El doctor Hayes llegó exactamente nueve minutos después.
No llevaba bata blanca.
Vestía una chamarra oscura y una gorra que ocultaba parcialmente su rostro.
Detrás de él caminaban dos enfermeras que nunca había visto.
Entraron en silencio.
—¿Señora Caldwell? —preguntó en voz baja.
Asentí.
Mi respiración seguía siendo pesada.
Cada inspiración me quemaba los pulmones.
Hayes revisó rápidamente el monitor.
Su expresión cambió de inmediato.
—No tenemos mucho tiempo.
Una de las enfermeras cerró la puerta.
La otra sacó una carpeta.
—Necesitamos su firma.
Miré el documento.
Alta voluntaria bajo responsabilidad médica.
No dudé.
Firmé.
Hayes guardó los papeles.
—Escúcheme bien.
Si sale ahora, el hospital informará a su esposo en cuanto descubran que desapareció.
Tendremos menos de treinta minutos.
—Es suficiente.
Me ayudaron a levantarme.
Las piernas apenas respondían.
El dolor atravesó mi abdomen.
Instintivamente llevé una mano sobre mi vientre.
Mi hija seguía moviéndose.
Eso me dio fuerzas.
Las enfermeras cubrieron mi bata con un abrigo largo y colocaron una mascarilla sobre mi rostro.
Salimos por una puerta de servicio.
Nadie nos detuvo.
Cinco minutos después, una ambulancia privada abandonó el hospital sin sirenas.
Yo iba acostada en la parte trasera.
Por primera vez en meses…
Me alejaba de Ethan.
Al mismo tiempo, Ethan esperaba en la pastelería.
Sostenía una caja con pastel de loto y miel.
Sonreía.
Pensaba que estaba cumpliendo mi último antojo antes del parto.
Cuando regresó a la habitación…
La cama estaba vacía.
La vía intravenosa colgaba cortada.
Las mantas seguían calientes.
Pero yo ya no estaba.
La enfermera de turno levantó la vista.
—¿Señor Caldwell?
Él dejó caer la caja.
—¿Dónde está mi esposa?
La enfermera frunció el ceño.
—Pensé que usted la había trasladado.
El corazón de Ethan comenzó a acelerarse.
Corrió por el pasillo.
Abrió todas las habitaciones.
Nada.
Tomó por el brazo a una residente.
—¡¿Dónde está Nina?!
La joven palideció.
—No… no lo sé.
Entonces sonó la alarma del hospital.
Paciente desaparecida.
El jefe de seguridad llegó pocos minutos después.
Revisaron las cámaras.
En una de ellas aparecía mi figura saliendo por el corredor de servicio acompañada por el doctor Hayes.
Ethan golpeó la pantalla.
—¡Encuéntrenla!
—Señor…
—¡AHORA!
Mientras tanto, la ambulancia ya había llegado a una clínica privada.
No tenía el nombre de ningún gran hospital.
No pertenecía a la red financiada por Ethan.
Era un centro independiente.
Hayes me ayudó a bajar.
En cuanto cruzamos la puerta, un equipo médico comenzó a revisarme.
Una doctora realizó una ecografía urgente.
Su rostro cambió al instante.
—Doctor…
Hayes se acercó.
Ella giró el monitor hacia nosotros.
Había un bebé.
Pero también…
Otra estructura.
Redondeada.
Palpitando.
Perfectamente irrigada.
Hayes respiró profundamente.
—Dios mío…
No exageraron.
De verdad cultivaron un corazón humano dentro de usted.
La doctora tragó saliva.
—Pero hay algo más.
Fruncí el ceño.
—¿Qué pasa?
Ella volvió a observar la pantalla.
Después me miró directamente.
—El tejido del corazón no está separado de su organismo.
Comparte vasos sanguíneos con la placenta.
Y parte de la irrigación proviene directamente de su hija.
Sentí que todo mi cuerpo se congelaba.
—¿Qué significa eso?
La respuesta llegó lenta.
Devastadora.
—Si intentan extraer ese corazón…
No solo morirá usted.
También morirá su bebé.
En ese mismo instante, el teléfono del doctor Hayes comenzó a sonar.
Miró la pantalla.
Su expresión se volvió completamente seria.
—Es Ethan Caldwell.

Rechazó la llamada.
Un segundo después llegó un mensaje.
Solo tenía una línea.
“Sé dónde la escondes. Si Nina no vuelve esta noche, cerraré esa clínica para siempre.”