Sentí que el estómago se me cerraba.
Volví a mirar la fotografía.
No había duda.
Era yo.
Saliendo del edificio de la Lotería Estatal con el sobre de seguridad en la mano.
La imagen estaba tomada desde la acera de enfrente.
Con un teleobjetivo.
No era una casualidad.
Alguien me había estado esperando.
Daniel notó que mi expresión cambió.
—¿Qué pasó?
Apagué la pantalla antes de que pudiera verla.
—Nada…
Forcé una sonrisa.
—Publicidad.
Él me creyó.
O fingió creerme.
Esperé hasta que Daniel salió a correr por la tarde.
Entonces llamé inmediatamente a la abogada Ramírez.
—Licenciada…
Le envié la fotografía.
Tardó menos de un minuto en responder.
—No publique nada.
No haga ningún movimiento.
Y venga a mi oficina ahora mismo.
Cuando llegué, la abogada ya había ampliado la imagen.
Señaló un reflejo en la puerta de cristal del edificio.
—Mire aquí.
Apenas podía distinguirse.
Pero había un hombre sosteniendo la cámara.
Y detrás de él…
Un automóvil negro.
La matrícula era perfectamente visible.
Ramírez hizo una llamada.
Diez minutos después colgó.
—El vehículo pertenece a Sterling Investigations.
—¿Una agencia de detectives?
Ella asintió.
—Muy conocida.
Trabajan sobre todo para empresas… y divorcios.
Fruncí el ceño.
—Yo no contraté a nadie.
La abogada me miró fijamente.
—Pero alguien sí.
Aquella noche no dije una palabra.
Preparé la cena.
Daniel habló de su trabajo.
Yo apenas podía concentrarme.
Solo pensaba en una pregunta.
¿Quién había pagado a un detective para seguirme?
La respuesta llegó al día siguiente.
A las diez de la mañana sonó el timbre.
Abrí la puerta.
Claudia entró sin esperar invitación.
Esta vez sonreía.
Demasiado.
Llevaba un bolso nuevo de diseñador.
Y unas gafas de sol enormes.
—Buenos días…
Se quitó lentamente las gafas.
—Millonaria.
Sentí que el corazón daba un vuelco.
—No sé de qué hablas.
Ella dejó varias fotografías sobre la mesa.
La primera.
Yo entrando al edificio de la lotería.
La segunda.
Saliendo con el sobre.
La tercera.
Subiendo al taxi.
Claudia se cruzó de brazos.
—Bonito premio.
Seis millones ochocientos mil dólares.
¿Verdad?
Guardé silencio.
Ella sonrió todavía más.
—No te preocupes.
No pienso contárselo a Daniel.
Todavía.
Aquella última palabra quedó flotando en el aire.
—¿Qué quieres?
Su sonrisa desapareció.
—Me gusta cuando dejamos de fingir.
Se sentó en el sofá.
Como si estuviera negociando un contrato.
—Quiero un millón.
La miré sin pestañear.
—¿Perdón?
—Un millón de dólares.
Después desaparezco.
Nunca sabrá que escondiste el dinero.
Respiré despacio.
—¿Me estás chantajeando?
—Llámalo como quieras.
Jugó distraídamente con una de las fotografías.
—Si Daniel descubre que le ocultaste semejante fortuna…
¿Crees que volverá a confiar en ti?
En ese instante la puerta volvió a abrirse.
Daniel había olvidado la cartera.
Entró justo cuando Claudia terminaba de hablar.
Los dos se quedaron inmóviles.
Él miró las fotografías.
Después me miró a mí.
Y finalmente a su hermana.
—¿Qué está pasando?
Claudia reaccionó primero.
Tomó una fotografía y la levantó.
—Pregúntaselo a tu esposa.
Acaba de hacerse millonaria…
Y decidió que tú no merecías saberlo.
El silencio fue insoportable.
Daniel no habló durante varios segundos.
Solo observó la fotografía.
Después levantó lentamente la vista hacia mí.
Había tristeza en sus ojos.
Pero no rabia.
—¿Es verdad?
Sentí un nudo en la garganta.
Podía mentir.
Podía inventar cualquier cosa.
Pero el hombre que había renunciado al regalo de su hermana, aceptado turnos nocturnos y dejado todos sus ahorros sobre mi mesita de noche merecía una sola cosa.
La verdad.
Asentí lentamente.
—Sí.
Claudia sonrió satisfecha.
Creía haber ganado.

No sabía que la siguiente frase de Daniel destruiría por completo el plan que llevaba días preparando.
Él ni siquiera volvió a mirar el dinero.
Solo preguntó, con la voz quebrada:
—¿Te pasó algo tan grave… que sentiste que no podías confiar ni siquiera en mí?