Elegí la opción B.
Entré.
Cerré la puerta detrás de mí con el mismo cuidado con el que había aprendido a asegurar una escena antes de tocar una sola prueba.
La oscuridad era casi absoluta.
Solo una rendija de luz se colaba por una esquina de la ventana, cubierta con cartones sujetos por cinta adhesiva.
Entonces la vi.
Mi madre estaba sentada en un colchón directamente sobre el suelo.
No llevaba ropa de hospital.
Llevaba uno de sus viejos suéteres de lana, ahora varias tallas más grande sobre un cuerpo que había perdido demasiado peso.
Tenía las muñecas cubiertas por vendas improvisadas.
Pero no eran cortes recientes.
Eran rozaduras.
Marcas de haber intentado liberarse de algo.
Al escuchar mis pasos levantó la cabeza lentamente.
Durante un segundo pensé que Laura tenía razón.
Que la enfermedad realmente la había consumido.
Pero entonces me miró fijamente.
—Nathan…
Mi nombre.
Lo pronunció sin vacilar.
Sin confundirse.
Sin aquella niebla que había visto en otros pacientes con demencia.
—Mamá…
Me arrodillé frente a ella.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—No hables alto.
Ella puede oírnos.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué pasó?
Mi madre respiró despacio.
—¿Trajiste tu reloj?
Fruncí el ceño.
—Sí.
—Míralo.
Lo hice.
—¿Qué hora marca?
—Las ocho y cuarenta y tres.
Ella asintió.
—¿Y qué día es hoy?
Respondí.
Ella sonrió con una tristeza inmensa.
—Entonces todavía sé quién soy.
Todavía sé dónde estoy.
Y todavía sé que tu esposa ha mentido.
Aquellas palabras terminaron de romper cualquier duda.
Saqué una pequeña linterna del bolsillo.
Iluminé lentamente la habitación.
No había objetos peligrosos.
No había señales de alguien incapaz de distinguir la realidad.
Había otra cosa.
Una libreta.
Calendarios marcados.
Botellas de agua vacías.
Medicamentos.
Y, debajo del colchón, una carpeta perfectamente envuelta en una bolsa de plástico.
Mi madre me la entregó con manos temblorosas.
—No quería que ella la encontrara.
La abrí.
Dentro había copias de estados bancarios.
Escrituras.
Poderes notariales.
Y varias hojas escritas a mano.
En la primera podía leerse:
“Si estás leyendo esto, significa que Nathan por fin volvió a casa.”
Sentí un escalofrío.
Mi madre comenzó a hablar en voz muy baja.
—Todo empezó cuando te fuiste.
Laura dijo que necesitaba ayudarme con las cuentas.
Con las medicinas.
Con la casa.
Al principio le creí.
Después empezaron los papeles.
Firmas.
Transferencias.
Cuando me negué…
Miró lentamente el cerrojo de la puerta.
No necesitó terminar la frase.
Todo estaba delante de mí.
En ese instante comprendí que salir de aquella habitación gritando solo conseguiría una cosa.
Laura destruiría cualquier prueba antes de que pudiera intervenir alguien.
Cerré cuidadosamente la carpeta.
Guardé varias fotografías con mi teléfono.
Tomé imágenes de la habitación.
De las marcas en el cerrojo.
De las ventanas bloqueadas.
De las fechas escritas en la libreta.
Mi madre observaba cada movimiento.
—¿Qué vas a hacer?
Respiré hondo.
—Lo mismo que hacía antes de presentar cualquier informe.
Primero reunir todas las pruebas.
Después dejar que los hechos hablen por sí solos.
Ella asintió lentamente.
—¿Y ahora?
Miré hacia la puerta.
Arriba podía escucharse el agua de la ducha detenerse.
Laura estaba a punto de bajar.
Volví a abrazar a mi madre.
—Ahora voy a salir de aquí.
Voy a sentarme a cenar.
Voy a sonreír.
Y voy a hacerle creer que todavía controla esta historia.
Mi madre me sostuvo la mano con una fuerza que no esperaba.
—Ten cuidado.
Abrí la puerta.
La cerré exactamente como la había encontrado.
Guardé la llave en el mismo tarro de harina.
Cuando entré en el comedor, Laura ya estaba colocando los platos sobre la mesa.
Sonrió con la misma dulzura ensayada con la que me había recibido veinte minutos antes.
—Preparé tu comida favorita.
Me acerqué.
La besé en la mejilla.
Le di las gracias.
Me senté frente a ella.
Mientras hablaba de planes para el fin de semana, yo asentía como el esposo que esperaba ver.
Pero, debajo de la mesa, mi teléfono ya estaba enviando automáticamente las fotografías y documentos a un servidor seguro y a un abogado de confianza.
Laura creyó que aquella cena marcaba el regreso de la normalidad.

No sabía que, para mí, ya no era una cena.
Era el comienzo de una investigación.