Charlotte permaneció inmóvil.
Dentro de la caja solo había una llave plateada y una pequeña tarjeta.
Apartamento 2601. Residencias Riverside.
Miró a Julian sin comprender.
—¿Qué significa esto?
Él respondió con la misma calma de siempre.
—Es tuyo.
Toda la oficina quedó en silencio.
Sophie abrió mucho los ojos.
Marcus, que acababa de salir del ascensor para una reunión, también se detuvo.
Charlotte cerró lentamente la caja.
—No puedo aceptarlo.
Julian apoyó una mano sobre el escritorio.
—Hace dos años dijiste que el edificio donde vivías tenía problemas de seguridad.
—Compré ese apartamento para que te mudaras.
Ella sintió un nudo en la garganta.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque lo rechazabas todo.
No era mentira.
Cada bono extraordinario.
Cada regalo de cumpleaños.
Cada aumento que consideraba excesivo.
Siempre encontraba la manera de devolverlo.
Julian la observó unos segundos.
—Pensé que algún día lo necesitarías.
Charlotte respiró profundamente.
Después empujó la caja hacia él.
—Ahora lo necesita otra persona.
—Yo me caso.
Por primera vez en seis años, el rostro de Julian perdió completamente el control.
—¿Con quién?
Ella sonrió con tristeza.
—Eso ya no debería importarle.
El silencio se volvió insoportable.
Sophie miraba alternativamente a uno y otro sin entender qué estaba ocurriendo.
Julian habló despacio.
—Nunca mencionaste a ningún novio.
—Porque mi vida privada no formaba parte de mi trabajo.
—¿Quién es?
Charlotte guardó los últimos documentos dentro de una carpeta.
—El hombre con el que voy a construir una familia.
La mandíbula de Julian se tensó.
—¿Desde cuándo?
Ella respondió sin levantar la vista.
—Desde que entendí que esperar a alguien que nunca iba a elegirme era perder el tiempo.
Aquellas palabras parecieron golpearlo con más fuerza que cualquier discusión.
Dos horas después comenzó la reunión del consejo.
Julian no escuchó una sola presentación.
Todos notaban que algo estaba mal.
Cuando terminó, Ethan cerró la puerta del despacho.
—¿Qué te pasa?
Julian permaneció en silencio.
Marcus soltó una risa.
—No me digas que Charlotte realmente va a renunciar.
—Sí.
—Consíguete otra secretaria.
Julian levantó lentamente la cabeza.
—No quiero otra secretaria.
Los tres hombres dejaron de hablar.
Ethan frunció el ceño.
—Entonces… ¿qué quieres?
Julian permaneció varios segundos mirando la ventana.
Finalmente respondió con una sinceridad que jamás había permitido salir.
—Quiero que no se vaya.
Marcus soltó una carcajada.
—Eso no es un problema laboral.
Julian cerró los ojos.
—Lo sé.
—Es el primero que no puedo resolver con dinero.
Esa tarde, Charlotte terminó de vaciar su escritorio.
La pequeña planta fue la última cosa que guardó en la caja.
Cuando estaba a punto de marcharse, el ascensor se abrió.
Entró Amelia Sterling.
Elegante.
Serena.
Con un vestido blanco impecable.
Charlotte dio un paso atrás.
—Señorita Sterling.
Amelia sonrió con educación.
—Así que tú eres Charlotte.
La joven asintió.
Esperaba escuchar felicitaciones por el compromiso.
O alguna petición relacionada con Julian.
Pero Amelia dijo algo completamente distinto.
—Necesito aclarar un malentendido.
Charlotte la miró confundida.
Amelia levantó la mano izquierda.
No llevaba ningún anillo.
—Nunca acepté casarme con Julian.
Charlotte sintió que el mundo se detenía.
—¿Qué?
Amelia sonrió con cierta ironía.
—Nuestros abuelos quieren unir las familias.
—Nosotros nunca quisimos esa boda.
Charlotte permaneció inmóvil.
Amelia dio un paso más.
—De hecho…
Miró hacia el despacho del director.
—El único problema de Julian siempre ha sido otro.
Charlotte siguió automáticamente la dirección de su mirada.
Al otro lado del cristal, Julian estaba de pie.
Los observaba sin apartar los ojos de ella.

Y por primera vez desde que comenzó a trabajar para él…
Charlotte tuvo la sensación de que el hombre más frío de la empresa estaba mucho más asustado de perderla que ella de marcharse.