PARTE 2: LA FOTO FRENTE A MI CASA REVELÓ QUE LA CODICIA APENAS COMENZABA

El teléfono pesó de pronto entre mis dedos.

La fotografía mostraba la fachada de una de mis casas en Mérida. Reconocí al instante la bugambilia morada que cubría el portón y la bicicleta roja del hijo de los inquilinos.

La imagen acababa de ser tomada.

Abajo solo había una frase:

“Debiste mantenerte lejos de esta celebración.”

Levanté lentamente la cabeza.

Mariana seguía inmóvil, con el rostro completamente blanco.

Mi madre observaba las escrituras como si esperara que las fechas cambiaran por arte de magia.

Mi padre continuaba haciendo cálculos en voz baja.

—Diez casas… diez rentas…

Nadie preguntó quién me había enviado aquella amenaza.

Nadie.

El licenciado Arturo fue el primero en notar mi expresión.

—¿Qué sucede?

Le mostré la pantalla.

Su gesto cambió de inmediato.

—¿Cuándo llegó?

—Hace unos segundos.

Arturo amplió la fotografía.

—Está geolocalizada.

Sacó su propio teléfono, hizo una llamada y habló con absoluta serenidad.

—Fernando, necesito que envíes a alguien inmediatamente a la calle Cuarenta y Cinco… sí, la propiedad de la señora Lucía Mendoza… Puede tratarse de un intento de ocupación.

Colgó sin explicar nada más.

Mariana respiró hondo.

—Seguro es una broma.

Giré hacia ella.

—¿Cómo sabes que habla de una casa?

Su boca quedó entreabierta.

Había respondido demasiado rápido.

El salón entero empezó a mirarla.

Arturo cerró el portafolio con calma.

—Curioso comentario.

Mi hermana intentó recuperar la compostura.

—Solo… supuse.

—¿Supusiste porque conoces la propiedad?

Ella ya no respondió.

En ese instante una mujer elegante, sentada junto a la mesa principal, se levantó lentamente.

Era Verónica Salas.

Notaria pública.

La conocía de vista porque había trabajado con mi abuelo durante muchos años.

—Creo que ya es momento de dejar de guardar silencio.

Todos voltearon hacia ella.

—Hace aproximadamente un año —dijo con voz firme— Mariana vino a mi despacho.

Mi hermana dio un paso adelante.

—¡No tienes derecho…!

—Me pidió elaborar un poder especial para administrar las propiedades del señor Ernesto Mendoza.

Un murmullo recorrió el salón.

—Le expliqué que esas propiedades ya no pertenecían a la sucesión.

Verónica hizo una pausa.

—Entonces me ofreció dinero para emitir documentos con una fecha anterior.

El silencio fue absoluto.

Mi madre negó con la cabeza.

—Eso es imposible.

—Conservo las grabaciones de seguridad de mi oficina.

Mariana comenzó a temblar.

—Está mintiendo.

—No.

Verónica abrió su bolso.

Sacó una memoria USB.

—También conservé la propuesta económica que me hizo por escrito.

Mi padre giró lentamente hacia su hija favorita.

—Mariana…

Ella respiraba cada vez más rápido.

—Papá, no escuches…

—¿Intentaste falsificar documentos?

—¡Solo quería proteger el patrimonio familiar!

Aquella frase terminó de destruir la máscara.

No había negado nada.

Solo había intentado justificarlo.

Mi madre empezó a llorar.

—¿Qué hiciste?

Mariana explotó.

—¡¿Y qué querían que hiciera?!

Todos retrocedieron.

—¡Ese viejo estaba obsesionado con Lucía!

Me señaló con el dedo.

—¡Ella nunca fue mejor que yo!

Su voz resonó por todo el salón.

—¡Yo estudié! ¡Yo me preparé! ¡Yo era quien debía recibir esas casas!

Respiró agitadamente.

—Si él tomó una decisión absurda… alguien tenía que corregirla.

El licenciado Arturo la observó fijamente.

—¿Corregirla falsificando escrituras?

Mariana guardó silencio.

—¿Haciéndote pasar por representante de una sucesión inexistente?

Silencio otra vez.

—¿Intentando cambiar cuentas bancarias de los inquilinos?

Los invitados comenzaron a alejarse discretamente de la mesa principal.

Algunos sacaban sus teléfonos.

Otros evitaban siquiera mirar a mi hermana.

Mi padre parecía haber envejecido diez años en menos de un minuto.

Se dejó caer sobre una silla.

—¿Todo este tiempo…?

Mariana lo miró desesperada.

—Papá…

—¿Todo este tiempo intentaste robarle a tu hermana?

Ella abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Entonces sonó mi teléfono.

Era la administradora de las propiedades.

Contesté en altavoz.

—Lucía, acabamos de llegar a la casa de la fotografía.

—¿Qué ocurre?

—Encontramos a un hombre intentando convencer a los inquilinos de firmar un supuesto cambio de administración.

El salón entero contuvo la respiración.

—¿Quién es?

—Dice trabajar para un despacho contratado por la licenciada Mariana Mendoza.

Todos giraron hacia mi hermana.

La copa de champaña cayó de su mano y estalló contra el piso de mármol.

Por primera vez en toda la noche, comprendió que ya no estaba perdiendo una herencia.

Estaba a punto de responder por seis años de engaños.

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