Saqué la sábana de la cesta de lavandería y la extendí sobre la mesa.
Bajo la luz blanca, la mancha parecía todavía más oscura.
Estaba a punto de meterla en una bolsa cuando escuché la voz de Ethan detrás de mí.
—Claire, ¿qué haces?
Me sobresalté.
Él estaba en la puerta, pálido.
No miraba mi rostro.
Miraba la sábana.
—Quiero saber qué pasó anoche.
Ethan tragó saliva.
—Nada pasó.
—Entonces explícame esto.
Durante unos segundos permaneció inmóvil.
Después cerró la puerta del cuarto de lavandería.
—Mi madre se lastimó.
—¿Dónde?
—No sé. Quizá se cortó.
—¿Y por qué estaba en nuestra cama?
Ethan se pasó una mano por el cabello.
—Claire, por favor. Acabamos de casarnos. No conviertas esto en algo extraño.
Aquella frase terminó de encender todas mis alarmas.
No estaba respondiendo.
Estaba intentando hacerme sentir culpable por preguntar.
Doblé la sábana y la metí en una bolsa.
—Me la llevo.
Ethan dio un paso hacia mí.
—No hace falta.
—Entonces no debería molestarte.
Su expresión cambió.
Por primera vez vi miedo.
No enfado.
Miedo.
Esa misma tarde llevé una pequeña muestra de la mancha a una amiga que trabajaba en un laboratorio privado. No le conté toda la historia. Solo le pedí que identificara de qué podía tratarse.
Horas después me llamó.
—Claire, es sangre.
Me quedé en silencio.
—¿Humana?
—Sí. Y hay algo más. La muestra contiene restos de un medicamento anticoagulante bastante específico.
Sentí que se me helaban las manos.
Margaret tomaba anticoagulantes.
Lo sabía porque durante la cena de ensayo había hablado durante veinte minutos sobre sus problemas de circulación.
Cuando regresé a casa, la encontré sentada con Ethan en la cocina.
Los dos dejaron de hablar en cuanto entré.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Margaret sonrió.
—Nada, cariño.
Observé sus manos.
Entonces vi una pequeña venda alrededor de uno de sus dedos.
—¿Te cortaste?
La sonrisa desapareció apenas un segundo.
—Esta mañana.
—¿Seguro?
Ethan se levantó.
—Claire.
—Encontré sangre en nuestra cama.
Margaret soltó una pequeña carcajada.
—Dios mío, ¿todo esto por una mancha?
—La misma mancha que alguien intentó lavar antes de que yo pudiera preguntar.
El silencio fue inmediato.
Miré a Ethan.
—¿Por qué fingiste dormir cuando entré?
Su mandíbula se tensó.
—Porque sabía que reaccionarías así.
Aquello dolió.
Pero también me aclaró algo.
—¿Así cómo? ¿Haciendo preguntas?
Margaret se levantó despacio.
—Claire, quizá deberías entender algo sobre Ethan antes de empezar a acusarnos.
—Mamá, basta —dijo él rápidamente.
Demasiado tarde.
Ella lo miró con una mezcla extraña de orgullo y posesión.
—Antes de que aparecieras tú, yo era la persona más importante de su vida.
Ethan cerró los ojos.
Entonces comprendí que el problema no había empezado en nuestra boda.
Llevaba años creciendo.
Ethan había cancelado vacaciones porque Margaret “se sentía sola”.
Había abandonado cenas conmigo porque ella decía tener ataques de ansiedad.
Incluso eligió nuestra casa porque estaba a menos de diez minutos de la suya.
Yo había llamado a aquello amor filial.
Ahora empezaba a verlo de otra manera.
Margaret caminó hasta quedar frente a mí.
—Anoche necesitaba comprobar una cosa.
—¿Qué cosa?
Sonrió.
—Si después de casarse contigo, mi hijo todavía elegiría cuidarme a mí primero.
Sentí un escalofrío.
—¿Te hiciste daño a propósito?
Ethan golpeó la mesa.
—¡Mamá!
Margaret ni siquiera se inmutó.
Entonces levantó el dedo vendado.
—Solo fue un pequeño corte. Lo suficiente para que Ethan se preocupara.
Lo miré.
—¿Lo sabías?
Él bajó la cabeza.
Y esa fue mi respuesta.
Margaret había fingido estar borracha, entrado en nuestro dormitorio y se había herido deliberadamente para crear una emergencia.
Ethan la había ayudado.
Y cuando la sangre cayó sobre nuestras sábanas, decidió esconderlo.
—¿Por qué no me llamaste? —pregunté.
—Porque mamá estaba alterada.
—Yo era tu esposa desde hacía unas horas.
Ethan se acercó.
—Claire, podemos arreglarlo.
Retrocedí.
—No entiendes.
Me quité lentamente el anillo.
Margaret perdió la sonrisa.
—No seas dramática.
La miré.
—Eso mismo me dijo tu hijo esta mañana.
Dejé el anillo sobre la mesa.
Pero antes de marcharme, mi teléfono vibró.
Era mi amiga del laboratorio.
“Hay otra cosa que deberías saber. La muestra no contiene sangre de una sola persona”.
Me quedé mirando la pantalla.
Leí el mensaje otra vez.
Dos perfiles sanguíneos.
Uno pertenecía probablemente a Margaret.
El otro no.

Levanté lentamente la vista hacia Ethan.
Él vio mi expresión.
Y volvió a ponerse pálido.
—Claire…
Entonces comprendí que todavía no me habían contado la peor parte de aquella noche.