Valeria permaneció inmóvil.
—¿Qué dijo?
Al otro lado del teléfono, el investigador repitió cada palabra con absoluta claridad.
—En el fideicomiso familiar usted aparece oficialmente fallecida desde hace tres meses.
La oficina quedó en silencio.
Mateo, que esperaba sentado junto a la ventana, dejó de mover la pierna.
Sofía Ibarra activó el altavoz.
—Explíquelo desde el principio.
Se escuchó el sonido de unas hojas.
—El fideicomiso creado por don Julián Serrano establecía que el patrimonio debía dividirse en partes iguales entre sus tres nietos cuando el último cumpliera veintiún años.
Valeria cerró lentamente los ojos.
Recordaba perfectamente aquella conversación con su abuelo.
“Mientras yo pueda decidir, ninguno de ustedes dependerá del favoritismo de nadie.”
El investigador continuó.
—Pero existía una cláusula adicional.
Sofía tomó notas.
—¿Cuál?
—Si uno de los beneficiarios fallecía antes de la distribución, su porcentaje regresaba al patrimonio común para repartirse entre los herederos sobrevivientes.
Mateo palideció.
—No…
El investigador respondió.
—Exactamente.
Hicieron constar que Valeria había muerto.
Así pudieron redistribuir legalmente su parte.
Valeria sintió un frío recorrerle la espalda.
—¿Cómo registraron mi muerte si llevo meses trabajando con el Ejército?
—Esa es precisamente la pregunta.
Sofía levantó la vista.
—¿Quién firmó el acta?
Hubo unos segundos de silencio.
Después llegó la respuesta.
—Su padre, Arturo Serrano.
Otra hoja.
—Y como testigo aparece su madre, Beatriz Serrano.
Mateo golpeó el escritorio.
—¡Es imposible!
Pero aún faltaba lo peor.
—La identidad del médico certificante también es interesante.
Sofía frunció el ceño.
—¿Quién?
—El doctor Mauricio Ríos.
Valeria abrió los ojos de golpe.
Conocía ese nombre.
Demasiado bien.
—Es el padrino de Renata.
La oficina volvió a quedarse en silencio.
Sofía respiró profundamente.
—¿Hay más?
El investigador respondió con voz grave.
—Sí.
La transferencia para comprar el yate se realizó cuarenta y ocho horas después de inscribir oficialmente la defunción de Valeria.
Mateo dejó caer la cabeza entre las manos.
Todo empezaba a encajar.
El rechazo a pagar la cirugía.
La indiferencia.
Las burlas.
No era solo falta de cariño.
Para ellos…
Valeria ya no existía.
Legalmente estaba muerta.
Sofía cerró la carpeta.
—No llame a su familia.
No publique nada.
No reclame el premio todavía.
Valeria la miró.
—¿Por qué?
La abogada respondió con absoluta calma.
—Porque una persona fallecida no puede cobrar una lotería.
El aire pareció desaparecer de la habitación.
—Si intenta reclamar ahora…
Continuó Sofía.
—Ellos descubrirán inmediatamente que usted sigue viva.
Y tendrán tiempo para destruir pruebas.
Valeria permaneció varios segundos en silencio.
Después preguntó algo que hizo que incluso la abogada levantara la vista.
—¿Legalmente…
…puedo demandar a las personas que certificaron mi muerte?
Sofía sonrió por primera vez.
Una sonrisa breve.
Pero llena de determinación.
—Sí.
Cerró la carpeta.
—Y si demostramos que falsificaron un acta de defunción para apropiarse de un fideicomiso multimillonario…
Miró directamente a Valeria.
—El yate será el menor de sus problemas.
En ese instante, el celular de Valeria vibró.
Era un mensaje de su madre.
“Renata quiere celebrar el domingo en el yate. Aunque estés enojada, ven a despedirte de tu hermana antes de que zarpe.”
Valeria leyó el mensaje una sola vez.
Luego levantó lentamente la vista hacia Sofía.
—Perfecto.
La abogada arqueó una ceja.
—¿Perfecto?
Valeria bloqueó el teléfono.
—Si para ellos llevo tres meses muerta…
Una expresión serena apareció en su rostro.

—Será interesante ver sus caras cuando una muerta llegue a su fiesta de inauguración.