PARTE 2: LA MALETA NO ERA PARA MÍ

No permití que Valeria volviera a hablar con Mateo.

Jimena llegó cuarenta minutos después acompañada por dos investigadores.

Pusimos el sobre con las seis instrucciones sobre la mesa.

Uno de ellos lo fotografió.

—Si la maleta contiene lo que sospechamos, no debemos moverla como él espera —dijo.

El plan cambió.

Valeria enviaría a Mateo una fotografía que pareciera demostrar que había seguido sus órdenes.

Mientras tanto, las autoridades vigilarían la casa de Valle de Bravo.

A las nueve y diecisiete de la noche, Mateo escribió:

“¿Ya está escondida?”

Valeria respondió:

“Sí.”

Tres minutos después:

“Desactiva la alarma y vete.”

Eso hicimos.

Pero nadie se fue realmente.


A las once y cuarenta apareció un automóvil.

Un hombre entró utilizando su propia llave.

Fue directamente hacia la escalera.

No buscó.

Sabía exactamente dónde debía estar la maleta.

Los investigadores lo detuvieron al salir.

Cuando revisaron lo que llevaba, encontraron documentación financiera vinculada a varias empresas fantasma.

Pero lo que me dejó helada fue otra cosa.

Había registros de transferencias realizadas utilizando datos de mi empresa.

Mi nombre aparecía una y otra vez.

Mateo llevaba meses construyendo un rastro que apuntaba hacia mí.

Jimena pasó varias páginas.

—Lucía, esto parece preparado para que tú cargues con la responsabilidad si alguien investigaba.

Valeria comenzó a llorar.

—Entonces papá sabía que mamá podía terminar en prisión.

El investigador negó lentamente.

—No solo lo sabía.

Miró las seis instrucciones.

—Parece que estaba preparando precisamente ese resultado.


A la mañana siguiente Mateo llamó desde Panamá.

Contesté yo.

Hubo un silencio largo.

—¿Dónde está Valeria?

Ni siquiera preguntó cómo estaba después de mi supuesto ingreso en urgencias.

—Conmigo.

—Dámela.

—No.

Su respiración cambió.

—Lucía, no sabes en qué te estás metiendo.

—Sé bastante.

Mencioné la maleta.

Mateo guardó silencio.

Después soltó una frase que terminó de destruir cualquier duda.

—Si hubieras hecho siempre lo que te decía, nada de esto habría sido necesario.

—¿Qué cosa? ¿Utilizar mi empresa? ¿Manipular a nuestra hija?

—Lo hice para proteger lo que construí.

Me reí sin humor.

—¿Y nosotros?

No respondió.

Ya tenía mi respuesta.

Colgué.


Dos días después, Jimena llegó a mi taller con otra carpeta.

—Encontramos algo.

Mateo había contratado meses antes una póliza y reorganizado varias sociedades.

Si el fraude era descubierto, gran parte de las operaciones sospechosas conducirían hacia mí.

Mientras él permanecía fuera del país.

Valeria no había sido elegida para salvarme.

Había sido utilizada para mover la última pieza y dejar sus huellas en el proceso.

Madre e hija.

Las dos convertidas en protección para Mateo.

Pero había cometido un error.

Las instrucciones estaban escritas de su puño y letra.

Y su llamada con Valeria había quedado registrada.

Jimena cerró la carpeta.

—Ahora tenemos que descubrir quién estaba por encima de él.

Fruncí el ceño.

—¿Por encima?

Sacó una fotografía obtenida durante la investigación.

Mateo aparecía entrando en un restaurante seis meses antes.

A su lado caminaba otro hombre.

Sentí que me faltaba el aire.

—No puede ser.

Valeria miró la fotografía.

—Mamá, ¿quién es?

No pude responder inmediatamente.

Porque conocía aquel rostro desde niña.

Era mi hermano mayor.

El mismo hombre que había invertido el primer millón en mi empresa.

Y debajo de la fotografía había una anotación:

“Operación Lucía: autorización final.”

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