Detrás de mí, Mason dejó de respirar.
Lily inclinó la cabeza con la curiosidad inocente que solo tienen los niños.
—¿Su bebé también está en el hospital?
Sonreí con suavidad mientras seguía inmovilizando su muñeca.
—No, cielo. Todavía está creciendo dentro de mí.
La niña abrió mucho los ojos.
—Entonces escucha todo lo que usted dice.
Algunas enfermeras sonrieron.
Yo también.
—Eso dicen.
Lily acercó un poco la cara a mi vientre.
—Hola, bebé.
El silencio que siguió fue extraño.
Porque, mientras todos veían a una niña hablando con un bebé que aún no nacía, Mason no podía apartar la vista de mi abdomen.
Estaba haciendo cuentas.
Y sabía perfectamente cuál era el resultado.
La radiografía confirmó una fractura limpia de radio.
Nada que pusiera en riesgo la movilidad de Lily.
—Necesitarás un yeso durante unas cuatro semanas —le expliqué.
La pequeña hizo un puchero.
—¿No podré subir a los columpios?
—Durante un tiempo no.
—Papá me va a leer cuentos entonces.
Mason reaccionó como si despertara de golpe.
—Sí…
Claro que sí.
Su voz sonó quebrada.
Nunca lo había escuchado hablar así.
Cuando terminamos la inmovilización, entregué el expediente a la enfermera.
—Observación treinta minutos y luego puede irse a casa.
Me quité los guantes.
—Que tengan buena noche.
Di media vuelta.
—Elise.
La voz de Mason me detuvo.
No me giré.
—¿Sí, señor?
Escuché cómo se acercaba.
—¿Ese bebé…
Es mío?
Cerré lentamente los ojos.
Había imaginado esa pregunta cientos de veces.
Nunca pensé que llegaría en un pasillo de urgencias.
Volví a mirarlo.
—No es una conversación apropiada para este lugar.
—Solo respóndeme.
—Estoy trabajando.
—Elise…
Por favor.
Vi algo que jamás había visto en él.
Miedo.
No por él.
Por lo que había perdido.
Respiré despacio.
—Sí.
Es tu hijo.
Sentí cómo el aire abandonaba sus pulmones.
Tuvo que apoyarse contra la pared.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde hace seis meses.
—¿Y nunca…
Nunca pensabas decírmelo?
Lo miré fijamente.
—¿Para qué?
Su expresión se rompió.
—Porque soy su padre.
Negué con calma.
—El hombre que me dijo que no sabía construir una familia.
El que me pidió que me fuera.
El que eligió quedarse solo.
No parecía tener fuerzas para responder.
—¿Has estado sola todo este tiempo?
Sonreí con tristeza.
—No.
Nunca estuve sola.
Estaba con él.
Llevé una mano a mi vientre.
—Y créeme…
Ha sido mejor compañía que muchos adultos.
Mason bajó la cabeza.
—Lo siento.
No respondí.
Porque esas dos palabras llegaban demasiado tarde.
En ese momento, Lily apareció caminando despacio con el brazo enyesado.
—¿Papá?
Él se secó rápidamente los ojos.
—Aquí estoy.
La niña tomó su mano.
Después volvió a mirarme.
—Doctora…
¿Su bebé tiene papá?
Toda la sala quedó completamente en silencio.
Nadie esperaba aquella pregunta.
Sentí que incluso los monitores parecían sonar más despacio.
Me agaché hasta quedar a su altura.
—Sí.
Tiene un papá.
—¿Dónde está?
Miré unos segundos a Mason.
Luego respondí con absoluta tranquilidad.
—Todavía está aprendiendo cómo serlo.
Lily sonrió.
—Entonces cuando aprenda…
¿Va a querer mucho al bebé?
No contesté.
Porque esa respuesta ya no dependía de mí.
Mason se arrodilló frente a su hija.
—Lily…
¿Puedes esperar un minuto con la enfermera?
—Sí.
La pequeña obedeció.
En cuanto desapareció por el pasillo, él volvió hacia mí.
—Déjame arreglar esto.
—No.
—Elise…
—No necesito que arregles nada.
Ya lo hice yo.
Tengo mi trabajo.
Mi casa.
Mi embarazo.
Mi paz.
Lo único que no tengo…
es tiempo para volver a empezar con alguien que huyó la primera vez.
Cada palabra parecía golpearlo con más fuerza que cualquier grito.
Un residente salió de la sala de trauma.
—Doctora Elise, la paciente de la habitación cuatro la necesita.
Asentí.
—Ya voy.
Antes de marcharme, Mason habló una última vez.
—¿Es niño o niña?
Me detuve.
Sin volverme.
—Niño.
Su voz volvió a quebrarse.
—¿Cómo se llama?
Una sonrisa muy pequeña apareció en mis labios.
—Todavía no lo sabe nadie.
Ni siquiera está registrado.
Quiero que sea él quien escuche su nombre por primera vez cuando nazca.
Di un paso más.
Entonces Mason dijo algo que jamás pensé volver a oír.
—¿Puedo estar allí?
No respondí.
Entré en la habitación cuatro y cerré la puerta.
Pero al otro lado del cristal pude verlo quedarse completamente inmóvil, observando el monitor donde aparecía mi nombre.

Y mientras sostenía la mano de otra paciente que acababa de entrar en trabajo de parto, ignoraba que, en ese mismo instante, la enfermera encargada de admisiones caminaba hacia Mason con una carpeta clínica en la mano y pronunciaba una frase que hizo que todo el color desapareciera nuevamente de su rostro.
—Señor… antes de marcharse, necesito que confirme un dato. En el expediente de la doctora Elise usted aparece registrado como el contacto de emergencia del bebé. ¿Desea mantener esa autorización… o la retiramos ahora mismo?