Ethan creyó que volvería.
Durante los primeros tres días solo envió mensajes breves.
“¿Ya se te pasó?”
“Cuando quieras hablar como adulta, llámame.”
El cuarto día escribió:
“Chloe dice que exageraste. Yo también.”
No respondí.
Estaba demasiado ocupada preparando documentos, buscando alojamiento en Nueva York y cerrando una vida que durante dos años había organizado alrededor de él.
Entonces llegó mi carta oficial de aceptación.
Me marcharía en tres semanas.
Cuando Ethan se enteró por un compañero de universidad, apareció frente a mi residencia.
—¿Te vas a Nueva York?
—Sí.
—¿Y pensabas decírmelo cuándo?
Lo miré sorprendida.
—Terminamos, Ethan. Ya no necesito pedirte permiso.
Su rostro cambió.
Por primera vez pareció comprender que aquello no era una discusión.
—Claire, podemos arreglarlo.
Su teléfono sonó.
Chloe.
Ethan lo silenció inmediatamente.
Casi me hizo reír.
Dos años esperando aquel gesto.
Ahora llegaba cuando ya no significaba nada.
—Mira —dijo—. Ni siquiera voy a contestarle.
—Ese nunca fue el problema.
—Entonces dime qué quieres.
Negué lentamente.
—Ese es exactamente el problema. Siempre necesitaste que te dijera cómo elegirme.
Pasé junto a él.
Ethan me agarró suavemente de la muñeca.
—Mi madre ya sabe de nosotros.
Me detuve.
—¿Qué?
Había ocurrido porque Chloe, convencida de que nuestra ruptura sería temporal, había bromeado durante la cena familiar diciendo que “Claire finalmente se había cansado de esperar”.
La madre de Ethan exigió explicaciones.
Y por primera vez, toda la mentira salió a la luz.
Dos años de relación.
Vacaciones juntos.
Planes después de graduarnos.
Incluso el apartamento donde prácticamente habíamos vivido como pareja.
La señora Grant estaba furiosa.
Pero no conmigo.
Con Ethan.
—¿Escondiste durante dos años a una mujer con la que decías querer casarte mientras dejabas que todos tratáramos a Chloe como tu futura esposa?
Ethan intentó explicar que solo quería evitar conflictos.
Su madre respondió:
—No evitaste ningún conflicto. Solo dejaste que Claire cargara con él.
Aquello debería haberme dado satisfacción.
No ocurrió.
Porque seguía siendo demasiado tarde.
El día antes de mi vuelo, Chloe vino a buscarme.
Ya no sonreía.
—Ganaste —dijo.
—Esto nunca fue una competencia.
—Ethan lleva semanas rechazándome por tu culpa.
La miré.
—Entonces quizá ahora entiendas cómo se siente ser la segunda opción.
Chloe palideció.
Yo cerré mi maleta.
—Pero hay una diferencia.
—¿Cuál?
—Yo ya no quiero ser la primera.
Seis meses después, mi vida en Nueva York apenas se parecía a la anterior.
Trabajaba demasiado.
Dormía poco.
Pero cada decisión era mía.
Una tarde recibí una fotografía de un antiguo compañero.
Ethan estaba sentado solo en aquel mismo restaurante.
Delante tenía una langosta negra.
Según me contaron, Chloe había terminado alejándose después de que la familia Grant dejara de tratarla como futura nuera.
Ethan había intentado buscarme varias veces.
Nunca respondí.
Aquella noche salí a cenar con mis nuevos compañeros.
Uno de ellos pidió langosta.
Cuando llegó el plato, alguien preguntó:
—Claire, ¿quieres el primer trozo?
Sonreí.
Y por primera vez comprendí que ya ni siquiera importaba.
Porque había dejado de esperar que alguien me eligiera primero.
Yo ya lo había hecho.