A las seis y veinte de la mañana, Michael había llamado veintisiete veces.
No respondí.
Sophie dormía en una habitación para visitantes dentro de la instalación, envuelta en tres mantas.
El médico había confirmado que estaba bien.
Eso era lo único que me importaba.
A las siete entré en la sesión informativa.
Cuando salí, mi abogado civil me esperaba con noticias.
—Emily, revisé los papeles de divorcio.
—¿Y?
—Michael quiere la casa, las inversiones conjuntas y una parte de tu jubilación.
Casi sonreí.
—¿La casa de Arlington?
—Sí.
—La compré siete años antes de conocerlo.
Mi abogado asintió.
—Y eso no es lo más interesante.
Abrió otra carpeta.
Durante los últimos dieciocho meses, Michael había transferido casi 190.000 dólares desde nuestra cuenta conjunta hacia Collins Strategic Development.
La empresa pertenecía a Martin.
—Nunca autoricé eso.
—Entonces tendremos que investigar cada transferencia.
No quería conclusiones apresuradas.
Quería registros.
A las nueve, Michael finalmente dejó un mensaje.
—Emily, papá no sabía quién eras. Sophie también fue irrespetuosa. Todos cometimos errores. Vuelve y hablemos como adultos.
Lo borré.
No porque su familia hubiera descubierto mi rango.
Sino porque todavía creía que mi rango era el problema.
Entonces Sophie entró.
—Mamá, olvidé mi mochila en casa del abuelo.
La miré.
—Podemos reemplazarla.
—Mi computadora está dentro.
Eso cambiaba las cosas.
Mi abogado organizó que recuperáramos sus pertenencias sin confrontación.
Pero cuando finalmente recibimos la mochila, Sophie abrió el portátil y frunció el ceño.
—Alguien lo usó.
—¿Cómo lo sabes?
—Mi historial está borrado.
El especialista de seguridad de la instalación examinó el equipo.
No tardó mucho.
Durante la noche, alguien había conectado una memoria externa.
—¿Qué contenía tu computadora? —pregunté.
Sophie palideció.
—Fotos.
—¿Qué fotos?
Sacó su teléfono.
Semanas antes, durante una cena en casa de Martin, había fotografiado accidentalmente varios documentos mientras hacía una tarea escolar.
Uno mostraba el logotipo de una empresa.
Northstar Defense Logistics.
Reconocí el nombre.
Mi expresión debió cambiar.
—¿Qué pasa? —preguntó Sophie.
Northstar era un subcontratista que actualmente estaba bajo revisión administrativa por irregularidades en contratos.
Yo no dirigía aquella investigación.
Pero conocía su existencia.
—¿Por qué tendría Martin documentos de Northstar?
Mi abogado empezó a revisar registros públicos.
Horas después encontró una conexión.
Collins Strategic Development había recibido pagos de una consultora vinculada a Northstar.
Eso no demostraba por sí solo ninguna conducta ilegal.
Pero justificaba preguntas.
Entonces llegó algo peor.
Uno de los documentos fotografiados por Sophie llevaba mi nombre.
MG EMILY WHITAKER.
Debajo aparecía una nota:
Acceso indirecto mediante Michael Collins.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Michael sabía de esto?
No podía asegurarlo.
Así que lo llamé por primera vez.
Contestó inmediatamente.
—Emily, gracias a Dios.
—¿Por qué aparezco en documentos comerciales de tu padre?
Silencio.
—¿De qué estás hablando?
Su confusión parecía genuina.
Entonces escuché a Martin al fondo.
—¡Cuelga!
Michael se quedó callado.
—Papá, ¿qué hiciste?
La llamada terminó.
Veinte minutos después, mi abogado recibió un correo anónimo.
Adjunto había un contrato de hacía ocho años.
La fecha me dejó inmóvil.
Se había firmado tres meses antes de que Michael y yo nos conociéramos.
Una cláusula describía la necesidad de establecer una “relación personal sostenible” con una oficial que, en aquel momento, trabajaba en adquisiciones estratégicas.
No mencionaba mi nombre.
Pero el anexo sí.
Emily Whitaker.
Y debajo aparecía la firma de Martin Collins.
Sophie me miró.
—Mamá…
No pude responder.
Durante ocho años había creído que Michael me había pedido ocultar mi rango porque su padre era inseguro con los títulos.
Ahora existía otra posibilidad mucho más oscura.
Quizá Martin Collins siempre había sabido exactamente quién era yo.
Y si Michael había participado o simplemente había sido utilizado por su padre era una pregunta que todavía necesitaba respuesta.
Pero una cosa había cambiado.
Aquella Navidad ya no era solamente el final de mi matrimonio.
Era el comienzo de descubrir por qué la familia Collins había querido que una general del ejército pareciera, durante ocho años, una simple “oficinista”.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
