Julian Cross permaneció inmóvil en la acera mientras los Rolls-Royce desaparecían entre el tráfico.
—Mamá… —murmuró—. ¿Quién demonios es Clara?
Margaret todavía miraba hacia la calle.
—¡Una impostora! ¡Seguro que alquiló esos coches para humillarnos!
Pero Julian sabía que algo no encajaba.
Arthur Hayes.
Aquel nombre le resultaba familiar.
Sacó su teléfono y comenzó a buscar.
Cuando apareció la primera fotografía, sintió que el corazón se le hundía.
Arthur Hayes no era un simple mayordomo.
Era el administrador personal de Edward Whitmore, fundador del imperio relojero más poderoso de Asia.
Y Clara…
Julian dejó caer el teléfono.
—Dios mío…
Mientras tanto, yo llegaba a una mansión rodeada de jardines perfectamente cuidados.
Mi abuelo me esperaba en la entrada.
Edward Whitmore tenía setenta y ocho años, pero sus ojos conservaban la misma firmeza que cuando me enseñó a reparar mi primer reloj.
Al verme bajar del automóvil, abrió los brazos.
—Mi pequeña Clara…
No pude contener las lágrimas.
—Abuelo, volví.
Me abrazó cuidadosamente, evitando presionar mi vientre.
—Nunca debiste marcharte por aquel hombre.
—Lo amaba.
Edward acarició mi cabello.
—Lo sé, cariño. Pero alguien que te exige esconder tu luz nunca ha merecido caminar a tu lado.
Aquella noche, mientras descansaba en mi antigua habitación, Arthur apareció con una carpeta.
—Señorita, hay algo que debe saber.
Levanté la mirada.
—¿Qué sucede?
—Cross International solicitó esta mañana una inversión de doscientos millones de yuanes.
Fruncí el ceño.
—¿A quién?
Arthur guardó silencio.
Entonces comprendí.
—A Whitmore Holdings.
—Exactamente.
Solté una carcajada amarga.
Julian acababa de divorciarse de la mujer cuya familia podía salvar su empresa de la quiebra.
Pero Arthur todavía no había terminado.
—Su exmarido también presentó como garantía una colección de relojes antiguos.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué colección?
Arthur deslizó unas fotografías sobre la mesa.
Reconocí inmediatamente las piezas.
Eran los doce relojes que había restaurado personalmente durante nuestro matrimonio.
Entre ellos estaba un Patek Philippe de edición histórica valorado en más de cuarenta millones de yuanes.
—Esos relojes pertenecen a mi colección privada —susurré.
Arthur asintió.
—Y tenemos los certificados originales de propiedad.
Cerré lentamente la carpeta.
—Entonces Julian tiene un problema.
Tres días después, Cross International celebró su reunión más importante del año.
Julian esperaba nerviosamente en una sala de conferencias de lujo.
Margaret estaba junto a él.
—Cuando llegue el representante de Whitmore, muestra confianza —le aconsejó—. Esa familia necesita socios como nosotros.
Julian intentó sonreír.
Entonces se abrieron las puertas.
Arthur entró primero.
Detrás de él caminaba yo.
Llevaba un vestido blanco de maternidad y un pequeño broche de diamantes con el emblema Whitmore.
Julian se levantó violentamente.
—¡Clara!
Margaret palideció.
—¿Qué haces aquí?
Me senté tranquilamente en la cabecera de la mesa.
Arthur anunció:
—Señores, les presento a la señorita Clara Whitmore, heredera principal del grupo y presidenta del comité de inversiones.
El silencio fue absoluto.
Julian se agarró al respaldo de su silla.
—Eso… eso es imposible.
Lo miré sin emoción.
—Hace tres días me dijiste que no era compatible con tu mundo.
Abrí la carpeta.
—Hoy he venido a explicarte por qué tu empresa no es compatible con nuestros requisitos financieros.
Julian tragó saliva.
—Clara, podemos hablar en privado.
—Ya hablamos en privado, Julian. En el Registro Civil. ¿Lo recuerdas?
Margaret intervino desesperadamente.
—¡Todo fue un malentendido! ¡Ese niño sigue siendo nuestro nieto!
Mi mano descansó instintivamente sobre el vientre.
—Hace tres días dijiste que no sabías quién era su padre.
Margaret bajó la mirada.
Entonces Arthur colocó otro documento sobre la mesa.
—Además, hemos detectado irregularidades en las garantías presentadas por Cross International.
Julian dejó de respirar.
—¿Qué irregularidades?
—Los relojes no le pertenecen.
Su rostro perdió todo el color.
—Clara, yo…
—Los certificados están a mi nombre —lo interrumpí—. Y nunca autoricé que los utilizaras como garantía.
El director financiero de Cross International se levantó lentamente.
—Señor Cross, ¿es esto cierto?
Julian no respondió.
Su silencio lo dijo todo.
Me puse de pie con dificultad.
—La inversión queda rechazada hasta que se esclarezca la situación.
Me dirigí hacia la puerta.
Pero Julian corrió detrás de mí.
—¡Clara, espera! ¡Te amo!
Me detuve.
Durante tres años había esperado escuchar aquellas palabras sin tener que suplicarlas.
Ahora no significaban nada.
—No, Julian. Amabas a la mujer que creías poder controlar.
Entonces sentí un dolor repentino en el abdomen.
Me agarré al borde de la mesa.
Arthur reaccionó inmediatamente.
—¡Señorita!
Otra contracción me atravesó.
Julian dio un paso hacia mí.
—¡Clara!
Pero antes de que pudiera tocarme, Arthur se interpuso.
—Llame a una ambulancia.
Horas después, en el hospital privado Whitmore, nació mi hijo.
Pequeño.
Hermoso.
Perfecto.
Mi abuelo lloró al sostenerlo por primera vez.
—¿Cómo se llamará? —preguntó.
Sonreí débilmente.
—Alexander.
Edward besó su frente.
—Bienvenido a casa, Alexander Whitmore.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí que mi vida comenzaba de nuevo.
Pero aquella felicidad duró apenas unos minutos.
Arthur entró apresuradamente en la habitación.
Su expresión era extraña.
—Señorita Clara, ha llegado el resultado de la investigación sobre los relojes.
Lo miré.
—¿Qué descubrieron?
Arthur cerró la puerta.
—Su exmarido no falsificó los documentos por iniciativa propia.
Fruncí el ceño.
—¿Entonces quién?
Arthur respiró profundamente.
—Margaret Cross.
Sentí que el corazón se me encogía.
—¿Mi suegra?
—Sí. Y hay algo peor.
Me entregó una fotografía antigua.
En ella aparecía Margaret junto a mi madre.
Mi madre, que había fallecido cuando yo era una niña.
Levanté lentamente la mirada.
—Arthur… ¿por qué estaban juntas?
Su respuesta me dejó helada.
—Porque Margaret Cross conocía su verdadera identidad mucho antes de que usted conociera a Julian.
Miré a mi hijo dormido.
Y comprendí que el divorcio quizá no había sido el final de una historia de amor.
Quizá había sido el comienzo de una verdad mucho más oscura.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…