi entrevista había caído una pequeña mancha de agua.

No supe si era una lágrima.

Tampoco quise averiguarlo.

Preparé el desayuno de Xiaonian, recogí mi portátil y salí de casa.

Cuando las puertas del ascensor estaban a punto de cerrarse, Jiang Yan apareció descalzo en el pasillo.

—Shen Ning.

Sujetó la puerta con una mano.

—No voy a dejarte ir tan fácilmente.

Lo miré con calma.

—No necesitas dejarme ir.

Pulsé el botón de la planta baja.

—Ya me fui hace mucho tiempo.

Las puertas se cerraron lentamente.

Por primera vez, Jiang Yan quedó fuera.

Y yo no miré atrás.

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