PARTE 2: LA LLAMADA QUE CAMBIÓ TODO

Abigail sostuvo el teléfono durante varios segundos antes de responder al mensaje.

«¿Quién es usted?»

La respuesta llegó casi de inmediato.

«Alguien que lleva demasiado tiempo viendo cómo Spencer utiliza a las personas.»

Un escalofrío recorrió su espalda.

«¿Qué sabe de mi hijo?»

Tres puntos aparecieron en la pantalla.

Desaparecieron.

Volvieron a aparecer.

Finalmente llegó un solo mensaje.

«No está tan enfermo como usted cree.»

Abigail sintió que el corazón dejaba de latir durante un instante.

Miró otra vez el boleto de lotería sobre la mesa.

Veinte millones de dólares.

Hasta una hora antes, aquel papel representaba esperanza.

Ahora parecía una prueba.

Llamó al número.

Contestó una mujer joven.

—¿Naomi?

—Sí.

Su voz sonaba nerviosa.

—¿Quién es usted?

—Trabajé con Spencer durante casi dos años.

Abigail permaneció en silencio.

—No puedo seguir viendo esto.

—¿Qué cosa?

Naomi respiró hondo.

—Su enfermedad.

—¿Qué pasa con ella?

—No digo que Spencer nunca estuviera enfermo.

La frase hizo que Abigail cerrara los ojos.

—Pero las recaídas…

Otra pausa.

—…no son exactamente como usted cree.

Abigail sintió un vacío en el estómago.

—Explíquese.

—Hace ocho meses dejó de trabajar porque decía que necesitaba concentrarse en su tratamiento.

—Así es.

—Pero nunca dejó de viajar.

Abigail frunció el ceño.

—¿Viajar?

—Las Vegas.

—¿Qué?

—También Miami.

—Eso es imposible.

—Tengo fotografías.

Abigail dejó caer lentamente la espalda contra la silla.

Durante esos mismos meses ella había trabajado dobles turnos limpiando oficinas para pagar medicamentos que, según Spencer, eran imposibles de conseguir con el seguro médico.

—¿Por qué me dice esto ahora?

Naomi tardó varios segundos en responder.

—Porque ayer escuché algo.

—¿Qué escuchó?

—Spencer recibió una llamada.

Abigail apretó el teléfono.

—¿De quién?

—De un hombre llamado Derek.

La voz de Naomi empezó a temblar.

—Le dijo que, si usted heredaba o ganaba dinero algún día, debían convencerla de que el tratamiento experimental costaría millones.

El mundo pareció detenerse.

—No…

—Escuché toda la conversación.

Abigail sintió náuseas.

—¿Está segura?

—Completamente.

Miró otra vez el boleto de lotería.

Nadie conocía aquel premio.

Nadie.

Entonces comprendió algo.

La conversación que había escuchado en el hospital no era un comentario cruel.

Era parte de un plan.

—¿Por qué cree que hicieron eso?

—Porque Spencer siempre decía lo mismo.

Naomi tragó saliva.

—”Mientras mamá siga creyendo que soy la única persona que necesita ayuda, jamás dejará de pagar.”

Abigail cerró los ojos.

Treinta y cuatro años.

Tres empleos.

Dos hipotecas.

Una jubilación desaparecida.

Todo para proteger a su hijo.

Y quizá nunca había estado salvándolo.

Quizá solo había estado financiándolo.

—Naomi…

—Sí.

—¿Tiene pruebas?

—Muchas.

—Mensajes.

—Transferencias.

—Fotografías.

—Y algo más.

Abigail contuvo la respiración.

—¿Qué?

La joven respondió muy despacio.

—Los informes médicos originales.

El silencio inundó la casa.

—¿Cómo consiguió eso?

—Porque Spencer me pidió que los destruyera.

Abigail sintió que la sangre se helaba.

—¿Los destruyó?

—No.

—¿Por qué?

—Porque cuando los leí comprendí que alguien estaba modificando los diagnósticos antes de que usted los viera.

El boleto de lotería seguía sobre la mesa.

Pero Abigail ya no pensaba en reclamar el premio.

Pensaba en otra cosa.

Si los informes habían sido alterados…

Entonces la verdadera enfermedad que llevaba meses consumiendo su vida quizá no estaba en el cuerpo de su hijo.

Estaba en la red de personas que habían convertido el amor de una madre en el fraude perfecto.

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