El silencio dentro de la sala de seguridad era tan pesado que nadie se atrevía a respirar.
Rebecca seguía sosteniendo el teléfono.
—Que nadie salga del hotel —ordenó al operador—. Cierren todas las salidas de servicio. Y avisen al director general de inmediato.
Colgó.
Se giró hacia mí.
Por primera vez desde que comenzó aquella discusión, ya no me miraba como a una clienta problemática.
Me miraba como a una posible víctima.
—Señorita Miller… ¿está completamente segura de que cerró la puerta con el pestillo?
Asentí.
—Siempre lo hago.
El guardia de seguridad intervino.
—El pestillo no aparece colocado en el video.
Sentí un vacío en el estómago.
Lo recordaba perfectamente.
Había llegado agotada después de una conferencia.
Había llamado a mi hermana antes de dormir.
Después comprobé dos veces la cerradura.
Y, como hacía siempre cuando viajaba sola, coloqué el pestillo interior.
—Quiero volver a ver el momento en que entra el empleado —dije.
El guardia retrocedió la grabación.
El carrito se detenía frente a la puerta.
Tres golpes.
Silencio.
La puerta se entreabría.
La mano con la pulsera roja aparecía.
Pero esta vez pedí algo distinto.
—No miren la puerta.
Todos me observaron.
Señalé el carrito.
—Miren el reflejo.
El acero pulido de la tapa de una de las bandejas reflejaba parte del pasillo.
Era una imagen distorsionada.
Pero suficiente.
El guardia aumentó el zoom.
Rebecca abrió los ojos.
—Hay alguien detrás del empleado…
No era un huésped.
Vestía uniforme.
Zapatos negros.
Pantalón oscuro.
Y llevaba una tarjeta de identificación colgada del cuello.
Otro trabajador del hotel.
—¿Quién es? —preguntó Rebecca.
El guardia negó con la cabeza.
—No puedo distinguir el rostro.
Entonces apareció el director general, Thomas Reed.
Entró en la sala acompañado por dos supervisores.
—¿Qué está ocurriendo?
Rebecca le explicó todo en menos de un minuto.
Thomas permaneció inmóvil mientras observaba la pantalla.
Después preguntó algo que llamó mi atención.
—¿Qué habitación está justo al lado de la 1818?
El guardia consultó el plano.
—La 1816 estaba vacía.
—¿Y la 1820?
—Fuera de servicio por mantenimiento.
Thomas frunció el ceño.
—¿Quién tenía acceso a ese sector durante la noche?
El guardia comenzó a revisar el registro electrónico.
La respuesta llegó enseguida.
—Solo cuatro personas.
Leyó los nombres.
Dos camareras.
Un técnico de mantenimiento.
Y un supervisor nocturno llamado Kevin Ross.
Rebecca reaccionó de inmediato.
—Kevin estaba de descanso.
El guardia negó lentamente.
—No exactamente.
Giró otra pantalla.
—Su tarjeta maestra abrió la habitación 1820 a las doce cuarenta y siete.
Luego volvió a abrirla a la una cincuenta y dos.
La sangre pareció desaparecer del rostro de Thomas.
—¿La habitación 1820 tiene puerta comunicante con la 1818?
Nadie respondió.
Porque todos conocían la respuesta.
Sí.
Era una de las suites familiares del hotel.
La puerta comunicante debía permanecer cerrada con llave desde ambos lados cuando las habitaciones se ocupaban por separado.
Thomas se volvió hacia Rebecca.
—¿Quién autorizó vender la 1818 mientras la 1820 seguía fuera de servicio?
Rebecca revisó rápidamente el sistema.
Su expresión cambió.
—No hay autorización.
—¿Cómo que no la hay?
—Alguien modificó manualmente la configuración del sistema a las diez y dieciocho de la noche.
El director sintió un escalofrío.
—¿Quién?
El guardia abrió el historial.
Solo aparecía un usuario.
KROSS01
Rebecca susurró.
—Kevin Ross…
En ese momento sonó el teléfono interno.
El guardia respondió.
Su expresión se volvió cada vez más seria.
Colgó lentamente.
—La policía viene en camino.
Thomas asintió.
—Bien.
Pero el guardia aún no había terminado.
—Hay otra cosa.
Todos lo miraron.
—Acabamos de intentar localizar a Kevin Ross.
Hizo una pausa.
—Su uniforme está en el vestuario.
Su coche sigue en el estacionamiento.
Su teléfono móvil está apagado.
Respiró hondo antes de concluir.
—Y nadie lo ha visto salir del hotel.
Un silencio helado recorrió la sala.
Porque el hotel tenía treinta y dos pisos.
Casi seiscientas habitaciones.
Decenas de almacenes.

Pasillos de servicio.
Cuartos técnicos.
Y si Kevin Ross seguía dentro…
El hombre que había entrado en mi habitación mientras yo dormía todavía podía estar escondido en algún lugar del edificio.