PARTE 2: LA CARTA QUE JULIÁN ESCONDIÓ CONDENABA A MI PROPIA FAMILIA

El silencio llenó la casa.

Mi madre ya no miraba el dinero.

Miraba la carta.

Mis dedos temblaban mientras seguía leyendo.

“Durante los últimos dos años descubrí algo que nunca quise creer.”

“El accidente que sufrimos no fue el primer intento de hacernos daño.”

Sentí que el aire desaparecía.

Levanté lentamente la vista.

Rodrigo había dejado el teléfono sobre la mesa.

Por primera vez desde que llegó, parecía nervioso.

Continué leyendo.

“No podía decirte nada hasta conseguir pruebas suficientes.”

“Porque las personas involucradas no eran desconocidos.”

“Eran tu propia familia.”

Mi madre dio un paso hacia mí.

—¿Qué tonterías escribió Julián?

No respondí.

Saqué la memoria USB.

Después coloqué sobre la mesa varias copias de transferencias bancarias.

Todas llevaban el mismo nombre.

Rodrigo Salazar.

Mi hermano tragó saliva.

—Eso no demuestra nada.

Seguí sacando documentos.

Había estados de cuenta.

Contratos.

Correos electrónicos impresos.

Y fotografías.

Muchas fotografías.

Una de ellas mostraba a Rodrigo reunido con un hombre al que reconocí inmediatamente.

Era Esteban Gálvez.

El dueño de la empresa de transporte cuyo camión había provocado el accidente donde murieron Julián y Sofía.

Mi padre frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Abrí la última página.

Era un informe elaborado por un investigador privado.

“El señor Rodrigo Salazar recibió depósitos por un total de 3.850.000 pesos procedentes de empresas vinculadas a Grupo Gálvez durante los ocho meses anteriores al accidente.”

Mi hermano golpeó la mesa.

—¡Eso era una inversión!

Julián ya había previsto aquella respuesta.

Dentro del sobre apareció otra hoja.

“Si Rodrigo dice que era una inversión, miente.”

“Encontré el contrato original.”

Lo extendí sobre la mesa.

Era un acuerdo confidencial.

En la última página aparecía una cláusula resaltada.

“Pago final tras la liberación del terreno ubicado en Coyoacán.”

Miré alrededor.

Nuestra casa.

El terreno.

Todo comenzó a encajar.

Julián se había negado durante años a vender la propiedad porque debajo pasaría una nueva avenida comercial.

Su valor se multiplicaría.

Respiré con dificultad.

—¿Querían la casa?

Rodrigo evitó responder.

Mi madre habló primero.

—No entiendes cómo funcionan los negocios.

La miré sin creer lo que escuchaba.

—¿Negocios?

Mi hija está enterrada desde hace tres días.

Mi esposo también.

¿Y hablas de negocios?

Mi padre levantó la voz.

—¡Basta!

No acuses a tu hermano sin pruebas.

Levanté lentamente la memoria USB.

—Las pruebas están aquí.

Mi madre intentó arrebatármela.

Retrocedí un paso.

—No vuelvas a tocarme.


En ese momento sonó el timbre.

Tres golpes firmes.

Abrí la puerta.

Dos agentes de la Fiscalía y un hombre de traje permanecían frente a la entrada.

El abogado se presentó.

—Licenciada Elena Salazar.

Soy el notario de Julián Herrera.

Él me pidió entregar personalmente una copia del expediente si llegaba a ocurrirle algo.

Mi madre perdió completamente el color.

El notario dejó un maletín sobre la mesa.

Lo abrió.

Dentro había otra carpeta negra.

Mucho más gruesa.

—Su esposo llevaba dieciocho meses reuniendo información.

No solo sobre el accidente.

También sobre varias operaciones financieras relacionadas con su familia.

Rodrigo comenzó a retroceder lentamente hacia la puerta.

Uno de los agentes se movió antes que él.

—Señor Rodrigo Salazar.

Le recomiendo permanecer donde está.

El notario abrió la primera página.

—Hay algo que la señora Elena todavía no sabe.

Todos guardamos silencio.

—Hace nueve meses, Julián modificó completamente su testamento.

Mi padre soltó una risa nerviosa.

—¿Y eso qué tiene que ver?

El abogado levantó la vista.

—Mucho.

Porque si se demuestra que algún miembro de su familia participó directa o indirectamente en el accidente…

Hizo una breve pausa.

—No solo perderá cualquier derecho sobre esta propiedad.

También perderá acceso a un patrimonio cuyo valor supera los ciento veinte millones de pesos.

Rodrigo dejó de respirar por un instante.

Pero lo que terminó de destruir el rostro de mi madre no fue la cifra.

Fue la última frase del abogado.

—Y según los documentos que Julián dejó bajo resguardo…

La persona que organizó el primer encuentro entre Rodrigo y el empresario del transporte…

No fue su hermano.

Fue su padre.

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