PARTE 2: LA FOTOGRAFÍA QUE NUNCA DEBIÓ CONSERVAR

Clara tomó la fotografía con las manos temblorosas.

Era la misma imagen del torneo de eSports de nueve años atrás.

Llevaba la sudadera negra de su hermano, una gorra escondiendo el cabello y una acreditación con el nombre de Adrian Bennett.

En la esquina inferior había una fecha escrita con tinta azul.

Y, al reverso, una frase.

“La primera vez que me rompiste el corazón… sin saber quién eras.”

Clara sintió un nudo en la garganta.

Aquella letra era de Lucas.

La puerta del departamento se abrió lentamente.

Lucas entró con una bolsa de medicamentos y una botella de agua.

Al verla despierta, dejó las cosas sobre la mesa.

—La fiebre bajó un poco.

Ella levantó la fotografía.

—¿Por qué la tienes?

Lucas permaneció varios segundos en silencio.

Finalmente respondió.

—Porque nunca la tiré.

Clara bajó la mirada.

—Pensé que me odiabas.

Él soltó una risa amarga.

—Intenté hacerlo.

Se sentó frente a ella.

—¿Sabes cuándo descubrí que el chico del torneo y la chica de la que me enamoré eran la misma persona?

Ella negó con la cabeza.

—Tres meses después de empezar a salir contigo.

Clara abrió los ojos con sorpresa.

—¿Lo sabías?

—Desde entonces.

Lucas sonrió con tristeza.

—Tu hermano vino a buscarme muerto de vergüenza para explicarme todo.

Ella recordó aquella conversación.

Adrian había insistido en que algún día debía contarle la verdad.

Nunca se atrevió.

—Entonces… ¿por qué nunca lo mencionaste?

Lucas apoyó la fotografía sobre la mesa.

—Porque me enamoré de Clara.

No de Adrian.

No del torneo.

De ti.

Las lágrimas comenzaron a acumularse en los ojos de ella.

—Y aun así me fui.

Lucas bajó la vista.

—Sí.

El silencio volvió a llenar el pequeño apartamento.

Después de unos segundos, Clara reunió el valor para preguntar:

—¿Nunca supiste por qué desaparecí?

Él negó lentamente.

—Una mañana dejaste de contestar el teléfono.

—No fue por falta de amor.

Su voz comenzó a quebrarse.

—Mi beca apareció de un día para otro. Solo tenía cuarenta y ocho horas para aceptar o perderla.

Lucas frunció el ceño.

—Podías decírmelo.

Clara cerró los ojos.

—Quise hacerlo.

Respiró profundamente.

—Pero el mismo día que iba a buscarte, escuché a tu padre.

Lucas levantó la cabeza.

—¿Mi padre?

—Estaba hablando con un socio.

Las manos de Clara comenzaron a temblar.

—Dijo que una estudiante sin dinero solo sería un obstáculo para el futuro del heredero de la familia Reed.

Lucas sintió que el estómago se encogía.

—Eso…

—También dijo que, si de verdad te quería, debía desaparecer antes de arruinar tu carrera.

Él permaneció inmóvil.

Aquellas palabras le resultaban dolorosamente familiares.

—Nunca me lo contaste.

Clara sonrió con tristeza.

—Tenía veinte años.

—Pensé que, si me iba, algún día me olvidarías.

Lucas apoyó los codos sobre las rodillas.

—No te olvidé ni un solo día.

La habitación quedó completamente en silencio.

Cinco años de dolor parecían demasiado grandes para una sola conversación.

Entonces sonó el teléfono de Lucas.

Miró la pantalla.

Era su padre.

Lo dejó sonar.

Segundos después llegó un mensaje.

“Necesitamos hablar de Clara Bennett. Acabo de descubrir quién financió realmente su beca hace cinco años.”

Lucas sintió un escalofrío.

Levantó lentamente la vista hacia Clara.

—Creo que ninguno de los dos conoce toda la verdad.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Lucas guardó el teléfono en el bolsillo.

Su voz sonó más grave que nunca.

—Porque empiezo a sospechar que alguien hizo todo lo posible para separarnos… y puede que ninguno de los dos haya sido quien tomó realmente esa decisión.

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