PARTE 2: LA HERENCIA QUE CREYERON ROBAR YA HABÍA CAMBIADO DE DUEÑO EL DÍA DEL FUNERAL

Claudia no durmió aquella noche.

Permaneció sentada en la cocina, mirando la fotografía que Mateo había tomado a escondidas.

La imagen era borrosa, pero suficiente.

En la esquina superior del documento aparecía la fecha.

17 de septiembre.

Seis años atrás.

El mismo día en que enterraron a su padre, Rafael Mendoza.

En la parte inferior había una firma.

Su nombre.

Claudia Mendoza.

Pero aquella no era su letra.

Conocía cada curva de su firma desde los dieciocho años.

Aquellos trazos eran una imitación.

Buena.

Pero no perfecta.

A las seis de la mañana, Jimena Alcázar respondió el mensaje.

—No hables con nadie. Guarda el teléfono. Voy para allá.

Dos horas después, la abogada llegó con una carpeta gris y un escáner portátil.

Observó la fotografía durante menos de un minuto.

Luego levantó la vista.

—No solo falsificaron tu firma.

Claudia sintió un escalofrío.

—¿Qué más hicieron?

Jimena amplió la imagen.

—Mira el sello notarial.

Claudia frunció el ceño.

—¿Qué tiene?

—Ese notario murió ocho meses antes de la fecha que aparece en el documento.

El silencio se hizo pesado.

Mateo dejó lentamente su taza de chocolate.

—Entonces… ¿es falso?

Jimena asintió.

—Todo apunta a eso.

Claudia recordó el funeral de su padre.

Había llorado durante horas.

Su madre le pidió que firmara “unos papeles del seguro”.

Mauricio, que entonces era solo su novio, le sostenía la mano mientras ella apenas podía ver por las lágrimas.

Nunca preguntó qué estaba firmando.

Nunca imaginó que aquel día estaban construyendo la prisión donde viviría los siguientes seis años.

Jimena abrió otra carpeta.

—Tu padre vino a verme dos semanas antes de morir.

Claudia abrió mucho los ojos.

—¿Lo conocías?

—Llevábamos años trabajando juntos.

Sacó una copia de un testamento.

—Rafael quería modificar toda su sucesión.

Claudia sintió que el corazón se aceleraba.

—¿Qué decía?

—Que tú administrarías personalmente todas las propiedades familiares hasta que Mateo cumpliera veintiún años.

La respiración de Claudia se detuvo.

—¿Y mi madre?

Jimena negó lentamente.

—Solo le dejó una pensión mensual.

Mateo miró a su madre sin entender.

—¿Por qué?

La abogada respiró hondo.

—Porque Rafael sospechaba que alguien estaba manipulando las finanzas familiares.

Claudia recordó las discusiones entre su padre y Elvira durante los últimos meses.

Ella siempre decía que él exageraba.

Que desconfiaba de todos.

Que necesitaba descansar.

Ahora todo adquiría otro significado.

Jimena continuó.

—Tres días después de aquella reunión… tu padre murió de un infarto.

La habitación quedó en silencio.

Claudia sintió que el estómago se encogía.

—¿Crees que…?

—No voy a hacer acusaciones sin pruebas.

Hizo una pausa.

—Pero sí creo que alguien tenía mucho interés en que ese nuevo testamento nunca entrara en vigor.

El teléfono de Claudia vibró.

Era Mauricio.

“Buenos días, amor. Hoy salgo tarde de la oficina.”

Ella mostró la pantalla.

Jimena sonrió con frialdad.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—Porque mientras él cree que sigue controlando la historia…

Sacó una memoria USB.

—…yo ya presenté una solicitud para congelar cualquier operación relacionada con las propiedades de tu padre.

Claudia abrió mucho los ojos.

—¿Cómo?

—Anoche mismo.

Mateo sonrió por primera vez desde la tarde anterior.

—Entonces ya no pueden vender la casa del abuelo.

Jimena negó lentamente.

—No por ahora.

Pero enseguida añadió:

—Hay algo peor.

Sacó un estado de cuenta bancario.

—Los cuatro millones ochocientos mil pesos que Mauricio dijo haber retirado…

Señaló una transferencia.

—No fueron enviados a una cuenta personal.

—¿Entonces?

—A una fundación psiquiátrica privada.

Claudia sintió un nudo en la garganta.

El nombre apareció en la parte superior del documento.

Centro Integral San Gabriel.

Debajo figuraba un concepto que hizo que la sangre le abandonara el rostro.

Pago anticipado por internamiento permanente.

La beneficiaria era ella.

No era un plan.

No era una amenaza.

Ya habían pagado para encerrarla.

Jimena cerró lentamente la carpeta.

—Claudia…

Su voz sonó mucho más seria que antes.

—No estamos frente a un divorcio complicado.

Estamos frente a una organización que lleva al menos seis años preparando la forma de quedarse con toda tu herencia.

Y si descubren que ya lo sabes…

Lo siguiente que intentarán no será quitarte el dinero.

Será convencer a todo el mundo de que estás loca.

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