PARTE 2: LA INVERSIÓN CANCELADA

Marcus tardó varios segundos en reaccionar.

—¿Qué significa “retira cada centavo”?

Cerré la carpeta.

—Significa exactamente eso.

El presidente de Reed Technologies, Arthur Reed, padre de Marcus, abandonó su mesa y caminó hacia nosotros.

—Señorita… ¿Sophia?

Mi asistente lo corrigió.

—Sophia Bennett, presidenta de Meridian Capital.

El murmullo atravesó el salón.

Arthur se quedó inmóvil.

Meridian Capital no era una empresa desconocida.

Era el fondo que llevaba seis meses negociando una inyección de diez mil millones para rescatar el proyecto de expansión de Reed Technologies.

Marcus me miraba como si acabara de convertirme en otra persona.

—Me dijiste que trabajabas administrando inversiones familiares.

—Eso hago.

—Nunca dijiste que Meridian fuera tuya.

—Tú nunca preguntaste.

Arthur intervino.

—Los contratos preliminares están firmados.

Mi asistente abrió la carpeta.

—La inversión estaba condicionada a la aprobación final del comité y al cumplimiento de varias garantías financieras. Los fondos todavía no han sido desembolsados.

No era magia.

No podía sacar diez mil millones de una empresa ajena.

Simplemente podía decidir que mi capital no entraría.

Arthur miró a su hijo.

—Marcus, ¿qué demonios has hecho?

Lily seguía sentada en el suelo.

Una médica invitada se había acercado para revisarla y pidió espacio.

Yo no volví a tocarla.

Había perdido el control una vez.

No necesitaba hacerlo de nuevo.

Marcus vino hacia mí.

—Sophia, podemos hablar en privado.

—No.

—Somos marido y mujer.

—Hasta que termine el divorcio.

—¡No puedes destruir una empresa por un problema matrimonial!

Lo miré fijamente.

—Precisamente por eso mi decisión no se basa únicamente en nuestro matrimonio.

Mi asistente colocó otro documento sobre la mesa.

Una auditoría preliminar.

Durante la revisión previa a la inversión, Meridian había encontrado pagos irregulares vinculados al departamento comercial.

Yo todavía no había visto el informe completo.

Hasta esa tarde.

—Tres contratos —dijo mi asistente— presentan comisiones superiores a las autorizadas.

Marcus dejó de respirar.

Arthur giró lentamente hacia él.

—Tú aprobaste esos contratos.

—Son gastos comerciales normales.

—Entonces podrán explicarse —respondí.

No iba a acusarlo de robar sin pruebas.

Pero tampoco iba a entregar diez mil millones mientras existieran dudas.

Lily se puso de pie con ayuda.

—Marcus, vámonos.

Arthur la miró.

—¿Quién es usted exactamente?

Ella levantó la barbilla.

—La madre de su nieto.

—Eso no responde mi pregunta.

Mi asistente deslizó otra hoja hacia mí.

El nombre de Lily aparecía en dos de los contratos cuestionados.

No como secretaria.

Como representante de una consultora:

LG Strategic Services.

—¿Esta empresa es tuya? —pregunté.

Lily palideció.

—No.

—Aquí figura una Lily Grant como administradora.

—Hay muchas personas con ese nombre.

—Entonces será fácil comprobarlo.

Marcus se interpuso.

—Basta.

Aquello fue más revelador que cualquier explicación.

Arthur lo observó.

—¿Tú sabías de esto?

Marcus no respondió.

Lily comenzó a llorar.

—Todo esto está pasando porque Sophia está celosa de mi embarazo.

Negué lentamente.

—Tu embarazo no tiene nada que ver con una auditoría financiera.

Entonces mi teléfono vibró.

Mi abogado.

Me aparté para contestar.

—Sophia, antes de presentar definitivamente los documentos del divorcio necesitamos hablar.

—¿Qué ocurre?

—Revisamos las declaraciones patrimoniales de Marcus.

Miré hacia él.

—¿Y?

—Hace cuatro meses solicitó un crédito personal importante.

—¿Con qué garantía?

Silencio.

—Participaciones de Reed Technologies.

—¿Las suyas?

—Ese es el problema.

Mi abogado me envió el documento.

Marcus había declarado poseer una participación mucho mayor de la que aparecía en los registros corporativos que Meridian había revisado.

—Puede ser un error —dijo mi abogado—. Estamos verificándolo.

Entonces vi el anexo.

Para justificar aquella participación, Marcus había adjuntado un acuerdo de transferencia.

Supuestamente firmado por Arthur Reed.

Fecha: ocho meses antes.

Le enseñé el documento a Arthur.

Su rostro cambió.

—Yo nunca firmé esto.

Marcus retrocedió.

—Papá, puedo explicarlo.

Arthur levantó la mano.

—¿Usaste mis acciones como garantía?

—No exactamente.

—Entonces explícate exactamente.

Antes de que pudiera responder, Lily agarró su bolso.

Quería marcharse.

Mi asistente la detuvo con una pregunta.

—Señorita Grant, antes de irse, quizá quiera saber que LG Strategic recibió treinta y dos millones de yuanes de Reed Technologies durante los últimos dieciocho meses.

Lily se quedó congelada.

Marcus cerró los ojos.

Y Arthur entendió que el escándalo de aquella noche ya no era solamente una infidelidad.

—Congelen cualquier pago pendiente hasta revisar los contratos —ordenó a su director financiero.

Marcus abrió los ojos.

—¡No puedes hacer eso!

Arthur lo miró.

—Soy el presidente de esta empresa.

—Por ahora.

El salón volvió a quedarse en silencio.

Arthur frunció el ceño.

—¿Qué acabas de decir?

Marcus comprendió demasiado tarde que había hablado de más.

Mi asistente recibió entonces un correo del equipo de auditoría.

Lo leyó.

Después me mostró la pantalla.

La supuesta transferencia de acciones de Arthur no era el único documento cuestionable.

Había otro.

Uno presentado apenas cuarenta y ocho horas antes.

Solicitaba registrar un cambio de control de Reed Technologies si se completaba la inversión de Meridian.

Beneficiario principal:

Marcus Reed.

Pero la autorización necesaria no llevaba la firma de Arthur.

Llevaba la mía.

Una firma que yo jamás había puesto.

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