PARTE 2: LA LLAMADA QUE ÉL DECIDIÓ IGNORAR

Elena pulsó reproducir.

La voz de Clara llenó la sala.

—Mark, no le pases ninguna llamada de Elena. Adrian está conmigo y no quiero que vuelva corriendo cada vez que ella llora por su padre.

Después se oyó a Mark.

—Pero parece una emergencia.

Clara soltó una pequeña risa.

—Siempre es una emergencia cuando se trata de Elena.

La grabación terminó.

Adrian giró lentamente hacia Clara.

—¿Tú sabías que Elena estaba llamando?

Clara palideció.

—Adrian, puedo explicarlo.

—¿Sabías que Robert estaba en cirugía?

—No sabía que fuera tan grave.

Elena abrió otra grabación.

Esta vez la voz de Clara era todavía más clara.

—Su padre está rodeado de médicos. Yo solo tengo a Adrian. Déjame tenerlo unas horas.

Adrian cerró los ojos.

Elena no necesitaba decir nada más.

Durante años había soportado a Clara porque Adrian siempre repetía la misma explicación.

“Es una vieja amiga.”

“Está sola.”

“Necesita ayuda.”

Y cada vez que Elena protestaba, él la llamaba celosa.

Ahora su suegro estaba muerto.

Y ninguna explicación podía devolverlo.

Adrian se abalanzó sobre Mark.

—Estás despedido.

Elena soltó una risa vacía.

—Qué fácil.

Adrian se volvió.

—Elena…

—Despides a tu asistente y culpas a Clara. ¿Y tú?

Él quedó inmóvil.

—Tú eras el cirujano, Adrian.

—Tú eras mi esposo.

—Tú conocías la operación de mi padre desde hacía semanas.

Cada frase cayó con precisión.

—Aunque Mark hubiera bloqueado cien llamadas, tú sabías dónde debías estar.

Adrian bajó la cabeza.

Por primera vez no tenía una defensa.

Clara intentó acercarse.

—Adrian, yo estaba asustada…

Él retrocedió.

—Vete.

—Pero…

—¡Vete!

Clara salió llorando.

Elena se levantó lentamente, todavía abrazando la bolsa con las cenizas de su padre.

Adrian extendió una mano.

—Déjame llevarte a casa.

—Ya no tenemos casa.

Él levantó la mirada.

Elena sacó un sobre de su bolso.

Lo colocó sobre la silla.

Solicitud de divorcio.

—Elena, no.

Por fin apareció miedo verdadero en el rostro de Adrian.

—Podemos arreglar esto.

—¿Cómo?

Ella levantó ligeramente la bolsa marrón.

—¿Puedes devolverme a mi padre?

Adrian no respondió.

—Entonces no digas que puedes arreglarlo.

Pasaron tres meses.

La investigación interna del hospital confirmó que Adrian había abandonado una cirugía programada sin realizar correctamente el relevo del caso.

Mark también había interferido con comunicaciones relacionadas con una emergencia.

Clara había mentido sobre lo ocurrido.

Pero para Elena, ninguna sanción era suficiente para convertir el pasado en otra cosa.

El día de la audiencia de divorcio, Adrian parecía haber envejecido años.

—Elena, dame otra oportunidad.

Ella negó.

—Te di doce años.

—Te amo.

Elena lo miró durante largo rato.

—Quizá.

Aquella respuesta pareció destruirlo.

—Pero amar a alguien no sirve de mucho si cada vez que debe elegirte, elige a otra persona.

Firmó.

Adrian observó su nombre aparecer sobre el documento.

—¿Eso es todo?

Elena guardó su copia.

—No.

Sacó del bolso una pequeña caja.

Dentro estaba el reloj que Robert había regalado a Adrian cuando terminó su residencia.

En la parte posterior había una inscripción:

Cuida vidas. Cuida a tu familia.

Adrian lo sostuvo con manos temblorosas.

—Tu padre me trató como a un hijo.

—Lo sé.

—Y yo no estuve allí.

Elena no respondió.

No hacía falta.

Un año después, Adrian visitó solo la tumba de Robert.

Dejó el reloj junto a las flores y permaneció allí hasta que comenzó a llover.

Elena nunca regresó con él.

Reconstruyó su vida lejos del hospital, lejos de Clara y lejos de aquella casa donde siempre había tenido que competir por la atención de su propio esposo.

Adrian, en cambio, tuvo que vivir con una verdad que ningún título médico podía corregir.

Había dedicado su vida a salvar desconocidos.

Pero el día que la persona que más confiaba en él necesitó que cumpliera una sola promesa, decidió que podía esperar.

Robert no pudo.

Y Elena tampoco.

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