PARTE 2: LA LLAMADA EQUIVOCADA

Mariana bajó del camión veinte minutos después.

Cada paso era un castigo.

La cicatriz de la cesárea parecía abrirse bajo la venda, pero no aflojó el abrazo alrededor de Leo.

Cuando llegó al edificio donde vivía con Rodrigo, dos camionetas negras ya estaban estacionadas frente a la entrada.

Cuatro hombres con traje descendieron al verla.

—Señorita Armenta.

Uno de ellos abrió inmediatamente una sombrilla para cubrirla del sol.

Otro tomó con cuidado la pañalera.

El tercero abrió la puerta del edificio.

Ninguno hizo preguntas.

Su padre solo había dado una orden.

Protegerla.


Media hora después, Joaquín Armenta llegó personalmente.

Entró al departamento sin quitarse siquiera el saco.

Al ver a su hija caminando con dificultad, el rostro se le endureció.

—¿Dónde está el medicamento para el dolor?

Mariana señaló la cocina.

—Todavía no he podido comprarlo.

Joaquín permaneció inmóvil.

—¿Cómo que no has podido?

Ella sonrió con amargura.

—Rodrigo dijo que era un gasto innecesario. Que con reposo bastaba.

El empresario cerró lentamente los puños.

Después miró la pequeña cuna junto a la ventana.

Leo dormía ajeno a todo.

Joaquín se acercó, acarició la diminuta mano de su nieto y habló casi en un susurro.

—Perdóname.

Creí que ocultar quiénes éramos te daría una oportunidad de encontrar un hombre que te quisiera por ti.

Nunca imaginé que terminaría tratándote así.


Aquella misma tarde, en un restaurante exclusivo de Polanco, Rodrigo levantaba una copa de vino.

Victoria reía contando anécdotas.

Daniela enseñaba fotografías del bebé… tomadas por ella misma antes de salir del hospital.

Como si hubiera sido una madre orgullosa.

El teléfono de Rodrigo comenzó a vibrar.

Lo ignoró.

Volvió a sonar.

Otra vez.

Fastidiado, contestó.

—¿Qué pasa?

Su director financiero hablaba tan rápido que apenas podía entenderse.

—Rodrigo… acaba de ocurrir algo muy extraño.

—Estoy ocupado.

—Los bancos suspendieron la línea de crédito hace diez minutos.

Rodrigo dejó lentamente la copa sobre la mesa.

—¿Qué?

—Y el fondo Atlas canceló la reunión de inversión.

Victoria frunció el ceño.

—¿Qué sucede?

Rodrigo levantó un dedo para pedir silencio.

Del otro lado continuaban hablando.

—También llamó el grupo Méndez.

Dicen que revisarán nuevamente todos los contratos firmados con NexaData.

Rodrigo se puso de pie.

—Eso es imposible.

Tenemos acuerdos cerrados.

La respuesta llegó inmediatamente.

—Dicen que el respaldo estratégico del Grupo Armenta ya no existe.

El color desapareció del rostro de Rodrigo.

—¿Qué respaldo?

El director financiero guardó silencio unos segundos.

—¿No sabías que la mayoría de nuestros inversionistas aceptaron entrar porque daban por hecho que tú eras el yerno de Joaquín Armenta?

Rodrigo sintió que el restaurante entero comenzaba a girar.

—Eso… eso nunca fue oficial.

—No hacía falta.

Todo el mercado lo sabía.

Y hace quince minutos el Grupo Armenta confirmó públicamente que rompe cualquier relación empresarial contigo.

La llamada terminó.

Rodrigo permaneció inmóvil.

Daniela lo miró confundida.

—¿Qué pasó?

Él apenas podía respirar.

—No puede ser…

Victoria tomó su brazo.

—Habla.

Rodrigo levantó lentamente la vista.

—Creo…

Creo que Mariana es mucho más importante de lo que todos pensábamos.


En ese mismo instante, Mariana firmaba tranquilamente unos documentos frente a su padre.

—¿Estás segura?

Ella leyó la última página.

Era la solicitud formal de divorcio.

Sin temblar, escribió su nombre.

—Completamente segura.

Joaquín asintió.

Luego entregó otra carpeta.

—Hay algo más.

Mariana la abrió.

Dentro estaban los documentos originales de la camioneta negra.

El vehículo nunca había pertenecido a Rodrigo.

Siempre había estado registrado a nombre del Grupo Armenta.

Joaquín sonrió por primera vez en todo el día.

—Mañana a las ocho de la mañana irán por ella.

Mariana levantó la vista.

—¿Al restaurante?

—No.

Su padre negó lentamente con la cabeza.

—A las oficinas de NexaData.

Porque quiero que Rodrigo vea cómo se llevan, frente a todos sus empleados, el primer lujo que creyó suyo.

Y eso…

Será apenas el comienzo.

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