Durante unos segundos, nadie habló.
Sofía seguía junto a mí con su pequeña mano sobre mi hombro, mientras María permanecía en la puerta con una expresión que no había visto nunca en ella.
Miedo.
No era miedo hacia mí.
Era miedo a que yo descubriera la verdad.
—¿Por qué me llamaste Daniel? —pregunté lentamente.
María bajó la mirada.
—Porque mi esposo hablaba de usted antes de morir.
Sentí que mi cuerpo se tensaba.
—¿Tu esposo me conocía?
Ella apretó los labios y miró a Sofía.
—No era como usted cree.
Durante años había escuchado esa frase de personas que intentaban justificar una traición.
Pero esta vez era diferente.
María sacó de su bolsillo una pequeña fotografía doblada.
La colocó sobre la mesa.
La reconocí al instante.
Era una foto de un hombre joven sonriendo junto a un niño.
Ese hombre era mi antiguo guardaespaldas.
Mateo Torres.
El mismo hombre que murió hace tres años en un ataque dirigido contra mí.
Mi mandíbula se endureció.
—¿Mateo era tu esposo?
María asintió con lágrimas en los ojos.
—Sí.
El silencio de la habitación se volvió insoportable.
Yo había pasado años creyendo que Mateo había fallado aquella noche. Creí que había cometido un error que casi me costó la vida.
Pero María negó lentamente con la cabeza.
—Él no murió por protegerlo de sus enemigos, Daniel.
Hizo una pausa.
—Murió porque descubrió quién estaba intentando destruirlo desde dentro.
Mi respiración se detuvo.
Vincent Russo.
El nombre apareció en mi mente como una herida abierta.
—¿Qué sabía Mateo?
María miró hacia las escaleras, asegurándose de que Sofía no escuchara.
—Antes de morir, me pidió que desapareciera. Me dijo que si alguna vez usted llegaba a confiar en alguien otra vez, tenía que entregarle esto.
Sacó un sobre viejo escondido dentro de su bolso.
Mis manos temblaron al abrirlo.
Dentro había una sola hoja.
Una lista de nombres.
Mis hombres.
Mis aliados.
Personas en las que había confiado durante años.
Pero al final de la página había una frase escrita con la letra de Mateo:
“Daniel, el hombre que te traicionó no era el único.”
Levanté la mirada hacia María.
—¿Por qué trabajas aquí?
Ella tragó saliva.
—Porque necesitaba estar cerca de usted.
Mi instinto me dijo que aquello era una trampa.
Pero entonces escuché la voz de Sofía detrás de mí.
—Mamá dijo que papá quería salvar al señor Daniel.
Me giré.
La niña sostenía una pequeña caja de madera.
—También dijo que cuando llegara el momento, debía darle esto.
Abrí la caja.
Dentro había un reloj antiguo.
El reloj que Mateo llevaba la noche que murió.
Pero cuando lo levanté, escuché un pequeño clic.
Había algo escondido dentro.
Y lo que encontré hizo que mi sangre se congelara.
Era una grabación.
La voz de Mateo salió del pequeño dispositivo.
—Si estás escuchando esto, significa que ya descubriste que la persona que duerme más cerca de ti es la que más peligro representa…
En ese instante, las luces de toda la mansión se apagaron.
Y alguien cerró la puerta principal desde afuera.