Mariana colgó el teléfono con la licenciada Sofía Mendoza y permaneció inmóvil durante varios segundos.
Solo había escuchado una frase antes de terminar la llamada.
—No firme absolutamente nada. Y haga exactamente lo que él espera que no haga: llegue tranquila.
Respiró hondo.
Después abrió todos los cajones del estudio.
Durante dieciséis años había organizado cada documento familiar. Declaraciones fiscales, pólizas de seguros, escrituras, inversiones, recibos.
Sebastián siempre decía que ella era “la memoria de la casa”.
Lo que él ignoraba era que esa memoria acababa de empezar a trabajar en su contra.
Dos horas más tarde, Sofía revisaba la documentación en su despacho.
La abogada levantó la vista con expresión grave.
—Esto no es un simple ocultamiento de bienes.
—¿Qué significa?
—Que tu esposo lleva al menos año y medio preparando este divorcio.
Mariana sintió un escalofrío.
Sofía señaló las transferencias.
—Observa las fechas. Cada vez que recibía un bono, el dinero desaparecía en menos de cuarenta y ocho horas.
Luego abrió el registro mercantil.
—RC Estrategias Patrimoniales pertenece legalmente a Renata Córdova.
Pero hizo otra búsqueda.
La empresa compartía domicilio fiscal con una oficina creada apenas seis meses antes.
El accionista principal aparecía con otro nombre.
Sin embargo, el porcentaje restante pertenecía a Sebastián.
Mariana quedó helada.
—¿Era una empresa de los dos?
—Era una empresa para esconder dinero.
Sofía hizo otra pausa.
—Y todavía hay algo peor.
Sacó un expediente bancario.
—El fideicomiso universitario de Camila no se vació para gastos personales.
Mariana sintió que el corazón se detenía.
—Entonces…
—Fue usado como garantía para solicitar un crédito millonario.
—¿Qué?
—Tu hija aparece como beneficiaria del fondo… pero el dinero fue comprometido para financiar esa empresa.
Mariana cerró los ojos.
Habían hipotecado el futuro de su hija sin decirle una palabra.
A las once de la mañana pasó por el hospital.
Intentó concentrarse en los pacientes, pero su teléfono vibró.
Era Camila.
—¿Mamá?
—¿Qué pasó?
—Papá me escribió.
Mariana sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué te dijo?
—Que después del divorcio quizá tengamos que vender la casa porque tú administraste mal el dinero.
Mariana apretó el volante.
Ni siquiera había firmado.
Y Sebastián ya estaba preparando a su hija para convertirla en la culpable.
—¿Tú le crees?
Hubo unos segundos de silencio.
—No.
La voz de Camila sonó firme.
—Porque tú nunca mientes.
Mariana rompió a llorar.
No de tristeza.
De alivio.
Todavía no había perdido lo más importante.
A las cuatro de la tarde, Sebastián apareció en el hospital.
Entró con un ramo enorme de lirios blancos.
Las enfermeras sonrieron.
—Qué detalle de su esposo.
Mariana sostuvo el ramo sin expresión.
Él aprovechó para acercarse.
—¿Sigues molesta por el mensaje de anoche?
—No.
—Me alegra.
Sonrió como si nada hubiera ocurrido.
—Mañana todo terminará rápido.
Ella sostuvo su mirada.
—Eso espero.
Sebastián pareció relajarse.
—Después podremos seguir siendo amigos.
Mariana casi sintió lástima.
No tenía idea de lo que ella ya sabía.
Antes de irse, él besó su frente.
—Gracias por hacer esto tan fácil.
Ella esperó hasta que desapareció por el pasillo.
Después dejó el ramo sobre una silla.
Entre las flores encontró una pequeña tarjeta.
“No olvides llevar únicamente tu identificación. Nosotros llevaremos toda la documentación.”
Nosotros.
No decía “yo”.
Decía “nosotros”.
A la mañana siguiente, el despacho donde firmarían el divorcio estaba impecable.
Sebastián llegó acompañado por Renata.
La presentó con absoluta naturalidad.
—Ella viene como representante financiera.
Renata sonrió con falsa cordialidad.
—Mucho gusto.
Mariana correspondió con otra sonrisa.
—Ya nos conocíamos.
Los ojos de Renata cambiaron apenas un instante.
Cinco minutos después apareció el notario.
Los documentos fueron colocados sobre la mesa.
Sebastián empujó la carpeta hacia Mariana.
—Solo faltan tus firmas.
Ella tomó la pluma.
Todos observaron en silencio.
Cuando la punta estaba a pocos centímetros del papel…
La puerta volvió a abrirse.
—Disculpen la demora.
Una mujer de traje gris entró acompañada por un auxiliar con varias cajas de documentos.
Sebastián frunció el ceño.
—¿Quién es usted?
La mujer dejó una credencial sobre la mesa.
—Licenciada Sofía Mendoza.
Abogada de la señora Mariana Torres.
La sonrisa de Sebastián desapareció.
—Ella dijo que no contrataría abogado.
Mariana levantó lentamente la vista.
—Eso fue antes de descubrir que llevabas dieciocho meses robándoles el patrimonio a tu esposa y a tu propia hija.
El despacho quedó completamente en silencio.
Sofía colocó sobre la mesa los estados de cuenta, las transferencias, los registros mercantiles y las copias del fideicomiso.
—Antes de continuar con cualquier firma, solicitamos la suspensión inmediata del convenio por ocultamiento de bienes, fraude patrimonial y posible administración dolosa de recursos pertenecientes a una menor de edad.
El rostro de Renata perdió todo el color.
Sebastián intentó levantarse.
—Esto es absurdo.
Pero el notario ya no lo escuchaba.
Estaba leyendo el expediente.

Cada página hacía su expresión más seria.
Hasta que llegó al último documento.
Entonces levantó lentamente la cabeza y miró directamente a Sebastián.
—Señor… ¿podría explicarme por qué hace tres días transfirió otros 6,200,000 pesos a una cuenta en las Islas Caimán… apenas doce horas antes de esta audiencia?