PARTE 2: LA LLAMADA QUE CAMBIÓ LA NOCHE

El plato roto dejó la casa en silencio.

Nadie volvió a reír.

Rodrigo dio un paso hacia Valeria.

—¿Ya terminaste con tu espectáculo?

Ella levantó con cuidado a Mateo en brazos.

Todavía sostenía el pequeño pedazo de langosta envuelto en una servilleta.

—Mi amor, vamos al cuarto.

—¿Estás enojada conmigo? —preguntó el niño con la voz temblorosa.

Valeria sintió que el corazón se le rompía otra vez.

—Nunca contigo.

Lo acostó, lo arropó y besó su frente.

—Espérame aquí un momento.

Cuando regresó a la sala, Rodrigo seguía esperándola con los brazos cruzados.

Carmen recogía los platos como si nada hubiera pasado.

Daniela revisaba el teléfono.

—Ahora sí —dijo Rodrigo—. ¿Qué drama vas a inventar?

Valeria respiró despacio.

Sacó el celular.

Abrió la aplicación del banco.

Sin decir una palabra, puso la pantalla frente a él.

Rodrigo leyó el encabezado.

“Operación suspendida por verificación de identidad.”

Su expresión cambió apenas un instante.

Fue suficiente para que Valeria lo notara.

—¿Qué es eso? —preguntó Carmen.

—Una llamada que recibí hoy del banco.

Silencio.

—Me informaron que existe una solicitud de crédito hipotecario vinculada a mi nombre y actualmente en revisión.

Rodrigo recuperó rápidamente la calma.

—Seguramente es un error del sistema.

—Ojalá.

Valeria guardó el teléfono.

—Por eso mañana voy personalmente al banco a revisar todo.

Daniela dejó de sonreír.

—¿Para qué hacer tanto escándalo?

—Porque si alguien utilizó mis datos sin autorización, quiero saber exactamente qué pasó.

Rodrigo evitó mirarla.

—Te estás imaginando cosas.

En ese momento sonó el celular de Valeria.

Número desconocido.

Contestó.

—¿Señora Valeria Morales?

—Sí.

—Le habla Laura Méndez, del área jurídica del banco. Solo queríamos confirmarle que mañana a las nueve de la mañana quedó agendada la revisión de su expediente. Le recomendamos acudir con una identificación oficial y cualquier documento relacionado con la propiedad.

—Ahí estaré.

Colgó.

Nadie habló.

Todos habían escuchado la llamada.


Valeria volvió al cuarto de Mateo.

Abrió el clóset.

Sacó una pequeña mochila azul.

Dentro ya había ropa, medicamentos, un oso de peluche y los documentos más importantes del niño.

La cerró lentamente.

Después abrió el cajón donde guardaba una carpeta transparente.

Ahí estaban los recibos de las mensualidades de la casa.

Uno detrás de otro.

Durante siete años.

Todos pagados desde su cuenta.

Los observó en silencio.

No sabía aún qué había ocurrido exactamente con el crédito.

Pero sí sabía una cosa.

Al día siguiente dejaría de hacer suposiciones.

Buscaría respuestas.


A la mañana siguiente llegó puntual a la sucursal.

La licenciada Laura Méndez la recibió junto con el gerente.

Colocaron un expediente grueso sobre la mesa.

—Señora Valeria, antes de revisar la documentación, necesitamos hacerle una pregunta muy concreta.

Ella asintió.

—¿Reconoce esta firma como suya?

Le mostraron la última hoja de la solicitud.

Valeria observó la rúbrica durante varios segundos.

Se parecía mucho a la suya.

Pero había un detalle.

Una pequeña curva en la inicial de su apellido que ella nunca hacía.

Levantó lentamente la vista.

—No.

Esa no es mi firma.

El gerente cerró la carpeta con expresión seria.

—Entonces tendremos que activar el protocolo correspondiente y revisar cómo se originó esta solicitud.

Valeria sintió un escalofrío.

Mientras tanto, en su casa, Rodrigo recibió una llamada del mismo banco.

Solo escuchó una frase antes de que el color desapareciera de su rostro.

—Señor Rodrigo, necesitamos que se presente hoy mismo para aclarar algunas inconsistencias detectadas en el expediente hipotecario.

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