PARTE 2: LA LLAMADA

Mi mano empezó a temblar.

Sentía la frente arder por el golpe de la botella, pero ya no me importaba el dolor.

Solo podía escuchar aquella voz al otro lado del teléfono.

—¿Qué… qué dijo?

La mujer respiró hondo antes de responder.

—Señora Reed, soy la doctora Laura Bennett, del Banco Militar de Sangre y Tejidos. Necesito que venga inmediatamente al Hospital Militar Central. Hay información nueva sobre su hija.

Las lágrimas volvieron a brotar.

—Mi esposo me dijo que nació sin vida.

Hubo unos segundos de silencio.

—Eso es precisamente lo que debemos aclarar.

Colgué sin decir una palabra más.

Veinte minutos después regresé al hospital acompañada por mi abogado, Samuel Brooks.

No quería volver a enfrentar sola a la familia Hawthorne.

La doctora Bennett nos esperaba en una pequeña sala de reuniones.

Sobre la mesa había una carpeta roja.

La abrió lentamente.

—Señora Reed, durante el parto hubo una confusión extremadamente grave.

Sentí que el corazón iba a salírseme del pecho.

—Explíquese.

—Cuando usted sufrió la hemorragia, dos recién nacidos ingresaron casi al mismo tiempo en la Unidad Neonatal.

—Mi hija… y el hijo de Evelyn.

La doctora asintió.

—Exactamente.

Sacó dos pulseras de identificación.

Las colocó frente a mí.

Una llevaba escrito:

Bebé Carter.

La otra:

Bebé Reed.

Algo no cuadraba.

Las fechas eran iguales.

Las horas también.

Pero los códigos de incubadora estaban invertidos.

Mi abogado frunció el ceño.

—¿Qué significa esto?

La doctora respiró profundamente.

—Significa que alguien intercambió las pulseras durante la emergencia.

Sentí que el mundo daba vueltas.

—¿Mi hija…?

—No podemos confirmar nada todavía.

—¡Dígame la verdad!

La doctora levantó otra hoja.

—El certificado de defunción que recibió su esposo fue emitido antes de completar la identificación genética.

Samuel tomó el documento.

Lo revisó con rapidez.

—Aquí falta una firma obligatoria.

—Lo sabemos.

—Y tampoco aparece el nombre del neonatólogo responsable.

La doctora bajó la mirada.

—Porque nunca llegó.

La sala quedó completamente en silencio.

—¿Dónde está mi bebé? —pregunté con la voz quebrada.

La doctora dudó unos segundos.

—Eso es lo que estamos intentando averiguar.

En ese momento la puerta se abrió.

Entró un enfermero visiblemente nervioso.

—Doctora…

—¿Qué ocurre?

—La cámara de seguridad del área neonatal terminó de procesarse.

Todos giramos hacia él.

El joven sostenía una memoria USB.

—Las grabaciones muestran que una mujer ingresó a la unidad veinte minutos después del parto.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién?

El enfermero tragó saliva.

—Todavía no se ve su rostro.

La doctora conectó la memoria al ordenador.

La imagen apareció en la pantalla.

Se veía el pasillo de Neonatología.

Una figura femenina, cubierta con bata médica, gorro y mascarilla, empujaba una incubadora.

Se detenía frente a dos cunas.

Miraba a ambos bebés.

Después cambiaba las pulseras de identificación.

Mi abogado golpeó la mesa.

—¡Detengan la imagen!

La doctora congeló el fotograma.

La mujer llevaba guantes.

El rostro seguía oculto.

Pero había un detalle imposible de ignorar.

En su muñeca derecha brillaba un brazalete de oro con un pequeño colgante en forma de halcón.

Lo reconocí al instante.

No pertenecía a una enfermera.

Era una joya exclusiva que la madre de Ethan llevaba desde hacía más de veinte años y que jamás se quitaba.

Antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, la doctora recibió una llamada del laboratorio.

Contestó.

Escuchó durante apenas diez segundos.

Su expresión cambió por completo.

Luego levantó lentamente la vista hacia mí.

—Señora Reed…

Mi respiración se detuvo.

—Acaban de llegar los resultados del ADN.

Hizo una pausa.

—La bebé que todos dieron por muerta… no es su hija.

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