PARTE 2: La mentira que nos separó durante cinco años

La pregunta de Ethan me atravesó.

Abrí la boca, pero no salió ninguna palabra.

¿Cómo se explicaban cinco años de ausencia a un niño que ni siquiera sabía que yo existía?

Me arrodillé lentamente frente a él.

—Porque no sabía dónde estabas.

Ethan frunció el ceño.

—La abuela dijo que no me querías.

Levanté los ojos hacia Adrian.

Su mandíbula estaba tensa.

—¿Eso le dijeron?

—Eso me dijeron a mí también —respondió él.

Me puse de pie.

—¿Qué significa eso?

Adrian sacó un sobre de su abrigo y lo dejó sobre la mesa.

—Después de que naciera Ethan, mi madre me informó de que habías cobrado el dinero, renunciado a cualquier contacto y desaparecido.

—Eso fue exactamente lo que vuestro contrato exigía.

—No.

Una sola palabra.

Pero hizo tambalear todo lo que había creído durante cinco años.

Adrian abrió el sobre.

Había dos versiones del contrato.

Colocó ambas frente a mí.

—Esta es la que firmaste tú.

Señaló la segunda.

—Y esta es la que me entregaron a mí.

Empecé a leer.

Las cláusulas no coincidían.

En mi copia, yo renunciaba a cualquier derecho sobre el bebé.

En la suya aparecía una disposición diferente: después del nacimiento, la madre podía solicitar contacto si ambas partes llegaban a un acuerdo.

—¿Por qué haría tu madre esto?

Adrian soltó una risa amarga.

—Porque necesitaba un heredero, no una madre.

Ethan seguía observándonos.

Adrian se agachó.

—Ve a sentarte un momento en el sofá, campeón.

El niño obedeció, aunque continuó mirándome.

Cuando estuvo suficientemente lejos, Adrian bajó la voz.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—Yo sí intenté encontrarte.

Mi corazón dio un vuelco.

—No mientas.

—Cuando regresé del extranjero, habían pasado siete meses desde el nacimiento. Pregunté por ti.

—¿Y?

—Me enseñaron una carta.

Sacó el teléfono y buscó una fotografía.

Me la mostró.

Reconocí inmediatamente mi nombre al final.

Pero no mi letra.

“Cumplí mi parte. No quiero volver a ver al niño ni tener ninguna relación con la familia Cole.”

Sentí náuseas.

—Yo jamás escribí eso.

—Ahora lo sé.

Lo miré.

—¿Ahora?

Adrian tardó unos segundos en responder.

—Mi madre murió hace tres meses.

No sentí alivio.

Solo un vacío extraño.

—Mientras revisaba sus documentos encontré tu contrato original. También encontré transferencias a un empleado del hospital y correspondencia con el abogado que preparó ambas versiones.

Me senté.

Todo aquello había sido planeado.

Ethan bajó del sofá y se acercó.

Llevaba un pequeño dinosaurio de plástico en la mano.

—¿Puedo preguntarle algo?

Adrian asintió.

Ethan me miró.

—¿Te gustan los dinosaurios?

Una risa rota escapó de mi garganta.

—Muchísimo.

Pareció satisfecho.

Entonces puso el dinosaurio en mi mano.

—Puedes quedártelo hasta que vuelva.

Me quedé mirando aquel juguete como si acabara de entregarme algo invaluable.

—¿Vas a volver?

Ethan miró a Adrian.

—Papá dijo que ahora puedo conocerte.

Mi mirada chocó con la suya.

—No puedes aparecer después de cinco años y decidir esto tú solo.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué viniste esta noche?

Por primera vez desde que lo había reencontrado, la frialdad de Adrian desapareció.

—Porque Ethan encontró una fotografía tuya.

Mi respiración se detuvo.

—¿Qué fotografía?

Adrian sacó otra imagen del sobre.

Era yo.

Embarazada.

Dormida en una habitación de la residencia Cole.

Alguien había escrito algo detrás.

Adrian giró la fotografía.

“Si alguna vez preguntas por tu madre, recuerda que ella eligió marcharse.”

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.

Pero debajo de aquella frase había otra escritura, mucho más pequeña.

Adrian señaló las palabras.

—Esto no lo escribió mi madre.

Leí.

“Elena nunca conoció la verdad sobre el nacimiento.”

Lo miré.

—¿Qué verdad?

Adrian permaneció inmóvil.

Entonces sacó el último documento.

Era un informe del hospital fechado el día que nació Ethan.

Había dos números de identificación neonatal.

No uno.

Dos.

Adrian levantó los ojos hacia mí.

—Elena… según este registro, aquella noche no diste a luz a un solo bebé.

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