Roman Kane nunca volvió a invitarme a un restaurante.
Compró Bellafonte.
Al menos eso fue lo que pensé cuando, una semana después, el dueño me llamó a su oficina con el rostro completamente pálido.
—Bianca… acaba de llegar un comprador.
Sentado frente al escritorio estaba Roman.
Llevaba un traje oscuro impecable y una carpeta cerrada.
Me miró directamente.
—No compré el restaurante.
Hizo una pausa.
—Solo la deuda que estaba a punto de obligarlo a cerrar.
El propietario bajó la cabeza.
Roman continuó.
—Ahora pertenece a su antiguo dueño. La deuda desapareció.
Me quedé inmóvil.
—¿Por qué harías eso?
Él sonrió apenas.
—Porque me gusta comer aquí.
Su respuesta era absurda.
Pero era la primera vez que veía a un hombre usar millones de dólares como si fueran una simple propina.
Durante los siguientes dieciocho meses descubrí quién era realmente Roman Kane.
No el empresario que aparecía en las revistas.
No el hombre al que políticos y banqueros saludaban con excesivo respeto.
Conmigo era diferente.
Llamaba antes de aparecer.
Esperaba a que terminara mis turnos.
Jamás intentó comprarme.
Jamás me pidió abandonar mi trabajo.
Cuando me propuso matrimonio, solo dijo:
—Quiero construir una familia contigo.
Acepté.
Creí que el verdadero desafío sería acostumbrarme a la riqueza.
Estaba equivocada.
El verdadero problema era su madre.
Evelyn Kane.
Desde el primer día me estudió como si fuera una intrusa.
—Una gerente de restaurante…
Qué curiosa elección para mi hijo.
Nunca levantaba la voz.
No lo necesitaba.
Cada frase estaba diseñada para recordarme que yo no pertenecía allí.
Cuando supo que estaba embarazada, sonrió delante de Roman.
En cuanto él salía de la habitación, su expresión desaparecía.
—Espero que ese bebé al menos aprenda modales mejores que los tuyos.
Roman nunca escuchó esas conversaciones.
Pasaba semanas enteras viajando entre Londres, Dubái y Singapur cerrando adquisiciones.
Siempre me llamaba.
Siempre preguntaba por nosotras.
Yo nunca quería preocuparlo.
Creía que podía soportarlo sola.
Todo cambió tres días antes de aquella tormenta.
Roman había salido rumbo a Europa.
Evelyn reunió al personal en el salón principal.
Más de veinte empleados.
Guardias.
Choferes.
Mayordomos.
Jardineros.
Todos presentes.
Me entregó unas tijeras.
—Las mujeres como tú solo seducen con el cabello.
—¿Qué significa eso?
Su sonrisa fue helada.
—Significa que mi nieta merece una madre decente.
Dos empleadas intentaron sujetarme.
—¡Suéltenme!
Luché con todas mis fuerzas.
Protegía mi vientre.
No mi cabeza.
Las tijeras comenzaron a cortar.
Escuchaba mechones caer sobre el mármol.
Nadie intervenía.
Nadie.
Cuando terminaron, Evelyn observó mi cabello destruido.
—Mucho mejor.
Luego señaló la puerta principal.
—Fuera de mi casa.
Intenté llamar a Roman.
Su teléfono aparecía fuera de cobertura durante el vuelo.
Los guardias abrieron el portón.
Después lo cerraron detrás de mí.
Ahora seguía bajo aquella lluvia helada.
Mi cuerpo apenas respondía.
Las contracciones comenzaron lentamente.
No.
Todavía faltaban varias semanas.
No podía estar ocurriendo.
Entonces escuché neumáticos.
Tres camionetas negras atravesaron la entrada a toda velocidad.
El sedán de Roman frenó tan bruscamente que quedó atravesado frente al portón.
El chofer ni siquiera alcanzó a abrir la puerta.
Roman salió corriendo.
Se quedó inmóvil apenas me vio.
Su esposa.
Descalza.
Empapada.
Con el cabello casi rapado.
Abrazando su vientre.
Por primera vez desde que lo conocía…
Roman Kane parecía incapaz de respirar.
—Bianca…
Sus labios apenas pudieron pronunciar mi nombre.
Se quitó inmediatamente el abrigo y me cubrió los hombros.
Sus manos temblaban.
—¿Quién hizo esto?
No respondí.
Solo miré hacia la mansión.
Roman siguió mi mirada.
Después vio el cabello cortado sobre el suelo mojado, cerca de la entrada.
Su rostro cambió.
Desapareció el esposo.
Apareció el hombre al que toda la ciudad temía.
Las puertas de la mansión se abrieron lentamente.
Evelyn salió sonriendo.
—Roman, por fin llegaste. Esa mujer estaba haciendo un escándalo…
No terminó la frase.
Roman levantó una mano.
—Ni una palabra más.
Su voz era tan baja que hasta los truenos parecieron apagarse.
Los empleados comenzaron a salir uno por uno.
Todos mantenían la cabeza agachada.
Roman los recorrió con la mirada.
—¿Quién la tocó?
Silencio absoluto.
Entonces una de las jóvenes empleadas rompió a llorar.
—Señor Kane… intentamos detenerla…
La señora Evelyn nos amenazó con despedirnos si interveníamos.
Roman cerró lentamente los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, miró directamente al jefe de seguridad.
—Cierren los portones.
Nadie entra.
Nadie sale.
Luego abrazó con cuidado mi vientre.
—Vamos al hospital.
Sentí otra contracción.
Más fuerte.
Roman bajó la vista alarmado.
—¿Bianca?

Tomé aire con dificultad.
—Creo… creo que la bebé ya no se está moviendo…
Por primera vez en muchos años, el hombre más poderoso de Long Island perdió completamente el color del rostro.