Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
Las piernas de Oksana estaban cubiertas de hematomas.
No eran uno ni dos.
Había marcas amarillas, moradas y azul oscuro desde los muslos hasta las pantorrillas. Algunas tenían la forma inconfundible de unos dedos apretando con fuerza. Otras parecían golpes dados con un objeto alargado.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué… qué es esto? —susurré.
Oksana rompió a llorar.
No intentó cubrirse otra vez.
Solo dejó caer los brazos, como alguien demasiado cansado para seguir escondiendo el dolor.
Detrás de mí, mi madre habló antes que ella.
—Seguro se golpea porque es torpe.
Su voz sonó demasiado rápida.
Demasiado preparada.
Giré lentamente la cabeza.
—¿Torpe?
Galina levantó la barbilla.
—Las embarazadas pierden el equilibrio.
Volví a mirar las piernas de mi esposa.
Yo trabajaba desde los dieciocho años levantando cajas de cemento y herramientas.
Sabía reconocer un golpe accidental.
Y aquello no lo era.
Me arrodillé junto a la cama.
—Oksana…
Ella negó con la cabeza.
—No quería que la odiaras.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Quién te hizo esto?
Silencio.
Mi madre dio un paso hacia la puerta.
—Ya basta de tonterías. Esa niña está exagerando para poner al hijo contra su madre.
Entonces vi algo.
En el tobillo izquierdo de Oksana había una cicatriz reciente.
Exactamente igual que la que deja una hebilla metálica.
La había visto cientos de veces en clientes que sufrían accidentes laborales.
No era una caída.
Era un impacto directo.
Me levanté despacio.
—Mamá.
Ella evitó mirarme.
—¿Qué?
—Mírame.
Por primera vez en mi vida, vi miedo en sus ojos.
Oksana habló muy bajito.
—No fue una sola vez.
Sentí que el corazón dejaba de latir.
—¿Qué dijiste?
—Cada vez que tú estabas trabajando…
Su respiración comenzó a acelerarse.
—Ella venía.
Mi madre dio un golpe sobre el suelo.
—¡Mentira!
Pero Oksana ya no podía detenerse.
—Decía que yo fingía el embarazo.
—Que estaba arruinando tu vida.
—Que una mujer decente limpia la casa aunque esté embarazada.
Cada palabra era como un martillo.
—Cuando no podía levantarme…
Levantó lentamente una mano temblorosa.
—…me tiraba de las piernas para bajarme de la cama.
Cerré los ojos.
Porque de pronto entendí por qué siempre encontraba las sábanas desordenadas.
Por qué Oksana lloraba cuando yo intentaba ayudarla a sentarse.
Por qué temblaba cada vez que sonaba el timbre.
Abrí los ojos y miré a mi madre.
—¿Entrabas aquí cuando yo no estaba?
Ella respiró hondo.
—Solo intentaba educarla.
La habitación quedó completamente muda.
—¿Educarla?
—Es demasiado débil para ser esposa.
Sentí una rabia que nunca había conocido.
—Está embarazada de mi hijo.
—Precisamente.
Galina cruzó los brazos.
—Si no aguanta unos cuantos empujones, tampoco sabrá criar a un niño.
No recuerdo haber levantado la voz.
Solo recuerdo escucharme decir:
—Sal de mi casa.
Ella soltó una risa incrédula.
—No seas ridículo, Andriy.
—Soy tu madre.
—Y ella es una manipuladora.
Entonces Oksana levantó con dificultad la mano hacia la mesita de noche.
Tomó su teléfono.
Lo desbloqueó.
Y me lo entregó.
Había decenas de grabaciones de audio.
La primera comenzó a reproducirse.
La voz de mi madre llenó el dormitorio.
—Si le cuentas algo a Andriy, diré que te caíste otra vez.
Segunda grabación.
—Las mujeres embarazadas exageran el dolor para controlar a los hombres.
Tercera.
Un golpe.
Después el llanto ahogado de Oksana.
Y finalmente la voz fría de Galina.
—Límpiate antes de que llegue mi hijo.
Sentí que el estómago se me revolvía.
Mi madre dio un paso atrás.
Ya no tenía nada que decir.
Porque su propia voz acababa de condenarla.
En ese momento sonó el teléfono de Oksana.
Era la ginecóloga que llevaba semanas intentando convencerla de ingresar al hospital por las lesiones repetidas.
Contesté.
La doctora apenas escuchó mi voz y preguntó:
—¿Por fin descubrió quién la estaba golpeando?
Miré a mi madre.
Ella comprendió que todo había terminado.

Pero aún faltaba lo peor.
La doctora respiró profundamente antes de añadir:
—Señor Andriy… hay algo que todavía no sabe.
Las ecografías muestran que uno de los mellizos dejó de moverse después de la última agresión.
Y necesitamos operarla inmediatamente para saber si todavía podemos salvar al otro bebé.