PARTE 2: LA MENTIRA TERMINÓ FRENTE A SU JEFE

Durante tres segundos nadie habló.

El silencio era tan espeso que podía escucharse el leve zumbido del aire acondicionado y el hervor del caldo que seguía en la cocina.

Mauricio fue el primero en reaccionar.

Su sonrisa volvió de golpe, aunque las manos comenzaron a sudarle.

—Ingeniero Alcántara… qué sorpresa. No esperaba que viniera acompañado.

Estiró la mano con la seguridad del ejecutivo que había aprendido a convencer inversionistas y cerrar contratos millonarios.

Alejandro ni siquiera intentó estrechársela.

Sus ojos permanecían fijos en el rostro de Renata.

El maquillaje apenas lograba ocultar el hematoma bajo el ojo izquierdo.

El labio seguía ligeramente inflamado.

Y, cuando ella levantó el brazo para apartarse un mechón de cabello, apareció durante un segundo un enorme moretón alrededor de la muñeca.

Alejandro sintió que el pecho le ardía.

Durante cuatro años había preguntado cientos de veces si realmente era feliz.

Siempre recibía la misma respuesta.

“Estoy bien. Mauricio me cuida mucho.”

Ahora entendía por qué aquellas llamadas eran tan cortas.

Por qué casi nunca podía hablar a solas con ella.

Y por qué cada visita terminaba siendo cancelada por alguna supuesta emergencia.

La abogada dio un paso al frente.

—Buenas tardes.

Mauricio recuperó parte de la compostura.

—Claro… pasen, por favor.

Mientras caminaban hacia la sala, él buscó desesperadamente una explicación.

“Seguramente ella exageró… tal vez solo les contó una discusión… puedo arreglar esto.”

Había manipulado a demasiadas personas durante su vida como para creer que aquella sería diferente.

Sirvió vino.

Sonrió.

Incluso intentó bromear.

—Mi esposa es un poco torpe. Justamente esta mañana volvió a golpearse en el baño.

Nadie respondió.

El investigador corporativo simplemente abrió una pequeña libreta.

Anotó la frase.

Alejandro continuó observando a Renata.

—¿Eso fue lo que pasó?

Ella bajó la mirada.

Mauricio respondió antes que ella.

—Sí. Siempre le digo que tenga más cuidado.

Alejandro volvió a preguntar.

Esta vez sin apartar los ojos de su hermana.

—Renata.

Ella respiró profundamente.

Por primera vez en años sintió que no estaba sola.

—No.

Una sola palabra.

Pero bastó para cambiar por completo el ambiente.

Mauricio soltó una risa nerviosa.

—Mi amor… estás confundida.

Renata levantó lentamente la vista.

Las lágrimas ya no aparecían por miedo.

Aparecían por alivio.

—No me caí.

Otra pausa.

—Mi esposo me golpeó anoche.

La copa que Mauricio sostenía cayó al suelo.

El cristal estalló en decenas de pedazos.

—¡Estás loca!

Se volvió hacia Alejandro.

—No le haga caso. Lleva meses con problemas emocionales. Incluso un psiquiatra…

La mujer de la Fiscalía abrió la carpeta.

—¿Se refiere al doctor Ernesto Valdés?

Mauricio se quedó inmóvil.

—Tenemos aquí la declaración del médico.

Sacó un documento firmado.

—Afirma que jamás evaluó a la señora Renata Salgado. Su firma fue falsificada.

El color desapareció del rostro de Mauricio.

La abogada colocó otra carpeta sobre la mesa.

—También tenemos los movimientos bancarios del fideicomiso de la señora Renata.

Luego otra.

—Las transferencias hacia empresas vinculadas con su madre.

Otra más.

—Los contratos simulados.

Y finalmente una memoria USB.

—Y ciento cuarenta y tres grabaciones de amenazas y agresiones ocurridas durante los últimos tres años.

Mauricio comenzó a retroceder.

Miró a Renata como si estuviera viendo a otra persona.

—¿Tú… grabaste todo?

Ella asintió lentamente.

—Cada insulto.

Otra pausa.

—Cada golpe.

Otra.

—Cada vez que dijiste que nadie me creería.

El investigador corporativo tomó la palabra.

—La auditoría comenzó hace dos semanas gracias a esta información.

Sacó varias fotografías.

Empresas fantasma.

Facturas infladas.

Comisiones inexistentes.

Desvíos millonarios.

—La pérdida para Constructora Alcántara supera los treinta y ocho millones de pesos.

Mauricio sintió que las piernas dejaban de responderle.

Miró desesperadamente a Alejandro.

—Ingeniero… puedo explicarlo.

Alejandro habló por primera vez desde que entró a la casa.

Su voz era tranquila.

Demasiado tranquila.

—Claro que vas a explicarlo.

Se levantó lentamente.

Caminó hasta quedar frente a Mauricio.

—Pero no a mí.

Miró hacia la puerta principal.

En ese mismo instante sonó otra vez el timbre.

Dos agentes de investigación entraron mostrando sus identificaciones.

La mujer de la Fiscalía dio un paso adelante.

—Mauricio Olvera…

Él intentó correr.

Solo alcanzó a dar dos pasos.

Uno de los agentes lo sujetó antes de llegar al pasillo.

—…queda formalmente detenido por los delitos de violencia familiar, administración fraudulenta, falsificación de documentos, operaciones con recursos de procedencia ilícita y fraude corporativo.

Mauricio forcejeó desesperado.

—¡Renata! ¡Diles que mientes!

Ella permaneció inmóvil.

Durante años había imaginado ese momento.

Y, sin embargo, no sintió alegría.

Solo un inmenso cansancio.

Los agentes comenzaron a colocarle las esposas.

Entonces Mauricio gritó con toda la rabia que aún le quedaba.

—¡Todo esto fue planeado!

Alejandro dio un paso al frente.

Lo miró directamente a los ojos.

—Te equivocas.

Hizo una breve pausa.

—Lo planeaste tú… el día que levantaste la mano contra mi hermana por primera vez.

Y por primera vez desde que cruzó aquella puerta, Alejandro dejó de hablar como presidente de una empresa.

Abrazó a Renata con fuerza.

Como el hermano que llevaba cuatro años llegando demasiado tarde.

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