Asunto:
“NOTIFICACIÓN DE NO RENOVACIÓN DE LICENCIA NESTCORE.”
El correo tenía cuatro líneas.
“La licencia gratuita concedida a Zhou Smart Technologies finalizará según contrato dentro de tres días.
No autorizo renovación, extensión ni sublicencia.
Todo uso posterior requerirá un nuevo acuerdo comercial.
Atentamente,
Claire Carter.”
Presioné enviar.
A los nueve minutos llamó Ethan.
No contesté.
A los doce minutos llamó otra vez.
Después llegaron diecisiete mensajes.
“Claire, esto no es un juego.”
“Tenemos contratos activos.”
“Llámame inmediatamente.”
“¿Cuánto quieres?”
Sonreí.
Ayer me había ofrecido doscientos mil yuanes para desaparecer de su vida.
Hoy ya preguntaba mi precio.
Dos días después, Zhou Smart Technologies convocó una reunión de emergencia.
Daniel y yo asistimos en representación de Horizon.
Cuando Ethan entró en la sala y me vio sentada al otro lado de la mesa, se detuvo.
—¿Qué haces aquí?
Daniel respondió:
—La ingeniera Carter representa al titular de NestCore.
Ethan me miró fijamente.
—Claire, somos marido y mujer.
—Ya firmamos el divorcio.
—Todavía podemos solucionarlo.
Abrí una carpeta.
—Precisamente para eso estamos aquí.
Su abogado revisó el contrato original.
Fecha.
Firma.
Registro de propiedad intelectual.
Licencia gratuita durante siete años.
Sin renovación automática.
Todo estaba claro.
La madre de Ethan había llegado también.
Golpeó la mesa.
—¡Mi hijo convirtió ese código en una empresa de mil millones!
—Entonces no debería tener problemas para construir otro —respondí.
Se quedó callada.
Porque todos sabían que no podían hacerlo en tres días.
Ethan cambió de estrategia.
—Claire, dime cuánto quieres.
—Nada.
—¿Nada?
—No voy a renovarte la licencia.
Su rostro perdió color.
—¿Quieres destruirme por Emma?
Lo miré.
—Emma solo me hizo descubrir qué clase de matrimonio tenía. Esta decisión es empresarial.
Daniel deslizó otro documento sobre la mesa.
—Horizon Group ha adquirido una licencia comercial de NestCore y financiará la nueva compañía de la ingeniera Carter.
Ethan miró la cifra.
Treinta millones.
Su expresión se congeló.
—¿Te pagaron treinta millones por ese sistema?
—Por la primera fase —respondí.
Las mismas manos que él había llamado inútiles acababan de firmar un contrato ciento cincuenta veces mayor que mi compensación de divorcio.
Tres días después, la licencia expiró.
Los clientes más importantes de Zhou Smart Technologies exigieron garantías sobre la continuidad tecnológica.
Los inversionistas empezaron a hacer preguntas.
La nueva ronda de financiación quedó suspendida mientras la empresa intentaba renegociar su estructura tecnológica.
Entonces Ethan apareció en mi oficina.
Sin asistente.
Sin conductor.
Sin aquella arrogancia que había llevado puesta durante siete años.
—Claire, cometí un error.
—Sí.
—Puedo terminar con Emma.
Lo miré sorprendida.
Todavía no entendía nada.
—No me divorcié de ti para ganar una competencia contra ella.
—Entonces dime qué quieres.
—Ya lo tengo.
Señalé la oficina detrás de mí.
Había ingenieros trabajando.
Pantallas llenas de código.
Mi nombre figuraba sobre la puerta de cristal.
CARTER INTELLIGENT SYSTEMS.
—Quería recuperar mi vida.
Ethan bajó la cabeza.
—¿Nunca me amaste?
Aquella pregunta casi consiguió hacerme reír.
—Te di siete años de mi trabajo gratis.
—Te ayudé a construir una empresa.
—Renuncié a mi carrera.
—Y cuando decidiste reemplazarme, todavía intentaste convencerme de que nunca había aportado nada.
Me acerqué a la puerta.
—Te amé demasiado, Ethan.
Hice una pausa.
—Ese fue precisamente mi error.
Meses después, mi empresa cerró su segunda ronda de inversión.
Emma tuvo a su bebé.
Ethan terminó casándose con ella.
No me importó.
Lo único que todavía nos conectaba era el proceso legal y algunos documentos pendientes.
La última vez que nos vimos, Ethan observó el edificio de mi compañía y preguntó:
—Si aquel mensaje nunca hubiera llegado a tu teléfono, ¿habrías seguido conmigo?
Pensé en los siete platos.
En las velas.
En aquella mujer esperando celebrar un aniversario con un hombre que ya había preparado su divorcio.
—Probablemente.
Ethan cerró los ojos.
Entonces comprendió cuál había sido realmente su error.

No fue enamorarse de otra mujer.
Ni siquiera fue dejarme.
Fue enviar accidentalmente un mensaje que despertó a la única persona que llevaba siete años manteniendo dormida.
A mí.