El golpe de la bandeja contra el suelo resonó por todo el salón.
Después llegó el silencio.
Un silencio tan profundo que parecía imposible que sesenta personas estuvieran allí reunidas.
Yo apenas podía respirar.
El dolor atravesaba mi abdomen como una cuchilla.
Intenté incorporarme.
No pude.
Las piernas dejaron de responderme.
Las voces comenzaron a sonar lejanas.
Confusas.
Como si estuvieran al otro lado de una pared.
—¡Llamad a una ambulancia! —gritó alguien.
—¡Está embarazada!
—¡Dios mío!
Vi a mi esposo correr hacia mí.
Por primera vez en todo el día.
Por primera vez desde que había comenzado aquella pesadilla.
—Laura, mírame —decía mientras me sujetaba la cabeza—. Todo va a salir bien.
Quise responder.
Pero otra punzada me robó el aliento.
Y entonces escuché la voz de Carmen.
—No exageréis.
Varias personas giraron la cabeza.
Mi suegra seguía de pie junto a la mesa principal.
Con una copa en la mano.
Molesta.
Más preocupada por la fiesta que por mí.
—Solo está cansada —dijo—. Lleva todo el día dramatizando.
Algunos invitados intercambiaron miradas incómodas.
Otros bajaron la vista.
Pero una mujer se puso de pie.
Lentamente.
Sin apartar los ojos de Carmen.
Yo la había visto llegar horas antes.
Una invitada elegante.
Discreta.
Sentada al fondo del jardín.
Observándolo todo.
No había hablado con nadie.
Hasta ese momento.
—¿De verdad cree eso? —preguntó.
Su voz era tranquila.
Pero provocó que el ambiente se congelara.
Carmen frunció el ceño.
—¿Perdón?
La mujer caminó hacia el centro del salón.
Cada paso aumentaba la tensión.
—He estado observando desde las diez de la mañana.
Todos guardaron silencio.
—La vi cocinar sola.
La vi cargar cajas.
La vi limpiar.
La vi servir bebidas.
La vi permanecer horas junto a los fogones mientras apenas podía mantenerse en pie.
La expresión de Carmen comenzó a endurecerse.
—No es asunto suyo.
—Sí lo es.
La mujer sacó una tarjeta de su bolso.
Y se la mostró.
Mi esposo palideció inmediatamente.
—No puede ser…
Yo apenas distinguía las palabras.
Pero reconocí el logo.
Era del hospital.
La mujer era médica.
No cualquier médica.
Era la jefa de obstetricia del hospital donde me habían atendido durante todo el embarazo.
La misma persona que había firmado mi último informe.
Carmen abrió mucho los ojos.
—¿Usted…?
—Yo fui quien recomendó reposo absoluto hace tres semanas.
Un murmullo recorrió la sala.
La doctora continuó.
—Y también fui quien explicó claramente que cualquier esfuerzo prolongado podía poner en riesgo tanto a la madre como al bebé.
Todos los invitados comenzaron a mirar a Carmen.
Uno tras otro.
Sin excepción.
La sonrisa que había mantenido toda la tarde desapareció.
—Yo no sabía…
—Miente.
La respuesta llegó tan rápido que incluso ella retrocedió.
La doctora abrió una carpeta.
Y extrajo varios documentos.
—Porque esta es una copia del informe.
Levantó una hoja.
—Y aquí aparece su firma confirmando que recibió las instrucciones médicas.
El salón entero explotó en murmullos.
Mi esposo se quedó inmóvil.
Mirando aquel papel.
Luego miró a su madre.
—Mamá…
Carmen comenzó a temblar.

—Eso no significa…
—Significa que sabía exactamente lo que hacía.
La doctora no levantó la voz.
No hizo falta.
Cada palabra golpeaba más fuerte que un grito.
—Sabía que la paciente necesitaba reposo.
Sabía que estaba en riesgo.
Y aun así la obligó a trabajar durante más de doce horas.
La cara de Carmen había perdido todo el color.
Los invitados empezaron a apartarse de ella.
Como si de repente se hubiera vuelto peligrosa.
Mi esposo parecía incapaz de procesar lo que estaba escuchando.
—¿Es verdad? —preguntó.
Carmen no respondió.
—¿Es verdad? —repitió él.
Por primera vez en años, nadie acudió a defenderla.
Nadie.
Y entonces ocurrió algo todavía peor.
Un paramédico entró apresuradamente por la puerta principal.
Venía acompañado por otro sanitario.
Se arrodilló junto a mí.
Me examinó durante unos segundos.
Su expresión cambió de inmediato.
—Tenemos que trasladarla ahora mismo.
El miedo atravesó el salón.
—¿Qué ocurre? —preguntó mi esposo.
El paramédico levantó la vista.
Y la respuesta hizo que todos se quedaran helados.
—Las contracciones no son el problema.
Hay algo más.
Algo que indica que el bebé podría estar sufriendo.
Sentí cómo el rostro de mi esposo se descomponía.
Carmen dejó caer la copa.
El cristal se hizo añicos sobre el suelo.
Y mientras los sanitarios preparaban la camilla, la doctora observó a mi suegra directamente a los ojos.
—Si algo les ocurre a ella o al bebé, tendrá que responder por mucho más que una fiesta.
Por primera vez aquella tarde, Carmen parecía verdaderamente aterrada.
Porque acababa de comprender que las consecuencias de sus actos apenas estaban comenzando.
Continuará…
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