Renata permaneció inmóvil con el teléfono todavía apoyado contra la oreja.
—Quédate donde estás —dijo Baltasar Zárate—. En cuarenta minutos alguien llegará por ti.
—Papá…
—Esta vez me toca a mí protegerte.
La llamada terminó.
Durante tres años había imaginado ese momento cientos de veces.
Pensó que lloraría.
No derramó una sola lágrima.
Simplemente abrió el armario y sacó una pequeña maleta negra.
No metió joyas.
No metió bolsos.
Solo guardó algunos documentos, un álbum de fotografías y una carpeta azul que Esteban jamás había visto.
Dentro estaban las capitulaciones matrimoniales que él había firmado sin leer, convencido de que el amor hacía innecesarios los abogados.
Media hora después, Nora subió al cuarto.
—Renata…
Ella levantó la vista.
—¿Ya cenaste?
Nora negó con tristeza.
—No podía dejarte sola.
Renata sonrió por primera vez aquella noche.
—Gracias.
La cocinera vaciló unos segundos antes de hablar.
—¿Sabes a dónde fue realmente?
—A la gala.
—No solo a la gala.
Sacó discretamente el teléfono.
Había recibido una fotografía enviada por uno de los choferes de la empresa.
En ella aparecían Esteban y Abril entrando al Castillo de Chapultepec tomados de la mano.
Frente al muro principal donde los fotógrafos recibían a los invitados.
Sin intentar esconderse.
Renata observó la imagen unos segundos.
—Ni siquiera esperó a divorciarse.
Nora bajó la cabeza.
—Todos en la empresa hablan de ella desde hace meses.
El silencio duró varios segundos.
—¿Todos lo sabían?
La mujer no respondió.
No hacía falta.
Renata entendió la respuesta.
Ella era la única que todavía intentaba salvar un matrimonio que ya había terminado para todos los demás.
En ese instante sonó el viejo teléfono otra vez.
Era un mensaje.
“Estoy abajo.”
Se asomó por la ventana.
Un sedán negro esperaba frente a la casa.
No tenía logotipos.
Pero reconoció inmediatamente al conductor.
Era Ignacio.
Había trabajado más de veinte años para su padre.
Bajó con la maleta.
Ignacio abrió la puerta trasera.
Antes de subir, Renata volvió la vista hacia la casa.
Había decorado cada habitación.
Elegido cada cuadro.
Plantado personalmente las bugambilias del jardín.
Sin embargo, por primera vez comprendió que nunca había sido su hogar.
Durante el trayecto, Ignacio apenas habló.
Solo al llegar al Paseo de la Reforma rompió el silencio.
—El señor Baltasar ya está en el Castillo.
Renata frunció el ceño.
—¿Ya llegó?
—Hace una hora.
—¿Tan temprano?
Ignacio sonrió ligeramente.
—Esta gala la organiza Grupo Zárate.
Ella quedó inmóvil.
Había olvidado ese detalle.
La famosa Gala de Inversionistas de Fin de Año no pertenecía al gobierno ni a ninguna asociación empresarial.
Cada edición era patrocinada por el conglomerado de su familia.
Mientras tanto, en el Castillo de Chapultepec, Esteban levantaba una copa de champán junto a Abril.
—Esta noche tiene que salir perfecta.
Abril acomodó las esmeraldas sobre su cuello.
—¿Estás nervioso por conocer al señor Baltasar?
—Si cierro este proyecto, duplicaremos la empresa.
Miró orgulloso el enorme salón iluminado.
—Solo necesito convencerlo durante unos minutos.
Un director financiero se acercó apresuradamente.
—Licenciado Luján.
—¿Sí?
—Hay un pequeño problema.
Esteban frunció el ceño.
—¿Qué pasó?
—La oficina del señor Baltasar llamó hace unos minutos.
—¿Y?
—Preguntaron por su esposa.
Esteban soltó una risa.
—Se equivocaron de persona.
—Insistieron.
Dijeron que necesitaban confirmar si asistiría la señora Renata.
Abril intervino inmediatamente.
—Seguro revisan la lista de invitados.
No significa nada.
Esteban también quiso creerlo.
—Exacto.
No le dio importancia.
No podía imaginar que, en ese mismo momento, el presidente del grupo empresarial más poderoso de la noche no estaba preguntando por protocolo.
Estaba esperando a su hija.
A las nueve y diez, las enormes puertas del salón principal comenzaron a abrirse.
Todos los invitados se pusieron de pie.
Los fotógrafos levantaron sus cámaras.
Los organizadores se alinearon junto a la alfombra roja.
El maestro de ceremonias tomó el micrófono.
—Damas y caballeros…
Es un honor recibir esta noche al fundador y presidente de Grupo Zárate…
El señor Baltasar Zárate.
Un aplauso ensordecedor llenó el salón.
Esteban respiró profundamente.

Era su oportunidad.
Pero el aplauso cambió de intensidad cuando Baltasar apareció… y no entró solo.
Del brazo llevaba a una mujer con un sencillo vestido verde oscuro, un dobladillo reparado a mano y unos zapatos que ninguno de los presentes habría considerado apropiados para una gala de lujo.
Esteban sintió que la copa se le resbalaba entre los dedos.
Porque la mujer a la que acababa de presentar como una vergüenza delante de toda su empresa… era la hija del único hombre cuya firma podía decidir el futuro de todo su imperio.