Por primera vez en seis años, no supe qué responderle.
Adrián rodeó el escritorio.
—Nombre.
—¿Qué?
—Tu prometido. ¿Cómo se llama?
Mi mentira necesitaba un rostro.
Y elegí el peor posible.
—Tomás Ferrer.
El silencio fue brutal.
Adrián me miró fijamente.
—¿Tomás?
Asentí.
—Nos conocíamos desde antes. Volvimos a hablar cuando regresó.
Era absurdo.
Pero Tomás era soltero, acababa de volver al país y probablemente aceptaría cubrirme si se lo pedía.
Adrián soltó una risa seca.
—Anoche organizaste su cena de bienvenida.
—Sí.
—Y él anunció mi compromiso mientras estaba comprometido contigo.
—Queríamos mantenerlo privado.
La mandíbula de Adrián se tensó.
Entonces tomó su teléfono.
—Perfecto.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué haces?
—Llamarlo.
—Adrián…
Tomás contestó enseguida.
—¿Qué pasa?
Adrián activó el altavoz.
—¿Estás comprometido con Clara?
Hubo tres segundos de silencio.
Yo cerré los ojos.
Entonces Tomás respondió:
—¿Ella finalmente te lo dijo?
Casi se me cayó el alma al suelo.
Adrián quedó inmóvil.
Tomás acababa de salvar mi mentira sin entender absolutamente nada.
—Quiero verte —dijo Adrián.
—Esta noche puedo.
—Ahora.
Colgó.
—Señor Vega, esto es innecesario.
—Deja de llamarme así.
Me quedé paralizada.
En seis años jamás me había pedido aquello.
Adrián se acercó.
—¿Cuánto tiempo?
—¿Importa?
—Sí.
—¿Por qué?
No respondió.
Y entonces comprendí algo que me hizo olvidar incluso mi miedo.
—Tú vas a comprometerte con Victoria.
Adrián apartó la mirada.
—Eso todavía no está decidido.
—Anoche no lo negaste.
—Porque no tenía motivos para hacerlo.
—Entonces tampoco tienes motivos para investigar mi matrimonio.
Intenté marcharme.
Adrián sujetó la puerta antes de que pudiera abrirla.
—No te cases con Tomás.
Lo miré.
—Dame una razón.
Silencio.
—Una sola.
Sus dedos se cerraron sobre el picaporte.
Pero no dijo nada.
Sonreí tristemente.
—Eso pensaba.
Cuando Tomás llegó cuarenta minutos después, entendió la situación con una sola mirada.
Y decidió divertirse.
Caminó directamente hacia mí y preguntó:
—¿Ya elegiste fecha?
—Todavía no.
—Entonces deberíamos hacerlo pronto.
Adrián se levantó tan bruscamente que la silla golpeó la pared.
—No habrá boda.
Tomás arqueó una ceja.
—¿Perdón?
Adrián me miró.
Ya no había frialdad en sus ojos.
Había algo que llevaba cuatro años esperando ver y que ahora llegaba demasiado tarde.
—Porque no pienso dejar que Clara se case contigo.
Tomás sonrió lentamente.

—Entonces será mejor que le expliques por qué.
Y esta vez, Adrián ya no tenía ningún escritorio detrás del cual esconderse.